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Para un colombiano como yo, cercano a los 60 años, lo que veremos mañana en Cartagena era absolutamente impensable hace cinco años, hace 10, hace 20, hace 30, hace 40 años: ver a las Farc aceptando la legitimidad del Estado colombiano, aceptando su justicia, leyes y la Constitución nacional.
Me cuesta mucho trabajo pensar que haya conciudadanos que se opongan a los acuerdos de Cuba; respeto por supuesto sus posturas, pero no las entiendo. Quienes hemos sido víctimas de las Farc, y lo hemos sido millones de colombianos, somos al parecer los que más apoyamos el proceso. Esta semana, por ejemplo, me conmoví profundamente con las declaraciones en Blu Radio de doña Yolanda Pinto, esposa del asesinado gobernador de Antioquia, Guillermo Gaviria Correa. Ella reveló cómo hizo su proceso interno de sanación, de perdón para los verdugos de su marido quien murió precisamente cuando marchaba promoviendo un acto por la paz.
Pero como ella hay millones de víctimas que van a votar Sí, dejando de lado sus odios porque entienden que la única manera que los colombianos podamos vivir en paz es desarmando nuestros espíritus.
Seis millones de víctimas, más de 200 mil muertos, la degradación de la guerra, el secuestro, la presencia de niños en la guerrilla, familias destrozadas. En fin, todo lo que sabemos quedará atrás, en lo que a las Farc se refiere, gracias al acuerdo de paz.
Ahora bien, no es la paz definitiva pues quedan otras organizaciones guerrilleras a las que el Estado tendrá que combatir con todo, pero que a nadie le quepa la menor duda que ver bajar el cartel de las Farc es lo más importante que le ha pasado al país desde el plebiscito de 1957 que les otorgó el voto a las mujeres colombianas.
La decisión que los colombianos tendremos que tomar el próximo domingo 2 de octubre es trascendental para el futuro del país. De nuestro voto dependerá el tipo de país que les dejaremos a nuestros hijos y nietos. Si los de las últimas tres generaciones no hemos tenido paz, pues que las futuras la tengan y, como dice el acuerdo, de manera estable y duradera.
Algo bueno debe tener este acuerdo, y estoy convencido que es mucho, como para que personas como mi amiga y colega María Isabel Rueda, quien se había opuesto a los diálogos, haya escrito hace un par de semanas diciendo que votará por el Sí.
Como ella he visto a muchos de mis amigos, muchos de ellos uribistas furibundos, diciendo que, a pesar de tener reparos sobre algunos asuntos, como por ejemplo el de la justicia transicional, piensan darle la oportunidad al Sí, porque no quieren que sus hijos vivan en el país en el que nos tocó vivir a nosotros.
El próximo domingo pongámonos la mano en el corazón en el momento de votar. Salgamos a ejercer este derecho, que, a diferencia de cualquier otra elección, este será el voto más importante de toda nuestra vida.
Dejemos la apatía de lado, votemos como nos lo indique nuestra conciencia, pero votemos. Colombia y las futuras generaciones lo merecen. ¡PAZ, PAZ!