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Hay momentos en que una nación se presenta de manera solemne ante el gran auditorio de la historia.
Es un momento único o inusualmente repetido en nuestra vida republicana, en el que sentimos que nuestros actos deben enmarcarse en lo grande y lo sublime. Las naciones que la observan y escuchan esperan que la decisión tomada no la lleve de regreso a la incertidumbre y a la cíclica violencia.
Votaré afirmativamente en el plebiscito porque el acuerdo fue producto de un diálogo voluntario entre las partes y no de una imposición, ni mucho menos constituye una entrega. Como ha dicho Tzvetan Todorov, todo diálogo pone bajo examen nuestras certezas y nos sitúa momentáneamente en la perspectiva del otro. Ninguna de las voces que intervienen en un diálogo constituye la norma, ni alguna de ellas puede rotularse bajo la mala fe, la ignorancia o la equivocación.
Respaldaré el Sí para contribuir con la reconciliación del país, porque ésta promueve el cultivo de las sensibilidades para habitar en la paz, mientras la violencia es el debilitamiento intencional de la capacidad del otro para la agencia. La reconciliación requiere de una mezcla de claridad moral y humildad. La reconciliación es simultáneamente un proceso y un resultado. Ella exige imaginación, respeto y confianza compartidas para generar visiones de una sociedad nueva, más justa y compasiva, en donde juntos podamos generar soluciones innovadoras a los muchos problemas prácticos que en el pasado nos han llevado a posiciones intransigentes.
Votaré Sí porque vi el miedo genuino de Timochenko cuando un avión de guerra voló sobre su cabeza para celebrar el acuerdo de paz. En ese instante constatamos su humanidad. Pudimos apreciar que ellos también tendrán que construir ahora el significado de sus experiencias, sanar las heridas, terminar su rabia, llorar sus pérdidas y revivir su terror.
Daré el Sí a los acuerdos porque recordé a los sencillos y sabios jueces africanos que adoptaban para el manejo de las disputas tribales el principio del “hombre razonable”. Según ellos, en las querellas humanas no existe una parte que tenga toda la razón. Una de las partes puede tener mayor razón que la otra, pero nadie está desprovisto de algo de razón en sus demandas y no se le puede negar una proporción correspondiente de justicia.
Aunque hubiese deseado que el acuerdo fuese más breve, no lo desbarataría ni me opondría a él porque no me gustara alguno de sus incisos. En verdad, también lo hubiera votado sin leerlo en detalle porque, como muchos compatriotas, llevaba décadas de esperarlo. Votaré por el Sí para poner fin a una violencia que no se ha dirigido exclusivamente contra los cuerpos humanos, sino contra el paisaje y los demás seres vivientes. Lo haré también para honrar las enseñanzas recibidas de los misioneros franciscanos acerca de la coherencia que debe existir entre los principios cristianos y nuestras declaraciones y actos. En ellos no debe haber lugar para el rencor, la discriminación y la estigmatización del otro. Como escribió Borges: “Cristo nos dejó espléndidas metáforas y una doctrina del perdón que anula el pasado”.
wilderguerra@gmail.com