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Hace algunos meses, Helly Luv —cantante, 26 años— recibió una llamada de su madre desde Finlandia. Estaba llorando. Descendiente de kurdos, Luv nació en Urmia (Irán) bajo un nombre muy distinto: Helan Abdulla. La guerra del Golfo y el régimen de Sadam Hussein forzaron a su familia a escapar a Turquía; los campos de refugiados de Ankara, atiborrados de exiliados, carecían de buenos alimentos y la pequeña Abdulla se enfermaba con facilidad. Finlandia aceptó su solicitud de asilo. A los 18 años, atraída por el teatro y la música, Abdulla largó hacia Los Ángeles. Su sueño tenía más brillo que la profusa realidad: el apartamento al que llegó tenía cucarachas y el fondo de la bañera era una superficie miserable y negruzca. Comía galletas en la mañana, en la tarde, al anochecer. Un productor la llamó dos semanas antes de que expirara su visa; le cantó por el teléfono; la contrataron en Nueva York. Un resumen aún más acelerado de los hechos diría que entonces se convirtió en Helly Luv, compuso una canción a favor de la independencia de los kurdos —Risk it all— y ya no pudo ser de nuevo la desconocida Helan Abdulla. Cuando recibió aquella llamada hace algunos meses, sin embargo, su madre estaba llorando. Su madre no solía llorar. Le contaba que 50 hombres llegaron a la casa de sus familiares en el Kurdistán —una zona entre Irán, Irak, Siria y Turquía que lleva años buscando su independencia— y dijeron que encontrarían a Helly Luv y que con sus propias manos la apedrearían hasta la muerte. Tiempo después, en una entrevista con el sitio Filmmaker Magazine, Luv recordó: “Represento la libertad en el Kurdistán. Pero ellos lo tomaron de un modo erróneo. No entendían y decían: ‘Ella se burla del Islam; vino a extender ideas masónicas e ilustradas’”. Se escondió por dos semanas en la oscuridad de un cuarto de hotel: no salió a la calle, no recuerda si se bañó. Se deprimió. Las amenazas le prohibieron la libertad por un tiempo pero, a principios de este año, lanzó una canción con similar suerte: en el video de Revolution, Helly Luv toma un rifle y dispara a los militantes del Estado Islámico, contra quienes luchan los kurdos. Al final, en un extracto adicional del video, es posible escuchar los disparos del Estado Islámico a sólo 3 kilómetros de donde grababan, en Mosul (Irak), una de sus zonas de mayor influencia. En Revolution, Luv canta: “Levántense porque somos fuertes si estamos unidos. / Rompamos el silencio, tan ruidoso como un arma. / Hermanos y hermanas, todos venimos de un solo lugar. / De diferentes religiones, pero con la misma sangre”. De nuevo, entonces, la amenazaron. En ¿Qué es la literatura?, el escritor francés Jean Paul Sartre sugería que toda forma del arte, en especial la literatura, tenía una cercana fraternidad con los cambios sociales. Helly Luv, en cierto modo, ha seguido ese mandato incluso de un modo evidente: en Revolution, un militante del Estado Islámico muere a causa de un tiro de mortero. La peshmerga —el ejército kurdo—, que participa en este video y también en Risk it all, celebra. En un medio así, ser un artista se convierte en un modo de la valentía. El somalí Shiine Akhyaar, cantante del colectivo de hip hop Waayaha Cusub, recibió cinco disparos en 2007 y sobrevivió: en ocasiones la valentía toma formas muy palpables. Waayaha Cusub —traducido como La Nueva Era— comenzó en 2004 y sus letras se emparentan con las de Helly Luv por su trasfondo político y por el conflicto; una de ellas, Di no a Al Shabab, es una alusión directa al grupo terrorista que azotó por años a Mogadiscio, capital de Somalia, y que se habría encargado de disparar a Akhyaar, golpear a otro de los integrantes y amenazar de muerte al resto. Apenas en abril de este año, Al Shabab masacró a 152 personas en Kenia. Contra ese tipo de enemigos se enfrenta Waayaha Cusub. Sobre Akhyaar, Daniel Gerstle, organizador del Festival de Música de Mogadiscio —que tuvo su primera edición en 2013—, dijo: “Él es una combinación de Martin Luther King con Tupac”. A los militantes de Al Shabab les molestaba escuchar en los pueblos y en las ciudades a los jóvenes que cantaban los temas de Waayaha Cusub y que en las noches alumbraban sus cantos con la luz de sus celulares. En un artículo de 2012, Gerstle recordaba el exilio de Akhyaar en Nairobi, Kenia, donde las amenazas continuaron. “Es peligroso estar en Nairobi también —le dijo Akhyaar—. ¿Por qué no volver a Mogadiscio? Es allí donde el mensaje necesita ser escuchado”. Por ese tiempo, las tropas del Gobierno de Transición y de la Unión Africana habían expulsado a muy buen parte de las células de Al Shabab de la capital somalí y el ambiente estaba listo para el regreso. Entonces Akhyaar y su grupo se convirtieron en las estrellas del festival de música; cerca de 2.000 personas asistieron, a pesar de las amenazas, de los gritos de guerra y del terror febril que durante 20 años se había cosechado en la región. Era un festival dedicado a la reconciliación. Un grupo de cinco guardas, todos armados con fusiles AK47, protegía a las bandas en cada concierto.