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No hay tanto que perder como para decir que no.
El peor de los escenarios es volver a lo que teníamos antes porque las FARC no cumplen y se rompe el acuerdo. El segundo peor, y más probable, es que el gobierno no cumplirá con la mayoría de sus promesas y el país seguirá más o menos igual que antes, pero sin esa guerrilla en armas.
Que se pudo haber negociado mejor. Seguramente. Que habrá que hacer algunas concesiones difíciles. De acuerdo. Que es posible volver a renegociar y sacar un mejor acuerdo. Difícil, muy difícil.
Al final, la decisión del próximo 2 de octubre es sobre si Colombia quiere tomar un pequeño riesgo para tener más posibilidades de cambiar el futuro, y no sobre si el futuro va a ser color de rosa o color de castrochavismo. Eso, afortunadamente, dependerá de lo que hagamos después del 2.
Las razones para no tomar el riesgo son buenas y sentidas. No se puede premiar con concesiones a un grupo violento. Eso, dicen, genera un precedente peligroso y podría incluso llevar a que otros grupos y personas se armen para lograr objetivos sus objetivos. Hasta acá uno podría incluso estar de acuerdo.
El problema con el No es que no propone nada nuevo. No ofrece una alternativa viable. No abre ninguna posibilidad palpable para lo que viene. La renegociación es una probabilidad incierta que acarrea riesgos más grandes que seguir adelante con lo ya pactado. Sobre todo cuando la contraparte, digamos el uribismo, ya había estado dispuesta antes a hacer las mismas concesiones que se hicieron ahora. Está dicho por el propio ex presidente Uribe, por allá en el 2006, acerca de una negociación con la guerrilla: “Si un acuerdo de paz exige que vayan al Congreso, ese obstáculo habrá que removerlo en una norma constitucional”. Lo pueden oír en su propia voz, en el audio desenterrado por D´arcy Queen, de Caracol Radio.
El No en este sentido se parece más al nada. Nada cambia, nada pasa, todo sigue igual. Sigue la gente muriendo, sigue el campo en guerra, sigue el país en un conflicto de guerra fría. Y si esto les parece a algunos tranquilizador, pues es lo mismo que puede pasar si gana el Sí y no se cumplen los acuerdos.
Si no devuelven las armas y siguen en guerra, ahí están intactas las FF.MM. para seguir la guerra. Si la guerrilla no confiesa toda la verdad y cumple sus condenas de reparación, pagan cárcel. Si siguen traqueteando, pueden ser extraditados. Si no devuelven la plata y luego se las encuentran, los investigarán por lavado como a cualquier narcotraficante. Si desde la legalidad logran enrumbar el país hacia el socialismo del Siglo XXI, pues están en todo su derecho, como lo está el país de decidir que quiere intentar otra vía.
Para votar el Sí, no hace falta estar convencido de las virtudes del acuerdo. Puede votarse incluso pensando en que va a fracasar. La principal ventaja del Sí es que logra lo mismo que propone el No, y abre una nueva posibilidad. Algo es mejor que nada, dicen, y si resulta que no es nada, pues al menos vamos a quedar peor.