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El 26 de septiembre los relojes del mundo se detendrán en Colombia. Ese día, al final de la tarde, se firma la paz.
Vemos la historia como un conjunto de situaciones aisladas, que se pierden como olas en el mar del tiempo; es distante y fría, como si no fuera con nosotros o necesitáramos ser de bronce para poder ser parte de ella. Pero la historia, tal como la vemos en los colegios, es fundamental no por estar detenida en los libros, sino porque nos da identidad y un lugar en el mundo.
Hablamos de historia y parece que fuera algo que ocurrió hace mucho tiempo, que está atrás y que para verla resulta necesario mirar a través de un telescopio. En realidad, se trata de todo lo contrario, porque está por hacerse: está delante de nuestros ojos y, sobre todo, en nuestras manos. La historia no la hacen las estatuas que dan nombre a las calles y a las plazas, la hacen hombres y mujeres que fueron conscientes de su tiempo y decidieron actuar.
Aunque muchos insistan en oponerse a la realidad de los acontecimientos, no cabe duda de que estamos viviendo el momento más importante y alegre de la historia de Colombia. El próximo 26 de septiembre el blanco estará por todos lados: la gente lo izará en las entradas de sus casas, pegará carteles en las ventanas, se vestirá de blanco: los más elegantes usarán rosas o margaritas en el ojal de su solapa y crecerán claveles en las copas de los árboles, como si ese día comenzara la primavera.
El 26 de septiembre el blanco será amplio y feliz, como la sonrisa de quien acaba de nacer. Cada colombiano llenará de motivos y de memoria ese día, pues no habrá otro igual. Ese día no terminarán todos los problemas del país, pero habremos encontrado el camino para reparar tanto dolor acumulado.
Esa tarde llenaremos las plazas del país como un solo cuerpo con millones de corazones, porque la paz no solo se firma en Cartagena, sino en cada rincón de Colombia. Ese día no solo habremos vencido a la guerra, sino que habremos derrotado el miedo, el odio y la imposibilidad de creer que otra realidad es posible.
Tenemos la oportunidad no solo de ser testigos de la historia, sino de ser parte de ella. De nosotros depende vivir ese día con los ojos abiertos. No esperemos a que otros nos pregunten dónde estuvimos esa tarde de septiembre y nuestra respuesta sea un largo silencio, que se confunde con el áspero sabor que tiene el olvido.