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Quién dijo que era fácil luchar por el poder

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MIAMI.-Estas tres últimas semanas dejan algo en claro: Hillary Clinton se echó en los laureles podridos de la incontinencia verbal de su oponente, quien después de la convención del Partido Demócrata, se dedicó a ser, él mismo, su mejor enemigo.

Sin mucho esfuerzo la exsecretaria de Estado se dedicó, de manera holgada, a hacer campaña, a recoger fondos en suntuosos eventos privados y,  en cada oportunidad que le daban, atizar el fuego de los brutales errores de Trump. Terminó el mes de agosto con una ventaja en todos los llamados estados indecisos (no son demócratas ni republicanos) y con seis puntos por delante de su contendor en las encuesta nacionales. 

Pero lo que ella no esperaba era la destorcida: una intensificación en su talón de Aquiles de los e-mails con información confidencial manejada en un servidor privado,  y supuestos conflictos de interés entre su papel de Secretaria de Estado y las tareas de la Fundación Clinton.

Dos líneas de ataque que intensificó el candidato republicano, con la ayuda voluntaria e involuntaria de casi todos los medios de comunicación,  sumado esto a una mayor disciplina en el mensaje del inveterado botafuegos.

En estos momentos hay dos ideas consolidadas: Clinton no es confiable ni transparente; Trump es una bala perdida que puede decir cualquier locura en  el momento menos esperado. Esa es la percepción. La primera se intensificó con el misterio de la neumonía de la candidata demócrata, que se vino a saber horas después de que un video la mostrara desvanecida,  tratando de subir a una camioneta con la ayuda de varios guardaespaldas del servicio secreto.

Pero lo de fondo es que, a la fecha, Trump es mucho más turbio que su adversaria, y con una cantidad increíble de esqueletos en el closet que han salido a bailar en los últimos días. Por ejemplo: Su famosa fundación que recibe dinero ajeno y después lo “dona” a nombre propio. Es decir, hace  “trabajo social” con la plata ajena y Trump se lleva los aplausos. La “donación” de 25.000 dólares que hizo a la campaña de reelección de la fiscal general de la Florida Pam Bondi. No sólo lo multaron por hacer esa contribución ilegal, sino que está en un lío porque ese dinero llegó en el momento en que esa entidad de control estaba tratando las demandas por estafa contra la Universidad Trump. La investigación se suspendió después de recibido el dinero, pero las dos partes niegan cualquier relación entre los dos hechos.

Y por primera vez, desde Richard Nixon, un candidato a la presidencia no da a conocer su declaración de impuestos. En medio de todo esto hay un historial de demandas contra los Trump por discriminación racial en los edificios de apartamentos que construyeron, de quiebras monumentales, de sospechosas relaciones con la mafia de Nueva York, de multas cuantiosas por no obedecer la ley. En suma: toda una carrera marcada por una ambición desmedida por el dinero, bajo la norma de que no hay límites de ninguna clase, ni siquiera para tocar las fronteras de la delincuencia y el delito.

Ahora,  los dos candidatos están empatados en los sondeos nacionales. El magnate de Nueva York (de quien no se sabe de verdad cuál es su supuesta fortuna)  aventaja a Clinton en dos estados clave: Ohio y Florida.  La barre en la población blanca no hispana sin grado universitario, logró cerrar la ventaja que le llevaba Hillary con los blancos no hispanos con educación superior, los independientes están con él, y ya casi supera a su contrincante en la población de mujeres blancas no hispanas sin  título universitario.

Ella aún le lleva a su adversario  una gran ventaja dentro de los afroamericanos y los latinos. Pero ahí también tiene un problema serio: no despierta el entusiasmo de los jóvenes y, por lo tanto, podría darse una importante abstención en esos dos grupos de votantes. La llamada generación del milenio que echó voladores con el senador socialdemócrata, y excandidato presidencial Bernie Sanders.

Ya dijo Hillary este jueves, cuando regresó a la palestra después de tres días de ausencia por enfermedad, que siempre había expresado que esta elección iba a ser muy dura y apretada en sus resultados. No ha sido fácil, ni siquiera para Trump, esta enconada lucha por el poder.

La antipatía por los dos candidatos es grande, pero Hillary alcanzó a Trump en ese terreno. ¿Qué le queda entonces a la demócrata? La seriedad de su mensaje, la disciplina de su campaña, los grandes recursos publicitarios que tiene a su disposición, su enorme experiencia en los asuntos de Estado, y el hecho de que Trump sigue demostrando, a pesar de que le han puesto bozal, que no tiene sustancia, es inmanejable y un principiante absoluto en los temas públicos e internacionales.

Hay quienes dicen, entre ellos Univisión, que Clinton ganará esta elección por el voto masivo de los hispanos. Eso empieza a verse más como un mito que como una realidad estadística. Si fuera así, por qué esta competencia está tan reñida. Los blancos no hispanos, educados o no, representan una fuerza muy importante, al lado de los independientes. Pero ya es claro, a estas alturas del partido, que el gran enemigo para Clinton es la apatía. Es decir, que muchos se queden en sus casas viendo como pasa este país de Barack Obama (un hecho histórico innegable)  a Donald Trump: un estafador de cuello blanco que, como buen pillo, se sale con la suya.

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