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Tuve el privilegio de conocer a Nairo Quintana hace tres años, cuando quedó en segundo lugar en el Tour de France.
La esposa del embajador de entonces me cedió generosamente su lugar para poder presenciar la etapa final desde la tribuna presidencial instalada en los Campos Elíseos. Junto con el embajador compartimos unos cortos minutos con Nairo justo antes de que él se subiera al podio.
Pese a su baja estatura, que en medio de tanto grandulón europeo parecía aún más diminuto, sentí de inmediato estar en presencia de un grande. Su cuerpo fornido proyectaba solidez y fortaleza y su inmensa sonrisa irradiaba alegría y seguridad, sin una gota de soberbia. Luego de darle nuestras emotivas felicitaciones, mantuvo un silencio momentáneo de timidez y asombro; miró a su alrededor y dijo con sentida sinceridad: “todavía no puedo creer que estoy acá¨.
Verlo ahora coronado campeón de la Vuelta a España, luego de su entrada triunfal a una Madrid arropada con banderas colombianas, nos llena a todos de orgullo y confirma que a sus 26 años, efectivamente ya se inscribió en la primera fila de la gloriosa historia del ciclismo nacional.
Pero el mayor valor de Nairo es lo que representa para el país por lo que es: el fruto del trabajo, la persistencia, la dedicación. Lucho Herrera dice que lo mejor de Nairo es su inteligencia y no voy a discutirlo, mucho menos en términos ciclísticos. Pero para mi, lo mejor de Nairo es su autenticidad.
Brilla por su sencillez y no confunde la confianza con la arrogancia. Es supremamente generoso: siempre agradece primero a su equipo. Es un buen ganador pero también un buen perdedor, como se ve en su relación basada en el respeto con Chris Froome, quien le ganó y a quien le ha ganado. Su modestia y respeto por los demás dista mucho del estereotipo de tanto otro deportista célebre, pantallero, engreído, tan influenciados por la cultura narco, que han dejado que el éxito se les suba a la cabeza.
Hecho a pulso, como tantos otros colombianos, Nairo la ha luchado toda su vida. Nació en Tunja y pasó su niñez y adolescencia en Cómbita, Boyacá; hijo de familia campesina dedicada a la comercialización de productos agropecuarios, con la cual le financiaron sus estudios y le compraron su primera bicicleta. Con frecuencia ha dicho que su familia no tuvo lujos pero que nunca le faltó lo necesario. Nairo es producto del campo colombiano.
Es diciente y propicio que Nairo esté triunfando en esta etapa de la historia del país en la cual el campo colombiano está llamado a renacer. Desde el paro agrario de 2013, el país mayoritariamente urbano volvió a fijar su mirada en lo rural. Nairo está dedicado a lo suyo lejos de Colombia, pero nunca se ha desconectado del país y durante el paro, hizo declaraciones a favor de la economía campesina. En 2015, fue oficialmente nombrado embajador de buena voluntad del campo colombiano, lo cual adquiere un mayor significado ahora con los acuerdos de La Habana. Ha dicho que apoya el Acuerdo Final y me emocionó mucho escuchar que en su corto discurso de agradecimiento en el podio, una de sus pocas palabras hayan sido dedicadas a un país en “paz”.
¡Gracias Nairo!
danielgarciapena@hotmail.com