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Cae el emperador

Juan David Ochoa
09 de septiembre de 2016 – 09:00 p. m.

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Contra toda lógica y pronostico, contra todos los protocolos y todas las pruebas y los pasillos del clientelismo que lo sostuvieron desde siempre, Alejandro Ordóñez hizo del cargo más peligroso en una democracia frágil el trono de su propio imperio durante siete años; el cetro de Dios sobre la fragilidad de los herejes.

Sus siete años fueron los mismos de una esquizofrenia nacional que soportó o malentendió la naturaleza de quien procura la estricta disciplina de lo público. Quien procuraba el equilibrio de los poderes y la decencia de los funcionarios, fue el mismo que, invocando vírgenes y muletillas de la secta católica a la que pertenece desde los años en que incendiaba libros en parques de su Bucaramanga natal, descabezaba a discreción alcaldes, concejales o tinterillos por sospecha, por intuición o por extraño cumplimiento al debido proceso, aunque esa fuera la última de sus opciones imperiales y la última regla entre los resquicios de su misticismo.

Jamás en esta larga historia de hipérboles surrealistas, un cargo de tanta delicadeza y riesgo fue ocupado por un monstruo viciado de todos los antónimos de su cargo: fanático, clasista, intolerante, compulsivo, irracional, misógino, homófobo, dilatador, conspiranoico. Quien debía procurar los frenos a la persecución de los poderes, persiguió, con biblia en mano y el martillo que insultaba la constitución laica que debía obedecer, a quienes se negaban a persignarse frente a los crucifijos de su credo, y dedicó gran parte de su tiempo a torpedear los procesos de las altas cortes para evitar lo que su moralina medieval concebía como el ascenso de una dictadura homosexual y una imposición demoniaca de mujeres que decidían sobre sus propios cuerpos.

El consejo de Estado anula su reelección a todas luces fraudulenta por haber sido elegido en una terna de dos y por haber sido ungido por magistrados con anclajes de nepotismo en los papeles del emperador sin techo, y sin honrar la virtud de la derrota que supieron aceptar sus antecesores despóticos por las antípodas del mundo, se va con la falacia que intenta explicar su derrumbe por una orden pactada en Cuba contra su sotana, como si tanto fuera el poder del comunismo para infiltrar 14 magistrados del Consejo y obligarlos a votar entre los 6 votos restantes que lo respaldaron.

Tres años duró el proceso que debió derrocarlo desde el mismo principio por la flagrancia de las pruebas, y ya es sabido el talento que usó el disciplinario conocedor de todas las leyes y los recursos para obstruirlo todo y dilatar el día de su caída hasta que coincidiera con la misma fecha de su término legal, cuando la providencia tal vez decidiera postergarle una vez más su sacralidad entre la bajeza de las leyes humanas.

Cayó el emperador y su caza de brujas y paganos y homosexuales y mujeres que se negaban a vivir bajo los mandatos del Opus Dei.  Se va el último alfil del uribismo y el máximo embebido de veneno contra el futuro de un país que quiere ahora pecar conociendo el hedonismo sin las sombras del crimen y la culpa.

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