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Memoria que siembra futuro

Arturo Charria
07 de septiembre de 2016 – 09:04 p. m.

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Muchas veces les he preguntado a estudiantes de colegio, si ellos podrían escribir la historia de sus vidas en una página; que imaginen en esa página sus sueños y sus proyectos.

Les pido que imaginen un libro que contenga, como mínimo, una página por cada víctima de la guerra en Colombia. La pregunta es un reto a la imaginación y un diálogo con el infinito. Pues es imposible pensar en la dimensión de ese libro o en la cantidad de tomos que tendría. La sensación de impotencia queda en el aire, como un rumor de voces que no termina.

En los últimos años el país ha vivido el “boom” de la memoria. Este ha sido un campo fértil para que las narrativas ausentes de la guerra encontraran un espacio en la agenda nacional y en la disputa por la construcción de la historia. De esta manera, la memoria ha permitido que muchos colombianos conozcamos el horror de la guerra desde la perspectiva de las víctimas, desde el daño sufrido por comunidades enteras. Muchos llegamos a comprender el mapa de Colombia desde la cartografía  que se iba tejiendo con hilos de sangre, nombres de pueblos que jamás supimos que existían. Resulta paradójico que en un país donde muchos hablan de la guerra, muy pocos seamos capaces de nombrar los territorios en donde esta se hizo presente.

Pero la memoria no solo es un recuento del horror, también es un espacio en el que se hacen visibles las luchas y resistencias que se han mantenido aun en los peores días de la guerra. La memoria no busca perpetuar el pasado a través del recuerdo doloroso, tiene visión de futuro: nos da identidad, nos permite comprender el lugar que tienen hombres y mujeres como sujetos históricos, desarma todo relato que intente justificar los motivos de la guerra.

La memoria es un campo en disputa y no es ajena a las tensiones políticas que buscan usarla como instrumento que legitime un discurso. La memoria no es, de manera exclusiva, de la izquierda, ni de la derecha; no es de las víctimas ni del Estado; no es de las organizaciones sociales o de los ciudadanos que incluso sin ser conscientes están haciendo memoria. No es de ninguno de ellos, pero todas sus narrativas resultan necesarias para que el relato tenga la complejidad de una guerra que seguimos sin comprender.

No se puede hacer de la memoria una trinchera ideológica desde la que distintos sectores políticos pretendan convertir en Verdad su versión de los hechos. Esta mirada no solo es limitada sino que impide la posibilidad de reconciliación. No se trata de aspirar a tener una historia oficial, sino de comprender la imposibilidad de tener un relato único: de lo que se trata es de reconocer la pluralidad de narrativas y no pretender que existen voces más autorizadas que otras.

Ahora bien ¿Cómo administrar la proliferación de voces y formas que emergen diariamente para narrar la guerra? ¿Cómo hacer que este “boom” de la memoria salga de las organizaciones y de la academia? ¿Cómo hacer que estos nuevos lenguajes sean significativos para los ciudadanos en su conjunto?

Hay muchas relatos que necesitamos incluir en las narrativas históricas, pero el reto más grande está en lograr que ese rumor de voces llegue a los ciudadanos cuya cotidianidad no estuvo marcada por la guerra. De lo contrario la memoria como garantía de No Repetición será un un cristal de agua en medio de una tormenta.

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