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La doctrina Obama

Siria es el tema de la Asamblea General de la ONU. EE.UU., Rusia, Francia e Irán plantearon la urgente necesidad de acabar con la guerra. Las alianzas se reorganizan: el enemigo de ayer parece ser el aliado de hoy en la nueva dinámica diplomática.

28 de septiembre de 2015 – 10:18 p. m.

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En estos días, poco antes de la reunión entre Barack Obama y Vladimir Putin, que ocurrió ayer durante la Asamblea General de la ONU, el secretario de prensa de la Casa Blanca, Josh Earnest, dijo que el presidente ruso estaba “desesperado” por reunirse con el mandatario estadounidense y que acudía a la cita como quien mendiga ayuda. La realidad podría ser, según opiniones diversas, muy distinta: en este momento es Obama quien más requiere una reunión con su contraparte rusa, porque un continuado ostracismo sólo podría degenerar en la ampliación de los conflictos en Siria y en Ucrania.

La reunión entre Obama y Putin hace parte de una doctrina diplomática del presidente estadounidense que hasta ahora ha dado sus frutos: la reapertura de relaciones con Cuba e Irán, dos de sus enemigos históricos, es prueba de que las estrategias bélicas que fueron aplicadas por décadas han resultado inútiles. En esta ocasión, Siria es sobre todo el tema que reúne a los presidentes: más de 230.000 personas, según la ONU, han muerto por un conflicto de bandos numerosos. En Siria se enfrentan el gobierno de Bashar al-Asad, los rebeldes —que pretenden derrocar a Al-Asad—, el ejército kurdo —en contra del gobierno sirio y el Estado Islámico—, frentes de al-Nusra —una célula afín a Al Qaeda— y el Estado Islámico —que está en contra de todos los anteriores—. La potencial división del país y el exilio de más de 2 millones de personas hacia Europa han obligado a las dos potencias a dialogar. Ahora que la estrategia de Estados Unidos contra el Estado Islámico parece una derrota anticipada y que Rusia sufre los estragos de las sanciones de Europa en su contra por la anexión de Crimea y el apoyo a los rebeldes ucranianos, los dos presidentes se sientan, en realidad, en igualdad de condiciones.

¿Por qué Obama acude con tanto brío a la diplomacia? En primer lugar, por compromiso político: después de sus numerosas promesas de paz durante sus campañas, la lógica dictaba ese camino, alejado de las estrategias de su predecesor, George Bush. En segundo lugar, sólo la diplomacia le ha ayudado a mantener estables sus relaciones con sus aliados y, al mismo tiempo, negociar con sus supuestos enemigos. En una entrevista reciente con The New York Times, Obama recordaba que Estados Unidos es capaz de dialogar con sus enemigos y, al mismo tiempo, mantener su seguridad y estar preparado para la defensa. En la práctica, Obama tiene argumentos puntuales: mientras firmaba el trato nuclear con Irán, se reunía con las potencias del Golfo Pérsico en Camp David para tranquilizarlas y aseguraba a Israel que el trato no significaba ninguna amenaza para su seguridad.

En el caso sirio, Obama se encontró en el camino de la diplomacia por la fuerza de la historia. Varios dilemas se le presentan. Si ataca al Estado Islámico, que posee ciudades principales del norte y el centro del país, estaría apoyando el régimen de Al-Asad, cuya caída ha pedido desde el comienzo del conflicto, en 2011. Al apoyar al ejército kurdo con armamento —aprobado por el Congreso a principios de este año—, iría en contra del Estado Islámico y de Al-Asad que, como Putin formula, puede ser un aliado esencial para crear un balance político en el país. Esas son las dos posiciones enfrentadas: Putin apoya a Al-Asad como el poder oficial y Estados Unidos, por otras vías, termina siendo un soporte involuntario. El editorial de este domingo de The New York Times apunta que la reunión resulta esencial para Obama, a pesar de las posiciones encontradas, porque “está claro que el Isis (como también es llamado el Estado Islámico) no puede ser confrontado de manera efectiva sin un trato político entre el gobierno sirio y la oposición”. Cooperar con Rusia, además, resultó valioso en el trato con Irán: la experiencia podría repetirse.

La lucha diplomática de Obama tiene como objeto sembrar influencia. Si Rusia apunta hacia la salvación del régimen de Al-Asad, su relación con los países de Oriente Medio se vería beneficiada. En el momento en que Obama negocia con Rusia está, al mismo tiempo, cubriendo las relaciones con sus aliados. El diario The Wall Street Journal apuntó en un artículo reciente que la decisión de Obama se debe también a la falta de acción contra el Estado Islámico en los últimos años, cuando la idea de una intervención por tierra fue echada al traste por las malas experiencias del pasado en Irak y Afganistán.

En octubre, aún sin una fecha precisa, se ejecutará una mesa de diálogo sobre Siria, en la que participarán representantes de Estados Unidos, Rusia, Irán, Egipto y Turquía, con la presencia de la oposición y el gobierno oficial sirio. Putin, que ha entregado ayuda en armamento y tropas, argumenta que el problema debe ser resuelto con la participación de Al-Asad para prevenir un nuevo conflicto. Los temores de Rusia e Irán, otro de los aliados del gobierno sirio, no son infundados: cuando Gadafi fue derrocado en 2011 con una operación coordinada por Francia, el caos social creció hasta puntos impensables: el país es hoy un Estado fallido con presencia de los islamistas y de redes de tráfico de personas que tienen a Europa viviendo la peor crisis migratoria desde la Segunda Guerra Mundial.

Las propuestas están en la mesa. El presidente francés, François Hollande, dijo ante el pleno de la ONU que una transición política en Siria pasa por la salida de Bashar Al-Asad, punto en el que lo apoya Estados Unidos. Putin, durante su intervención, pidió la creación de una coalición (a la manera de los Aliados durante la Segunda Guerra Mundial contra Hitler) para combatir al Estado Islámico. La idea también está en las estrategias de Irán, cuyo presidente, Hasán Rohani, pidió “un frente unido para combatir el extremismo violento”, al tiempo que dijo que las “raíces de las guerras de hoy están en las intervenciones militares de ayer en Afganistán e Irán”.

Y hay un factor clave que está en mira: el apoyo de países árabes, sobre todo de Arabia Saudita, en la estrategia. Putin dijo: “Los países musulmanes tienen que jugar un papel clave en la coalición, más aún porque el Estado Islámico (EI) no sólo representa una amenaza directa contra ellos, sino que ataca a una de las mayores religiones del mundo”.

La propuesta rusa, que también busca dejar en segundo plano el conflicto en Ucrania, está basada en las lecciones de la historia reciente: derrocar a un dictador se puede convertir en la razón de la agonía de un país entero.

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