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La entrada de Rusia en el conflicto del gobierno sirio de Bashsar al-Asad contra numerosos enemigos (los kurdos, las fuerzas rebeldes, el Estado Islámico) estuvo llena de entusiasmo: la unión del presidente ruso, Vladimir Putin, con Irán, Irak y Hezbolá es una coalición que podría, ahora sí, acallar las intenciones extremistas y devolver el poder a Al-Asad. Sin embargo, el ataque de cuatro buques rusos de guerra contra once objetivos militares en Siria, desde el mar Caspio, confirma que Rusia ha dado un paso adelante en su apoyo militar (que hasta ahora se había limitado a los bombardeos aéreos) y que tal vez una intervención por tierra esté entre sus planes.
Sin embargo, un mayor involucramiento de las fuerzas rusas pondría en vilo el equilibrio que hasta ahora, a una semana del comienzo de los bombardeos, ha entregado su intervención. Como recuerda la revista Foreign Affairs, Rusia ha tenido malas experiencias cuando expande sus intereses más allá del límite permitido. La mala suerte de la entonces Unión Soviética en Afganistán (recordada como el Vietnam del gigante soviético) y su desafortunada experiencia en el reciente conflicto ucraniano (que le valió rigurosas sanciones económicas por parte de Europa) harían pensar dos veces al gobierno ruso sobre un ingreso más brioso en la guerra siria.
Como un experimentado cirquero, Rusia juega con demasiadas piezas al mismo tiempo: combate al Estado Islámico (y también a los rebeldes), defiende el gobierno de Al-Asad, pacta con Hezbolá y se alía con Irán, que genera un monstruoso miedo en los países del Golfo Pérsico, con quienes Rusia también debe sostener una relación decorosa. De pronto, a pesar del entusiasmo, Rusia experimenta una situación similar a la de Estados Unidos, que al atacar al Estado Islámico con su Coalición de 13 países termina protegiendo por derecha al gobierno de Al-Asad.
Las consecuencias de la intervención rusa no se encuentran sólo en el campo diplomático. Si logra su primer cometido, que es estabilizar el gobierno en Siria, Rusia todavía tendría la responsabilidad de actuar como un intermediario en un posible proceso de paz en Siria, aunque para entonces los países suníes estarán alertados de lo que es capaz una fuerza semejante en la que participa Irán, de mayoría chií, y Hezbolá, una milicia también chií. De acuerdo con el diario New York Times, en terreno están las fuerzas de Hezbolá, el ejército sirio (que por primera vez en mucho tiempo ha pasado de la defensa a la ofensiva) y numerosos consejeros militares iraníes, un contingente que todavía no ha sido explotado del todo. En Foreign Affairs, Dmitri Adamsky apunta: “Si Moscú es incapaz de facilitar una solución política y no puede imponer su voluntad sobre la de sus aliados, podría ser arrastrado con más profundidad hacia la lucha. Lo mismo podría suceder si la campaña, por cualquier razón, no progresa según los planes y requiere más inversión”.
A pesar de sus diferencias, Rusia tiene en Estados Unidos un ejemplo certero: después de más de 7.000 bombardeos aéreos (la Coalición, liderada por el gobierno de Obama, no hace operaciones por tierra) la guerra parece más profunda y umbría. El Estado Islámico serpentea de base en base, en ocasiones guarecido entre la población civil, que le ha servido como escudo. Al mismo tiempo, el ambiente general está temperado: Estados Unidos y Rusia sólo discuten para no cruzarse en las operaciones aéreas (aunque está en curso una posible estrategia conjunta) y la OTAN asegura que la intervención rusa sólo traerá más problemas. Y las acusaciones sobre muertes de civiles (ambas coaliciones, la de Rusia y la de Estados Unidos, son acusadas por estos hechos) agrietan una relación cada vez más quebradiza, que sólo potencia el conflicto interno.
Putin no sólo tiene que pensar en las consecuencias foráneas de su intervención. Si bien, como se ha dicho en la última semana, su entrada en el conflicto sirio le granjearía sendos beneficios de cara a la Unión Europea (que se ve obligada a tenerlo como un aliado) y lo protegería por un tiempo de las acusaciones por ayudar a los rebeldes prorrusos en la guerra de Ucrania, toda la estrategia podría irse en contra suya si decide ampliar su actuación. Rusia se encuentra en un momento económico complicado debido en buena parte a la caída de los precios del petróleo, lo que haría inviable un apoyo político y popular a una intervención más amplia en Siria. Las sanciones, por otra parte, podrían ampliarse según soplen los vientos de guerra. La contención, que Rusia heredó de las malas experiencias soviéticas, sería la clave.