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MIAMI.-Ya no hay duda, si acaso alguien la tenía: Donald Trump busca retrasar el reloj de la historia por lo menos medio siglo, cuando Estados Unidos, desde el punto de vista demográfico, tenía una sólida mayoría blanca.
Busca convertir el sistema migratorio gringo en una máquina de deportación. El objetivo: que no quede un solo “ilegal” en el país. Y que, después de la “limpieza”, la tierra de la libertad pueda escoger quién entra en su territorio de acuerdo con sus capacidades, sus aportes, su instrucción, sin que la presencia de extranjeros pueda desequilibrar la predominancia racial. Sin decirlo de manera explícita, Trump cree, en suma, que la única inmigración “valiosa” es la blanca europea.
Ha convertido en discurso del partido republicano, lo que antes era apenas una voz marginal, lunática, de un pasado sórdido: la monocorde monserga del Ku-Klux-Klan y los neonazis. Ellos creen que el caos migratorio del presente, con los millones de indocumentados rondando por todas las esquinas de su nación sitiada, podría abrir el espacio a que gente extraña, latinos, árabes, africanos, cambiaran el panorama cultura y étnico de Estados Unidos.
En el imaginario de los seguidores del caudillo, su “América” está al borde del abismo porque se ha vuelto demasiado multicolor. Por eso su apuesta es el electorado blanco, poco educado, pobre y sin esperanza, nostálgico de ese país que ya no existe, pero busca resucitar con la respiración artificial de una ilusa pero peligrosa plataforma nacionalista.
Su “gran discurso” sobre inmigración, lo presentó como la última oportunidad (blanca) para rescatar al país de las garras de los “ilegales”, de los sirios, de los criminales y asesinos que se meten por los huecos de una frontera porosa y descuidada por sucesivos gobiernos demócratas y republicanos.
Ahora, busca con desespero el voto afroamericano y latino. Habla de Bolívar pero para que lo oiga Santander. Es decir, su objetivo no es conquistar a las minorías, sino mostrarles a los otros blancos no hispanos, asustados con su intemperancia y racismo, que él es un hombre de negocios que puede hablar con todo el mundo, y no discrimina a nadie.
Incluso este sábado irá a Detroit, a una comunidad negra, pero ya el New York Times reveló que será una absoluta pantomima: será entrevistado por un pastor afroamericano, con las respuestas cuidadosamente preparadas, sin presencia de periodistas, y mucho menos de testigos. Será un triste diálogo de sordos, que busca “suavizar” el áspero e irremediable tono del caudillo.
Trump, después de su discurso sobre inmigración del pasado jueves (con su previo safari a México, por cuenta de la estupidez política de su presidente, Enrique Peña Nieto), ha resucitado, en Estados Unidos, el fantasma del fascismo más rancio, con sus clásicos ingredientes: clase media y obrera empobrecida; una etnia, religión o nacionalidad puesta como chivo expiatorio de la decadencia, y una respuesta violenta, discriminatoria, el “gran muro hermoso, impenetrable, que pagaran los mexicanos”, la persecución implacable de los criminales-inmigrantes-musulmanes-latinos.
El magnate, sin duda, es la última esperanza blanca y él mismo lo sabe: por eso su apuesta es tan peligrosa y su triunfo, la posibilidad de que un sector demográfico, intolerante, temeroso, alienado, ignorante, encuentre un espacio para su desmesurada revancha.