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Agua y electricidad están abrazadas.
Se apresa y se cuela el agua para producir energía. Se necesita energía para que bombee el agua desde el río y los acueductos hacia la ciudad. Para que escurra rápido el agua sucia con lluvia o con desechos de nosotros. Desde dentro de nosotros hacia afuera, hasta los ríos y las plantas de tratamiento.
El Acueducto de Barranquilla quebró a la electrificadora. Consumió, sin pagar, la energía que esta le distribuyó durante décadas. Tras años de insistencia, promesas de pago y ruegos al Acueducto (que después de ser público fue capitalizado en empresa privada “Triple A”), la electrificadora nunca recibió pagos por la deuda billonaria. El Concejo y los gremios privatizaron la empresa de agua. Pese a la privatización, el gobierno local siguió pagando el vacío pensional. Siguió también subsidiando las denuncias de usuarios y sindicatos.
Años después las distribuidoras de energía barranquilleras se privatizaron de afán, en un momento en que la infraestructura se desmoronaba por toda la ciudad. En el barrio La Cordialidad, un transformador eléctrico chorreaba un aceite hirviendo y transeúntes denunciaron quemaduras y preocupaciones por el futuro de peatones y residentes. En el barrio Paraíso los vecinos enviaron cartas a la prensa, para que la electrificadora podara los árboles que hacían cortos circuitos con los cables de alta tensión. O para que los empleados de la electrificadora los ayudaran a reconstruir postes de madera podridos. O para que la Alcaldía interviniera en las noches que se hacían difíciles al transcurrir sin luz ni volumen.
Iguales protestas en La Paz, Me Quejo, 7 de Agosto, El Silencio, Nueva Colombia, Las Malvinas, El Carmen, La Esmeralda, Villa Flor, San Pedro, Ciudad Modesto, Los Girasoles, Carrizal. Todos, barrios nuevos del suroccidente barranquillero. Muchos de estos denunciaron también accidentes. Al tocar un enchufe, al subir unos tacos, al planchar una camisa para irse elegante a visitar a una tía, al desenredar una cometa. Al treparse en un poste para agarrar electricidad tal y como lo estipulaba nuestra ley nacional, entre omisiones y mediocridad de la cadena reguladora. La empresa privada instalaba un transformador en cada barrio recién fundado, cada familia se las arreglaba para tejer sus redes y pagaba según tarifas estimadas por Electricaribe.
La lluvia acarreaba daños, dejaba familias damnificadas y vecinos hospitalizados. El agua conduce la electricidad. La electricidad penetra los cuerpos, se revuelca por los tejidos, desintegra los músculos buscando por dónde salir. Entra en un puntico, por las manos, y muchas veces se tropieza con el corazón o los riñones antes de salir. La ciudad, los charcos, la electricidad ¿Qué tiene que ver esto con nuestro domingo, a sólo semanas del plebiscito? Durante los años ochenta, y hasta 1998, 106.400 personas desplazadas desde el norte del país se establecieron en Barranquilla. Entre 1998 y 2007, 73.219 personas desplazadas violentamente siguieron el mismo camino. La mayoría construyeron asentamientos informales en el suroccidente de la ciudad.
No asomará la tranquilidad si la vida sigue siendo injusta en los barrios que le cedió la guerra a la ciudad. En unas cotidianidades del barrio que reproducen las incertidumbres y las precariedades de la confrontación armada. No debe ser esta la ciudad de este nuevo acuerdo de paz. Por Copetrán, por Flota Reina, Autoboy, Expreso Bolivariano, se van llenando por terminales de transportes las ciudades. Las ciudades, nos dice Laura Hengehold, están repletas con la violencia de la imaginación. En la Colombia urbana, entre los pliegues del área metropolitana pueblerina y el centro, se mezclan tantísimas esperanzas, miedos, aspiraciones, sueños, frustraciones. Todo esto en un contexto de incertidumbre casi perfecta sobre el mañana.