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Los líderes mesiánicos y populistas, aquellos que prometen redenciones y grandes rupturas históricas, usualmente no salen con nada. El mayor logro de Chávez fue llevar la pobreza de Venezuela al 95 % y expulsar a cuatro millones de sus compatriotas. Y cada día es más claro que la pomposa Cuarta Transformación de AMLO es un fiasco semejante.
En contra de las prioridades planetarias, más allá de algunas declaraciones vacías, AMLO no apoya la lucha contra el cambio climático. El presupuesto en esta materia ha sido recortado y sus esfuerzos, por el contrario, se orientan a fortalecer PEMEX y cerrar los espacios de los inversionistas privados interesados en la instalación de energías alternativas.
A pesar de que dice ser un liberal, en varios temas sociales críticos AMLO exhibe posiciones conservadoras. Apoyado por grupos evangélicos, portando siempre escapularios y estampas, es hostil a los movimientos feministas y se opone al aborto y al matrimonio de personas del mismo sexo. Nunca ha defendido ni presentado propuestas en estas materias y, cuando le ha sido posible, las ha esquivado o saboteado.
AMLO, siempre desconfiado del pensamiento libre y de las opiniones diversas, ha emprendido un ataque contra los intelectuales. Con una campaña que ha desatado el rechazo de la comunidad universitaria y científica, busca encarcelar a 31 científicos e investigadores del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, dizque por lavado de activos y corrupción, pues se “presume que hubieron (sic) malos manejos de recursos”.
Este ataque coincide con sus críticas contra quienes asisten a universidades del exterior, pues, en su concepto, “los que han estudiado en Harvard o en otras universidades del extranjero aprenden a robar, a eso van, o a ayudar a que roben otros y que ellos reciban migajas del botín”. Con esta actitud, que revela su inseguridad intelectual, busca generar el rechazo y el desprestigio de amplios grupos de personas educadas que, en las universidades, el gobierno y los centros de investigación, se atreven a criticar sus políticas.
Esta actitud contrasta con su tolerancia ante los narcotraficantes. Con el lema de “Abrazos, no balazos”, el pintoresco mandatario puso en marcha un plan de pacificación —”oficialmente ya no hay guerra” contra las mafias, dice— que busca que los carteles bajen el nivel de violencia a cambio de cierta laxitud en el tratamiento de sus negocios y delitos. Los resultados han sido negativos: la violencia está desbordada y, en cambio, se observa una mayor cercanía de ciertos políticos de su partido, Morena, con los jefes de la mafia.
Otra de las políticas desconcertantes de AMLO es su creciente apoyo a la militarización de funciones públicas. En contra de su promesa de campaña de retirar de las calles a los militares, algo que criticó a sus antecesores, hizo todo lo contrario: no solo ellos están desempeñando masivamente las funciones de policía, sino que, además, recibieron el manejo de los puertos y la construcción de trenes, bancos y edificios públicos.
Cuando termine su gobierno, los historiadores dirán que AMLO fue populista, honesto, con gran favorabilidad en las encuestas, pero de espaldas a las prioridades de su tiempo y las necesidades de su país; que fue un izquierdista modelo 1960, un político de provincia conservador, que le construyó a su pueblo natal un tren y una refinería.