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Las dos caras de la moneda (I)

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Los plebiscitos pueden afirmar la voluntad y la soberanía populares, pero también pueden vulnerar el orden institucional y la normatividad electoral.

El apoyo que he prestado a la refrendación popular de los acuerdos con las FARC no oscurece en nada los dilemas que se plantean a la hora de activar un mecanismo de participación popular. Votar un plebiscito implica una gran responsabilidad ética y política para no caer en los pactos oligárquicos ni en el cesarismo democrático.

En 1957, Colombia y Venezuela votaron dos plebiscitos, el primero para recuperar la normalidad constitucional después del gobierno del General Rojas Pinilla, y el segundo para que otro general en el poder, Marcos Perez Jimenez, ejerciera un nuevo mandato prescindiendo del llamado a elecciones presidenciales. En ambos casos el objetivo plebiscitario se cumplió, es decir que Rojas salió de la presidencia y dejó el poder en manos de una junta militar, mientras que Perez Jimenez permaneció en el Palacio de Miraflores.

En Colombia, el plebiscito confirmó parte del acuerdo que la dirigencia civil del país había establecido meses atrás en Sitges, España, para oponerse al gobierno militar y originó la alternancia bipartidista que se conoció como ‘Frente nacional’. Las mujeres acudieron por segunda vez a las urnas —la primera fue en Santander en el siglo XIX— para, paradójicamente, cerrarle la puerta del gobierno a quien había instaurado el voto femenino como un derecho irrevocable cuatros años atrás. Perez Jimenez ganó, pero al final terminó perdiendo. Desde el anuncio del triunfo los medios de comunicación, el movimiento estudiantil y el descontento dentro de sectores influyentes de las fuerzas armadas lo obligaron a abandonar el poder, primero, y el país, después, en una inesperada sucesión de eventos que incluyó el celebre viaje en la ‘vaca sagrada’, el traspaso del poder a una junta militar y un nuevo llamamiento a elecciones.

Si los plebiscitos se convocaron para oponerse a gobiernos autoritarios, los resultados en términos democráticos fueron relativos. Lleras Camargo y Gómez se auto-proclamaron como los únicos representantes del país, desconociendo a los seguidores de Rojas (que no eran pocos) y que los movimientos obreros, campesinos y estudiantiles no obedecían sólo a la lógica bipartidista, por hallarse vinculados también a diversas formas de colectivismo inspiradas en la vida rural, en el socialismo colombiano de los años veinte y en el comunismo europeo y caribeño. De ese desconocimiento surgieron Jaime Bateman Cañón, comandante del M-19, quien inició su militancia política en una ANAPO marginada del juego político, y Pedro Antonio Marín, alias ‘Tirofijo’, un campesino liberal traicionado por su propio partido y que terminó comandando a la guerrilla más vieja y poderosa del hemisferio.

Aunque apoyado en una decisión soberana, en Venezuela el plebiscito tampoco representó una apertura democrática. Perez Jimenez fue ratificado en el poder por un electorado ilusionado con las obras de infraestructura que se financiaron con los ingresos del petróleo (que la Guerra de Corea permitió multiplicar), pero ningún movimiento u organización de la oposición reconoció la victoria. En enero de 1958 se efectuó un primer golpe militar para derrocarlo, pero sus instigadores terminaron en la carcel; sucesivamente, brotes de protesta pidiendo su destitución surgieron en casi todas las ciudades del litoral y el movimiento estudiantil fue duramente reprimido para asegurar la continuidad del militar en el poder. Al final, viendo su legitimidad minada por el apoyo que le había prestado al régimen y los desmanes del gobierno, las Fuerzas armadas le retiraron el apoyo. Perez Jimenez huyó a la República dominicana, y desde allí a España, donde Franco le ofreció protección.

El plebiscito venezolano le permitió a un militar permanecer en el poder sin llamar a elecciones democráticas; el colombiano le permitió a las élites civiles instaurar un pacto oligárquico sin incluir a otras agrupaciones políticas.

50 años después, colombianos y venezolanos nos acercamos a las urnas para votar un nuevo plebiscito y reorientar la distribución del poder político nacional. 

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