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Pienso que cuando pasen estas elecciones el país quedará partido en dos sectores más o menos identificables, irreconciliables y en pugna permanente. Esto no es nuevo. Desde cuando se tiene noticia, los colombianos estuvieron divididos en centralistas y federalistas. Luego en radicales y regeneradores, después en liberales y conservadores, más tarde en uribistas y antiuribistas, que agrupaban un número importante de distintas vertientes, y ahora se propone que la división es entre derecha e izquierda. Antes no era tan clara una división tan marcada entre quienes se alineaban con ideas de cambio o de mantenimiento del statu quo.

Puede pensarse que en otras latitudes pasa algo similar. En Estados Unidos es clara la diferencia entre demócratas y republicanos. En Reino Unido se han agrupado bajo dos banderas principalmente, los conservadores y los laboristas. Nuestro problema real es que aquí se pasa de la lucha y de la confrontación banderiza a una confrontación armada con relativa facilidad. A esto se suma que movimientos de izquierda en épocas anteriores trataron seriamente de tomarse el poder por las armas, bajo el influjo de los movimientos de izquierda radical y el ejemplo de la lucha armada en Cuba, que conquistó el poder por ese medio hace más de 60 años.

El país aparece dividido en dos bandos irreconciliables y sus seguidores son alentados por los discursos, las falsas noticias, las mentiras y los engaños de lado y lado, sin que haya espacio para ideas de convergencia, para procurar acuerdos sobre aspectos esenciales que es necesario atender, para labrar entendimientos. La cuestión se agrava, porque cada sector aspira a resolver los problemas según sus fórmulas, ideas y puntos de vista, y alientan la consigna de que las propuestas e iniciativas de los otros son irrealizables, engañosas y no sirven para superar los problemas que nos aquejan.

En el entretanto, aumenta la inseguridad en las ciudades y en los campos, los grupos armados ilegales se apropian del territorio, la brecha de la desigualdad es notoria, hay desempleo, pobreza, hambre, el costo de la vida está disparado, se destruyen la naturaleza y el medio ambiente, las empresas y los grandes capitales solo piensan en acrecentar sus riquezas y ganancias, no parece existir un freno posible a la corrupción.

Es cuestión de tontos decir que vamos rumbo a un despeñadero, que se requiere con urgencia una concertación, un acuerdo, puntos de contacto para atender los graves problemas y para encontrar soluciones conjuntas. Sobra advertir que la lucha política ahonda la diferencia y cava una zanja profunda, de donde cada vez es más difícil salir. Los líderes políticos consideran que ellos pueden salvarnos del caos y se niegan a aceptar cualquier forma de acercamiento con los contrarios. Nunca parece tan clara la frase de Shakespeare como ahora: “Es cosa del mundo que los locos guíen a los ciegos”.

Fernando Brito Ruiz. Pereira.

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