Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Los diálogos en Sudán del Sur, que buscan clausurar una guerra de 19 meses en la que han muerto más de 10.000 personas, tienen ciertas singularidades fabulosas: una de las últimas negociaciones duró cuatro días, engendró un acuerdo de paz que forzó a los líderes enfrentados, Salva Kiir (presidente) y Riek Machar (exvicepresidente), a darse la mano en público y cuyos términos se deshicieron de manera natural un mes después sin que ninguna de las partes depusiera las armas ni los vivos dejaran de morirse.
Esa fue una de las últimas noticias del fracaso que han resultado los acuerdos desde que comenzó el conflicto, en diciembre de 2013. Por ese entonces, Kiir acusó a Machar y los miembros nuer de las fuerzas militares de planear un golpe de estado. La decisión personal desembocó en una guerra impersonal: niños y mujeres de las dos etnias principales del país, los dinkas y los nuer, han muerto en la primera guerra del país más joven del mundo (Sudán del Sur se declaró república en 2011).
Esta semana, en Adis Abeba (Etiopía), ambos líderes firmarían un nuevo acuerdo de paz tras dos meses de negociación. Machar lo firmó. Pagan Amum, secretario general del Movimiento de Liberación del Pueblo de Sudán, el partido dominante, también firmó. Sin embargo, Kiir se alejó de la mesa de negociación y dijo que estudiaría el acuerdo durante quince días antes de poner su rubrica. Silvio Deng, líder juvenil de Sudán del Sur en el Instituto de Paz de Estados Unidos, dice que esta es una jugada política con la que Kiir exigiría más concesiones. “El gobierno quiere más, sobre todo en el tema de la repartición del poder. Las hostilidades podrían continuar hasta que el gobierno introduzca correcciones en el acuerdo”.
La solicitud del presidente produjo la molestia de Estados Unidos y el Reino Unido, que pidieron a la ONU que sancione al país por negarse a firmar el acuerdo. Hace unas semanas, durante su visita a África, el presidente Barack Obama pidió a Etiopía y Kenia que actuaran a favor de la restauración en Sudán del Sur, un país con sendas reservas de petróleo. La franca decaída de las negociaciones previas, sin embargo, predice una suerte similar. En enero de 2014 hubo un cese al fuego que se rompió semanas después (la fortaleza de los líderes militares es, en muchos sentidos, inocua). A principios de mayo, las partes firmaron otro acuerdo; a mediados, los tratos se quebraron. En noviembre, con el pacto ya roto, recomenzaron las negociaciones. Un nuevo acuerdo brotó en febrero de 2015 (aquel acuerdo concebido en cuatro días) y en marzo caducó. Los ceses al fuego del 23 de enero, 6 y 9 de mayo se han roto en medio del inicio falible de conversaciones que se quiebran cada tres días. Desde marzo están de nuevo en diálogos, todos poco fructíferos porque el Estado sursudanés es débil en instituciones, tiene un alto porcentaje de analfabetismo (50%), la infraestructura nacional está desecha y los habitantes se desplazan, con la suerte esfumada, a los países fronterizos. El último acuerdo prevé la creación de un gobierno transicional que permita repartir el poder de manera equitativa. Los rebeldes buscan poder en los estados más ricos en petróleo (lo que, según Deng, podrían usar como herramienta contra Kiir) y el presidente querría acordar, en cambio, un suerte de repartición general sobre las instituciones nacionales.
“Los acuerdos han fracasado por falta de voluntad política en la implementación y además los comandantes oficiales y rebeldes no se comprometieron con el fin de las hostilidades —dice Deng—. El monitoreo y la verificación del IGAC (la unión de cinco países africanos que sirven como mediadores) no fue efectiva, pues no pudieron acceder a ciertas áreas donde aún están masacrando civiles”.