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La espera

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Mi madre acaba de cumplir 84 años de edad y en ningún momento del tiempo que lleva de vida el país ha estado en paz.

Cuatro años antes de nacer ocurrió la Masacre de las Bananeras, y desde entonces Colombia empezó a contar cadáveres como racimos de banano. Tenía 16 años cuando asesinaron a Jorge Eliecer Gaitán, y alguna vez me contó que tres años antes del Bogotazo, en 1945, había salido con su uniforme escolar por las calles de su pueblo natal con banderitas blancas a celebrar la finalización de la Segunda Guerra Mundial, pero acá la guerra apenas comenzaba. En 1964, a sus 32 años y varios hijos a cuestas, en una finca algodonera cerca de Valledupar, se enteró que habían bombardeado Marquetalia, y ni ella ni la nación, imaginaron que con ese acto nacería la que sería la guerrilla más longeva del mundo.

La mañana del pasado 26 de septiembre, como preámbulo a la firma del Acuerdo de Paz, varias organizaciones sociales convocaron al conversatorio “Los acuerdos de paz por el país que soñamos”, en las instalaciones del Museo Histórico de Cartagena. Días antes, al enterarse de la convocatoria, mi madre, que poco le gusta salir de su casa, nos sorprendió con la clara determinación de asistir al evento. Qué memorias de la guerra pasaron ese día por su cabeza; cómo tramitaba la realidad de un país en conflicto una anciana de 84 años, que había visto nacer al grupo guerrillero que ahora se preparaba para dejar las armas.

Ella, que perdió amigos en la guerra, que tiene familiares en el destierro y en la cárcel por culpa del conflicto armado, que sufrió impotente cuando se enteró de que su hijo menor una vez terminado el bachillerato había sido seleccionado para prestar el servicio militar, y que no tenía un peso debajo del colchón para dárselo a alguno de los militares corruptos que se lucraban con el dolor de las madres angustiadas. Ella, que en una inocencia poco recomendable para un país polarizado me había confesado que rezaba por la suerte de Ricardo Palmera, cuando se enteró de que se trataba del mismo hombre que, antes de internarse como guerrillero en la Serranía del Perijá, los había librado a ella y a otros campesinos de la región de un crédito de usurero con la desaparecida Caja Agraria.

Para mi madre no era un día cualquiera. En la víspera había preparado su vestido blanco y por la mañana les pidió a dos de sus nietos que la llevaran al evento. Allí estuvo, atenta a las intervenciones de Claudia López, Horacio Serpa, Iván Cepeda, León Valencia, Ángela María Robledo, Aída Avella, Víctor Correa, Cecilia López, Jineth Bedoya, Soraya Bayuelo y todos los que participaron en esa larga jornada de reflexión sobre los retos que tiene la ciudadanía colombiana en la implementación de los acuerdos de paz. Había esperado toda la vida, sabía que debía estar allí.

Ese mismo día, por la tarde, mientras un presidente y un comandante guerrillero estampaban la firma al acuerdo final, y con su canto las mujeres alabaoras de Bojayá perdonaban y exigían a sus victimarios no repetición, en una clínica de Cartagena nacía la bisnieta número 35 de mi madre. Hoy por la mañana se pondrá nuevamente su vestido blanco, y con las fuerzas que todavía le quedan, saldrá a votar. Lo hará por su memoria y para que la última de sus bisnietas encuentre por lo menos un terreno abonado sobre el cual construir un mejor país.

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