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Si estuviera vivo mi abuelo Félix estaría más félix en estos días. Fue un hombre noble, amante de la tierra –no quiere decir que ambicionaba mucha sino que la poca que tenía la quería tanto como a sus hijos, sus programas de radio, la cantinela que le echaba la abuela o sus infaltables cigarros de tabaco burdo.
Estaría feliz, insisto, porque le gustaba estar informado y muchos de lo que se acordó entre el Gobierno nacional y la guerrilla de las Farc fue parte de sus desvelos.
Mi abuelo fue dueño de una parcela de unas cinco hectáreas en el oriente de Antioquia. Siempre soñó con verla como la mejor finca de la vereda, y aunque pobre, su tierrita era envidiada porque quedaba en el filo de una colina. Pero nunca fue próspera porque el suelo era muy ácido y no había para comprar cales ni para abonos fertilizantes. La descendencia del abuelo era larga: casi una docena de hijos y además era muy dado a tomarse sus cervezas y a comprarse sus ataos de cigarrillos por lo que lo producido en la finca nunca era suficiente. Cuando murió mi abuelo, dejó como única herencia su finca con un cultivo de frijol, una vaca y un caballito criollo en el que cabalgó el día que murió aquel lunes hace ya 20 años.
Mi abuelo era un hombre bueno, de pocas ambiciones como la mayoría de campesinos. Su único anhelo era que su tierrita diera el sustento y estar tranquilo allá en su finca con su vieja y algunos nietos que comenzaron a acompañarlos en los últimos años. Cuando murió, las cosechas no iban bien y además murió sin poder solucionar un problema de un lindero con un vecino. Murió en calma pero no creo que del todo satisfecho.
Pero si estuviera vivo le alegraría presenciar lo que actualmente ocurre en Colombia. Muchas de las luchas de su vida eran por poder sentir que todos los campesinos como él tuvieran lo necesario. No mucho. Lo básico. Mi abuelo era conservador más por tradición pero siempre le escuché mencionar con admiración “al Presidente Pumarejo que intentó una reforma agraria”; también hablaba con cierta nostalgia de la muerte de Gaitán. El abuelo siempre esperó que en algún momento los gobernantes se acordaran en serio de las gentes humildes, en especial de los campesinos.
Porque los campesinos colombianos que en su mayoría son solidarios, hospitalarios, respetuosos de la naturaleza, gustosos de lograrlo todo con su esfuerzo también tristemente han sido sufridos. Parece que cargaran con una cruz: cuando no son las plagas, es el clima, o los precios bajos, o los grupos armados. Todas las plagas del Apocalipsis parecen destinados al campo. Y para más, en los dos siglos de vida republicana han sido olvidados pese a que sin su labor silenciosa nos garantizan el sustento diario.
Estos Acuerdos con las Farc, contrario a lo que se dice, van más allá de unas curules para algunos de los miembros, o la participación en política. Las conversaciones durante más de cuatro años en La Habana quizá dejaron un gran ganador: el campo colombiano. Al menos sobre el papel, el Estado comenzará a ocuparse del campo; pues uno de sus principales puntos es la realización de una Reforma rural integral. El tema, parece, va más allá de la demagogia y al menos quedaron algunos temas bien planteados: transformación del campo, promoción del uso adecuado de la tierra, distribución equitativa, restitución a los despojados,–sin necesidad de expropiaciones-, titulación de tierras a los campesinos, inversión en educación, salud, nutrición en las zonas rurales y lucha por un desarrollo ambiental sostenible. Escrito está.
Y quizá un gran acápite de este proceso fue la reivindicación de la mujer: su presencia en la mesa de negociaciones parece notarse en tanto estos acuerdos le dan importancia a la economía campesina. Estos acuerdos valoran y destacan el esfuerzo de las mujeres campesinas que han sido las grandes protagonistas del conflicto armado. Fueron ellas quienes tuvieron que enterrar a sus esposos, padres, hijos, hermanos. Pero también fueron muchas las que se quedaron en las fincas, pendiente de terminar de sacar adelante el cultivo, cuidando la vaquita que quedó en el mangón, ayudando a la formación de los hijos…si no fuera por las mujeres campesinas que se quedaron en casa, al frente de un núcleo familiar, poniendo el pecho a la brisa, este país no hubiera sobreaguado a los duros años del conflicto armado.
Mi abuelo Félix siempre anheló tener subsidios para sembrar y comprar abonos nutrientes para su tierra, tener una vaca lechera y un caballo que lo llevara a saludar a sus vecinos, solucionar el litigio de su finca, estar tranquilo en su finca, sentir que sus vecinos tenían agua potable y energía eléctrica en sus casas.
Ya murió. Sin embargo, de estar vivo, al filo de sus ochenta años y enterado de las decisiones entre el gobierno y las farc sé que saldría a votar afirmativamente este domingo pues sentiría que mucho de lo que anheló y oyó decir que intentó ese presidente Pumarejo del que hablaba maravillas, o su caudillo Gaitán, por fin se estaría materializando.
La dignificación de los campesinos colombianos sea quizá la principal razón para ir a las urnas este domingo y darle el SI a los Acuerdos.