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Las convicciones que, rodeando al “No”, se endurecen como cemento de reparcheo vial, son quizás menos viejas de lo que pueda pensarse. No tienen raíces profundas ni en la prensa ni en la música nacionales.
Al revés, las certezas que adornan esta decisión en contra de los acuerdos de La Habana han sido sembradas recientemente.
Entre la falta de carisma de Pastrana, los discursos sentidos de Uribe y la inyección en el Ejército que significó el Plan Colombia, fue cuajando un sentimiento de confianza en el triunfo militar, un consenso sobre los valores nacionales. Hicieron carrera una serie de características positivas del supuesto colombiano promedio: trabajador, verraco, frentero, respetuoso de las normas. El patriotismo no fue sólo de abajo para arriba. Hubo momentos de comunión en los que el orgullo se dio de arriba hacia abajo, desde las elites intelectuales y tecnocráticas hacia la provincia. Antes de Óscar Zuluaga y Paloma Valencia, uniandinos y uniandinas con doctorados militaron en la ilusión patria uribista.
Coincidencialmente fue publicado por aquellos días el libro La Nación Soñada, del profesor Posada Carbó. Posada criticaba la visión pesimista de intelectuales y columnistas que veían la cultura política nacional como “llena de vicios, y despojada de virtud”. El texto explicaba la pérdida de orgullo patrio en las décadas del 90 y el 80. Revisaba con cuidado los relatos históricos de desesperanza que habían “condicionado el rumbo de una nación obligada a sentir vergüenza de sí misma”. Posada resaltaba, entre otras conquistas, las prácticas de la democracia liberal, los periodos de paz y la valoración de la libertad de expresión.
El historiador y columnista de El Tiempo denunció la falsedad de muchos recuentos sobre la violencia: “simplemente no es cierto que la mayoría de colombianos sean responsables de las altas tasas de homicidio”. El entonces presidente Uribe se apropió de la tesis. “Yo he leído con mucha emoción en estos días el libro de Eduardo Posada Carbó, se los recomiendo. ¿Saben por qué me emocionó? Se llama: La Nación Soñada. Porque muestra las cosas positivas de Colombia, y una de las tesis centrales de ese libro es que analistas de izquierda, de derecha, de centro, todos han partido de la base de considerar que Colombia es mala y que sus gentes son malas y que esto es malo. Y les muestra todo lo contrario: virtudes de este país, en medio de las dificultades, la trayectoria demo-liberal de este país, la trayectoria de libertades”.
Así las cosas, hay un país respetuoso, una Colombia buenísima, sometida al yugo de unos violentos. En la tradición uribista la gente de bien debe enfrentarse a unos criminales (guerrilleros, izquierdistas, habitantes de la calle) que están en otra parte. Un enemigo externo. En la tradición uribista, la exterminación de este enemigo justificó salidas de la legalidad.
Hasta hace poco, un coro de agencias del estado e intelectuales influyentes nos reforzaron este orgullo colombiano. Pero quizás sea hora de promover la vergüenza. De consentir el duelo de las familias que quedaron acorraladas y encarar las culpas de un país más urbano que se benefició de la mano de obra barata que trajo consigo el desplazamiento.