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“La guerra es el padre de todas las cosas”. La frase atribuida a Heráclito de Éfeso, uno de los primeros y más enigmáticos filósofos presocráticos, se presenta en esta época con fuerza especial. Ayer, con la firma de la paz, con el fin de la guerra, ¿se extinguió una fuente de vitalidad de este país?
La idea detrás de ese aforismo famoso, según quienes se han dedicado a interpretarlo, es que la creación está atada a la destrucción, la muerte a la vida. Especular sobre la virtud de la muerte en el contexto de la guerra en Colombia, una guerra que deja más de 200.000 muertes, requiere un cierto grado de separación del sufrimiento humano. Una mirada más amplia, desapasionada, e indolente, incluso.
He preguntado a varias personas qué extrañarían si en efecto este acuerdo desemboca en una paz, así sea imperfecta. La respuesta unánime es que nada. Y no parece ser exceso de pudor o corrección política. Es realmente difícil imaginar qué produciría nostalgia del fin de la guerra.
Para los espectadores de este conflicto, las masacres, los bombardeos, las bolsas de plástico negro enfiladas al lado de un helicóptero son como el resultado de una batalla en el coliseo sin siquiera haber visto el espectáculo. Para volver a Heráclito, es como una guerra padre de nada.
Aquí las Farc y los militares revirarían. ¿Padre de nada? Las Farc, así ahora se quieran pintar distinto, serán un movimiento bien financiado y con acceso preferencial al poder en virtud de su capacidad militar. Y si es eso lo que nace de 52 años de conflicto, habría que decir que no ha valido la pena. Las Farc no son ni tan representativas, ni tan sofisticadas, ni tan pintorescas como para equilibrar con 297 páginas la estela de destrucción que causaron. En esa medida, su contraparte, las Fuerzas Militares, que ahora llaman esta paz su victoria, una que les abre la puerta de la cárcel a miles de sus “manzanas podridas”, también quedan debiendo en este parte de guerra.
Y si el balance es negativo, y el fin de la guerra es una paz sin victoria, donde lo más parecido a héroes son víctimas, ¿entonces es un fin sin nostalgia?
Tal vez la nostalgia está por venir. Con la paz se van las excusas, se acaban los peros. “Si hemos logrado todo esto con guerra, imagínense lo que lograremos sin ella”. En el silencio de la paz, sin ruidos de pólvora, Colombia se reencontrará con sus limitaciones, con sus mediocridades que ya no se pueden explicar por el conflicto armado.
Los políticos, los periodistas, los escritores, los académicos, los ciudadanos, las víctimas, ¿añoraremos la muerte, la violencia, la destrucción para justificar nuestras carencias para crear cosas nuevas, cosas mejores? Ese puede ser el mayor reto del fin de esta “guerra”: vivir mejor sin ella. Una guerra que poco nos tocó el pellejo a la mayoría, pero que se enquistó debajo de la piel de todos como un elemento constitutivo de nuestra identidad.
Decía Freud: “Algún día, en retrospectiva, los días de lucha te sorprenderán como los más bellos”. Ojalá no. Habremos fracasado sin excusa.