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Huérfanos y libres en Samarkanda

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La carencia de imaginación y la ausencia de propuestas alternativas al tomar el mando en época de cambio, se pagan con el fracaso.

Los períodos marcados por exigencias de transformación exigen aptitudes particulares de liderazgo. Mal se puede gobernar en esas ocasiones con la esterilidad de quienes no traen cosecha propia. Cuando el cambio es imperativo hay que corresponder a las exigencias que conlleva. No hacerlo equivale a retrasar el progreso y perder oportunidades que difícilmente se vuelven a presentar.

El colapso de la Unión Soviética fue oportunidad de cambiar muchas cosas, no solamente en el funcionamiento del aparato del estado sino en la vida de las numerosas naciones que habían cedido protagonismo de su propia historia para entregárselo al criterio, la sabiduría y la conveniencia de quienes gobernaban desde el Kremlin. El nuevo camino estaba lleno eso sí de obstáculos, siendo el primero de ellos la falta de una experiencia distinta a la de la tradición implantada desde la tercera década del Siglo XX, que como yugo colonial asignaba roles precisos a gobernantes y gobernados, de manera que la discusión política se regía por unos parámetros que no se identificaban en todos los casos por el culto a la libertad.

Seguramente no era necesario, ni recomendable, cambiarlo todo. Tarea por lo demás imposible para dirigentes y ciudadanos afectados por carencias similares en cuanto a su formación, sin una deseable variedad de términos de referencia para hacer las cosas de una u otra manera. Aunque en todo caso la peor opción era la de mantener el estado de cosas anterior, como si nada hubiera pasado, y la circunstancia era propicia más bien para darle campo a la imaginación y aprovechar la oportunidad para innovar en materia política y económica, además de mejorar el compromiso con el respeto por los derechos humanos.

Islam Karimov había llegado al poder en Uzbekistán en la época soviética y se quedó ahí hasta que se murió de un accidente cerebral al terminar agosto de 2016. Con la caída de la URSS quedó de pronto como padre de la nueva patria y fue hasta ahora el primero y único presidente de la nación bajo la apariencia de un nuevo esquema. Elegido eso sí, como suele suceder, por esas mayorías abrumadoras que todo lo que demuestran es la precariedad de la democracia que pretenden practicar, su proyecto político consistió fundamentalmente en mantener el orden, es decir su propio orden, con una extraordinaria capacidad represiva que castigó de manera implacable toda posible competencia, incluyendo la de su propia hija, aspirante a sucederlo, imitando otros modelos de dinastías familiares comunistas, que no pudo asistir a su funeral por hallarse bajo arresto domiciliario.

Con fundamento en el temor y la obediencia reverencial a su voluntad, que hasta el día de su muerte se convirtió en obstáculo para cualquier avance democrático, Islam Karimov logró aparentemente frenar el avance del otro fundamentalismo islámico, el de la religión, pero hizo que el suyo, el que se derivaba de su nombre, Islam, se convirtiera en dominante con el típico expediente de organizar referendos, elecciones amañadas, cambios constitucionales y castigo severo a cualquier oposición. Aunque, a la larga, tampoco logró erradicar elementos esenciales del islamismo religioso, mezclado a la hora de la verdad con el culto a valores políticos arcaicos, como lo demuestra el hecho de que a su funeral, y al paso por la hermosa plaza de Registan, en el centro de Samarkanda, aparte de su esposa y la otra de sus hijas, solo concurrieron hombres, que se negaron a decir palabra a los periodistas, por miedo a la presencia omnímoda de la policía secreta.

Alejado de la realidad cotidiana y de la historia de Europa y América, Uzbekistán juega, por lo menos desde la época del apogeo de la Ruta de la Seda, un papel muy importante en el centro del Asia. Ubicado en un cruce de caminos de importancia mayor y dominando un paraje de altísimo valor estratégico, cargado de recursos naturales, el país ha sido siempre objeto de las ambiciones de todas las potencias regionales; y hasta los Estados Unidos mantienen el ojo en la zona, que ya les sirvió en algún momento como base para su campaña de Afganistán. Arreglo que terminó cuando desde América se hicieron críticas al récord de derechos humanos del régimen que acaba de terminar.

Tal vez el mérito mayor de Islam Karimov haya sido el de mantener una relativa independencia del país respecto de Moscú, al punto salió de los pactos de seguridad colectiva que le unían a Rusia. También consiguió salvaguardar la paz interior, tarea difícil ante la presencia de comunidades distintas, con pretensiones ancestrales opuestas que siempre han sido un peligro latente para la estabilidad de un solo estado que las agrupe. Pero esos méritos quedan bajo la sombra de haberlo hecho todo bajo la premisa de su dominio personal y absoluto. Razón por la cual su desaparición, sin haber dejado claro el mecanismo de sucesión, deja abierto el camino y se constituye en oportunidad para el ejercicio de un nuevo liderazgo.

Huérfanos del hasta ahora dueño del poder, pero a la vez libres de su omnipresencia y su estilo autoritario e intransigente, los herederos del poder político en Uzbekistán, y más que ellos el país mismo, tienen la oportunidad de atender a la exigencia de transformación que se presenta, y hacerlo todo mejor. De manera que no se desaproveche la nueva oportunidad que les presenta la historia.
 

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