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El título resulta obvio, y lo es no solo para hablar de Ronaldo sino de cualquier otro jugador, pues nadie vuelve a jugar de la misma forma en que cualquiera lo pudo haber hecho en el pasado; habrá quienes jueguen mejor o peor, pero de ninguna manera el fútbol volverá a ser el mismo. Sin embargo, con Ronaldo el asunto resulta particular, porque, y aunque resulte paradójico, lo que enalteció su virtud fueron sus lesiones, pues, pese a ellas, logró títulos y lo más importante: inspirar a generaciones venideras.
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Uno de los logros de Ronaldo fue ser el mismo que hacía jugadas de fantasía en los comerciales de Pepsi y de Nike en las canchas de los estadios más importantes del mundo. Y podía ser extravagante, mago, pero también sobrio, y en ese péndulo radicó su genialidad, pues pocas veces le sobró alguna finta o movimiento para vulnerar el arco rival.
“Tienen gran importancia para mí nombres como Zagallo, Felipão, Parreira, pero puedo decir que marcó mi carrera compartir el vestuario con Vicente del Bosque en mi primer año en el Real Madrid. Roberto Carlos como compañero de equipo”, le dijo hace años a la revista Madridista Real.
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Técnicos con los que ganó, pero que sobre todo afianzaron y pulieron su técnica, sus movimientos como un gran nueve, como un goleador que no necesitó nunca ser ostentoso para anotar los 414 tantos que registró en sus 18 años de carrera.
Días antes de la final del Mundial de Corea y Japón, en 2002, en el segundo título que obtuvo en la máxima cita del fútbol, Ronaldo le dijo a El Espectador que su mayor victoria había sido volver a jugar tras dos gravísimas lesiones en su rodilla.
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Conquistó ese título y volvió a ser el mejor jugador del mundo, pero evidentemente no pudo ser el mismo que brilló en el PSV Eindhoven, en Barcelona o en el Inter de Milán. Aún así se las arregló para marcar goles y ganar títulos con Real Madrid, Milan y Corinthians antes de anunciar que dejaba las canchas y que su último partido sería contra Deportes Tolima -actual campeón de la liga-, en Ibagué, el 2 de febrero de 2011.
Ronaldo aprendió desde pequeño que debía tener una disciplina detrás para jugar fútbol. Si no había buenas notas en el colegio, su mamá no lo dejaría entrenar, de manera que desde niño aprendió que para perseguir un único objetivo en la vida hay varios pasos y trabajos detrás, que además del talento y la convicción, debía sumarse el esfuerzo y una mirada integral de su sueño.
Como muchos jugadores de Brasil y Latinoamérica, Ronaldo creció en barrios donde la opulencia brillaba por su ausencia. Con apenas lo justo o lo necesario, ‘El Fenómeno’ supo que era el fútbol que aprendió a jugar con su papá y los veteranos del vecindario lo que lo iba a ayudar a crecer. Y aunque la fama lo asedió por los títulos que obtuvo y por ser no solo un goleador histórico de los mundiales sino uno de los mejores jugadores del mundo (obtuvo esa distinción en 1996, 1997 y 2002) a finales del siglo XX y principios del XXI, siempre logró mantenerse aferrado a sus raíces, tanto así que cuando jugó en Corinthians, su último club como profesional, decidió vivir en el popular barrio de Tatuapé, cercano al Parque Sao Jorge, en Sao Paulo.
Todos nos hemos preguntado hasta dónde habría llegado Ronaldo si no hubiera sido por sus lesiones en sus rodillas y su hipotiroidismo, y aunque la respuesta es incierta, pese a sus dificultades y retos, Ronaldo nunca abandonó su estilo y simpleza en el juego, y más que hablar de movimientos técnicos y tácticos específicos, cuando hablamos del fútbol que no volverá, hablamos de su respeto a su profesión, de la magia creada con Roberto Carlos no solo en Real Madrid, sino con él y con Cafú, Rivaldo, Ronaldinho, Juninho, Gilberto Silva entre otros referentes de Brasil que enaltecieron el ‘Jogo Bonito’ y que reafirmaron que gran parte de los trucos y la ilusión de que el fútbol es más que un deporte y puede ser un estilo y una cultura de vida vienen de Brasil, de sus favelas y sus canchas de cemento raspado o de arena.