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Mauricio Lorca, un «troyano» en Mendoza

Hugo Sabogal
24 de septiembre de 2016 – 09:00 p. m.

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El apellido Lorca evoca tanto proezas originadas en la antigua Grecia como voces poéticas surgidas de ese vasto crisol de razas y culturas llamado el Mediterráneo.

Lorca, antes que un apellido, fue y es una encantadora población situada en la provincia española de Murcia, en el sureste de la península ibérica, cuya fundación se remonta a los albores de nuestra civilización.

Numerosas versiones han surgido alrededor de su origen. Una apunta a la gesta de un príncipe troyano, Elio, y de un héroe griego llamado Crota, quienes la bautizaron con el nombre de Eliocroca (o ciudad dominada por el sol), con el que se le conoció durante la dominación romana.

Investigaciones más recientes atribuyen la denominación Lorca a los invasores moros de la península, a partir del siglo VIII. Estos la llamaban Lurqa, lo que en árabe traduce como “batalla”, en alusión a uno de los enfrentamientos más violentos entre las tropas cristianas del príncipe visigodo Teodomiro y los guerreros ocupantes.

Uno de los más reconocidos portadores del apellido fue el granadino Federico García Lorca, poeta y dramaturgo ibérico, fusilado por las fuerzas antirrepublicanas a mediados de la década de 1930.

Todo este telón de fondo se conjuga en el trabajo del enólogo argentino Mauricio Lorca, quien venció obstáculos y reticencias hasta convertirse en una de las figuras más destacadas del cambio vitivinícola de su país.

Como muchas otras familias españolas e italianas, la suya emigró a Argentina en el siglo XIX y se instaló en la localidad mendocina de Rivadavia, donde el joven Lorca nació y creció. Inicialmente mostró interés en la medicina, pero, durante una visita realizada a su colegio por directivos de la Universidad de Enología Don Bosco, anunció intempestivamente su deseo de convertirse en hacedor de vinos.

Después de obtener su licenciatura, entró a formar parte de la reconocida bodega Catena Zapata. Luego viajó a Salta, en el norte, para sumarse al equipo de la bodega Michel Torino, hoy El Esteco. A los 24 años regresó a Mendoza y se vinculó a Luigi Bosca como enólogo-jefe y posteriormente pasó a Finca La Celia.

Con todos estos honores bajo el brazo, optó por navegar solo y desarrollar un proyecto personal, enfocado en producir vinos de alta gama a partir, solamente, de la expresión de la fruta. En un viaje a Londres había descubierto que los vinos de la mayoría de países productores, incluido el suyo, basaban su complejidad en largos periodos de añejamiento en roble. Para Lorca, ese estilo, simplemente, arrasaba con la expresión natural de la fruta.

Lorca fue el primero en lanzar vinos de alta gama sin contacto con la madera o con mínimas crianzas para no ocultar los secretos de la variedad. No fue fácil, porque empresarios y colegas le insistían en que se estaba alejando del gusto del consumidor. Pero hoy su temprana visión impera en su país y en todas las demás regiones productoras.

Sus vinos son hechos con gran conciencia artesanal y un celoso sentido de pureza y elegancia. Llevan nombres como Fantasía, Ópalo, Poético e Inspirado, y cada uno es, desde Argentina, un fiel reflejo de lo que son cepajes favoritos suyos como Malbec, Cabernet Sauvignon, Syrah, Petit Verdot, Viognier, Chardonnay y Sauvignon Blanc.

Como parte de una serie de clases magistrales en Perú y Colombia, organizadas por Wines of Argentina, Lorca hablará en Bogotá el 4 de octubre sobre el nuevo fenómeno de los tintos argentinos, diferentes al Malbec y sobre las zonas donde mejor florecen. Otra odisea troyana, sin duda, pero con un claro porvenir futuro.

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