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Guerra de palabras

Fernando Araújo Vélez
10 de septiembre de 2016 – 08:45 p. m.

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Ahora que la palabra guerra quedó proscrita, como si las únicas guerras que hubiera fueran las de las balas, las metrallas, los tanques y la sangre expuesta, yo quiero declararles la guerra a ciertas palabras. Escribirlas en una libreta por última vez, tacharlas y no volver ni a pronunciarlas.

Quiero declararles la guerra, por ejemplo, a las palabras mejor y peor, porque las dos son inventos del hombre, categorías del hombre, que las ha usado a su antojo y según su conveniencia para dominar, explotar, lavar cerebros, idiotizar y, por supuesto, vender. No hay un mejor ni un peor en sí, y menos, un mejor hombre o una peor mujer. No hay un mejor corazón ni una peor decisión. No hay un mejor “partido” ni un peor libro.

Quiero declararles la guerra a las palabras éxito y fracaso, y, de paso, a los triunfadores, que fueron y siguen siendo y serán quienes decidieron, deciden y decidirán quién gana y quién pierde, con nuestra venia, con nuestra inmensa, infinita y pusilánime venia, por supuesto. Los triunfadores se erigieron sus propios monumentos, escribieron su propia historia, o se la contrataron a algún escritor por algunos pesos de más, un premio y dos invitaciones, y a fuerza de monumentos y textos amañados se vendieron como el ejemplo a seguir. Desde sus alturas, se encargaron de regar su voz de triunfadores, y como triunfadores dictaminaron quién y por qué era ganador, y quién y por qué era perdedor.

Quiero declararles la guerra a las palabras soborno, extorsión, traición, y a todas las traiciones, pero no tanto por su sonido y sus letras, sino para que no se repitan tanto y su significado pierda peso. Sin la palabra, el hecho se difumina, y la intención de sobornar o de traicionar puede terminar siendo menos devastadora. Sin la palabra extorsión, la invitación a extorsionar se refunde. Quiero declararles la guerra a las palabras prohibir y competir, porque las dos son cadenas. Prohibimos, y con prohibir nos consideramos la verdad, la justicia y el poder. Competimos, y por ganar, mordemos, empujamos, humillamos y hasta matamos. Un día nos damos cuenta de que por competir dejamos atrás nuestros mejores años.

Quiero declararles la guerra a las palabras bien y mal, que, como tantas otras palabras, reflejan el poder y el dominio, y, más allá, exponen lo burdos que somos. Clasificamos todo como bueno o malo y dejamos por fuera los grises, sin darnos cuenta de que somos nosotros los que decidimos qué es bueno y qué es malo, y son los grises de la vida los que nos determinan.

Fernando Araújo Vélez

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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