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El cambio, el concepto que embriagó con esperanza a una gran parte de los ciudadanos en Colombia, en estos momentos se siente como un guayabo de la realidad de lo que ha significado dicho cambio. La sensación de insatisfacción invade lentamente a los menos fanáticos del presidente Gustavo Petro, pero que vieron en él una alternativa a la tradicional política colombiana o que simplemente se conformaron con que era el menos malo.
El dolor de cabeza y la fatiga existencial que vienen después de los tragos y la euforia marcan lo que pasó la noche anterior. Ahora, resulta evidente que en la fiesta solo hay lugar para repetir los coros de la canción de moda que no es de Karol G, pero sí de otra Carolina y sus letras tratan sobre la salud. Hay lugar para cortocircuitos de energía, contratar a meseros en nombre del deporte y, paradójicamente, fumarse, cómo no, un Marlboro rojo, llenando de humo la sala y nublando la vista de todos, alegando excusas para no ser testigos de la noche.
Claro está que no todos pueden entrar a la fiesta, obviamente no Alejandro. Pero, más allá de lo evidente, quienes no pueden entrar son precisamente quienes hicieron la fiesta posible, me refiero en este caso a las personas que lo eligieron, sus electores (exceptuando a esos contratados). Nótese que no se hace mención de los partidos que entraron en el pacto, ya que ellos siempre están invitados, su particularidad de adaptarse a todo personaje que llegue al poder los hace propicios para el evento, además parece ser que la única característica que conservan y los libera de sus postulados es su camaleónica adaptación a cualquier idea.
El problema es que la fiesta se hizo para las personas comunes y corrientes. El cambio no solo era de administración, sino representaba la construcción de un futuro posible para todos.
Era comprender que las utopías eran el combustible social para lograr de a poco la transformación, siempre soñando que Colombia fuera mejor, no que fuera la misma figura pero esta vez vestida de rojo. Era entender que el disenso es propio de la democracia y no como se presenta en el formato de una eterna reproducción de discursos huecos con la aprobación de quienes convenga para llenar el ego de un anfitrión que parece más preocupado por trinar que por lo que le está ocurriendo a su mandato.
Lo malo de esto es que no hay un Alka-Seltzer para aliviar este dolor político y a falta de remedios basta esperar e hidratarse por que la fiesta va pa largo. No descarto que el anfitrión logre organizar su celebración. Sin embargo, nunca seremos invitados, seguirá siendo otra interlocución llena de eufemismos que ignora las voces que una vez más no serán escuchadas, aun cuando su imagen siempre sea utilizada para llenar las plazas públicas, simulando interés y simpatía por las personas que con entusiasmo tocan las canciones afuera de la entrada.
Daniel Hernández Ortiz. Politólogo.
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