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El legado político de Obama

El restablecimiento de los lazos diplomáticos con la isla es la punta del “iceberg”. Con este acto, Obama quiere reafirmar su herencia política, que incluye puntos como inmigración y salud.

El presidente Barack Obama y el vicepresidente Joe Biden durante el discurso de ayer sobre Cuba. /AFP
El presidente Barack Obama y el vicepresidente Joe Biden durante el discurso de ayer sobre Cuba. /AFP
Foto: AFP - BRENDAN SMIALOWSKI

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Las noticias recientes dicen que el 20 de julio Cuba y Estados Unidos reabrirán sus sedes diplomáticos para reanudar sus lazos, muertos desde poco después de la Revolución de 1959. Las noticias dicen, también, que el siguiente paso es la eliminación del embargo al que EE.UU. sometió a la isla desde entonces: Obama pidió ayer de nuevo al Congreso que lo retire y recordó que John Kerry, el secretario de Estado, será el encargado de izar la bandera de EE.UU. en su embajada en Cuba.

Las negociaciones con Cuba, gracias a la mediación del papa Francisco, comenzaron en diciembre de 2014 y hasta ahora ambas partes han respondido sin conflicto a las peticiones diplomáticas. En la agenda con Cuba queda prácticamente el retiro del embargo. Peter Hakim, presidente del centro de estudios Inter American Dialogue, dijo a la AFP que el fin del embargo será difícil de conseguir porque el Congreso, de mayoría republicana, se muestra renuente. Obama, sin embargo, parece tener una segunda estrategia: modificar normativas sobre viaje y comercio que, eventualmente, irán “erosionando” el embargo. “Creo que veremos una apertura gradual en vez de una apertura súbita”, dijo Hakim.

¿Para qué sirve la caída del embargo? De acuerdo con el analista Moisés Naim en un artículo de The Atlantic, las relaciones han vuelto a su camino pacífico sobre todo por un aspecto singular: el decaimiento de Venezuela como socio económico de Cuba. La caída en los precios del petróleo obligó al régimen de los Castro a buscar un nuevo socio y Estados Unidos, con Obama como figura conciliadora después de años de traspiés ideológicos, figuró primero en la lista. Las relaciones cercanas con Rusia, reafirmadas con una reciente visita de Raúl Castro al país, parecen insuficientes. La entrada de inversores estadounidenses a suelo cubano tendrá un altísimo impacto en sus finanzas. La urgencia de reformas económicas en la isla se convirtió en un propósito de primera línea para Raúl Castro.

Por otro lado, Obama encontró en Cuba un factor de salvación —escribe Naim— en medio de una extendida inactividad política en su gobierno, detenido por el Congreso, de mayoría republicana. El retiro del embargo aseguraría la supervivencia del trabajo de Obama en el campo de la política exterior y, además, validaría sus intenciones de gobierno en medio de un difícil clima político.

Una herencia política

El gesto ante Cuba, por supuesto, no es puramente simbólico. Desde que comenzó su mandato, con las expectativas propias que pesan sobre el primer presidente de origen afro, Obama ha querido erigir un legado y una marca. La reconexión con Cuba es parte de esa marca. Aunque el proceso no termine durante su mandato -y es muy posible que, tras más de 50 años de eludirse, Cuba y EE.UU. necesiten su tiempo para recuperar la confianza política-, Obama será recordado como el presidente que reabrió dicha puerta y también como quien se ha impuesto la tarea de convertirse en mito.

En 2008, apenas comenzó su primer mandato, Obama prometió una reforma migratoria que, entre otras cosas, afectaba a 54 millones de personas en el país. Sólo seis años después, a través de un programa de gobierno, se hizo realidad a pesar de las diversas demandas que se han convertido en sendos obstáculos alrededor del país. El tema se ha convertido en una de sus obsesiones: a principios de junio, en un mensaje televisado, prometió continuar su “lucha” para que los inmigrantes tengan trabajo y servicios dignos.

Con el Congreso como principal opositor, Obama ha logrado dar cuerpo a pocos programas de gobierno. Uno de ellos despegó con cierta timidez (y muchas demandas): el Obamacare. Con esta ley, firmada en 2010, el presidente pretende ampliar la cobertura de los servicios de salud públicos y privados con un menor costo y más subsidios. Su impulso se ha visto ralentizado por los estados con mayoría republicana, donde vive la mayoría de la población que no accede a recursos de salud y en donde existen desacuerdos financieros con la ley y los planes que impone. A pesar del camino sinuoso que debe superar, el Obamacare, en opinión del columnista de la revista The New Yorker John Cassidy, trabaja como era pensado: “Aunque existen problemas técnicos con los intercambios en red, y algunos problemas más extendidos como el precio de los planes individuales, el programa funciona como estaba planeado. En algunos aspectos, como el exceso de costos a los contribuyentes, parece salir mejor librado de lo que se esperaba”.

Cuba es quizá la última lanza que empuña Obama en su estrategia de política exterior, que ha tenido golpes y aciertos por igual. Tal vez Cuba ayude a redimir un percudido historial de decisiones desviadas. Primero las malas noticias: el retorno de la ayuda militar a Irak para combatir al Estado Islámico después del ansioso retiro de las tropas estadounidenses en 2011, y la continuación de sus tropas en Afganistán. Las dos guerras que Obama prometió acabar siguen en pie y parece que sólo podrán ser liquidadas por los ejércitos de la región y nunca por una nación extranjera. Podrían recordarse también las escuchas ilegales que ejecutó la Agencia Nacional de Seguridad y el oscurecimiento de sus relaciones con Alemania, Brasil y Francia, principales víctimas del espionaje. También hay buenas noticias: el gobierno de Obama continuará hasta el 7 de julio la discusión para concretar un plan nuclear en Irán, en el que Obama se ha cuidado por su relación (también exitosa hasta ahora) con los países del golfo Pérsico, que ven en Irán una amenaza. Un acuerdo de esa suerte con Irán menguaría las sanciones que EE.UU. le ha impuesto desde la Revolución de 1979. Esta semana, Obama reanudó sus frías relaciones con la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, resentida después de las escuchas ilegales.

Obama, desde su campaña política, ha prometido ser un presidente de libertades, casi un ícono de la nación soñada de antecesores políticos suyos como Martin Luther King. Sus intenciones con el programa migratorio van por el mismo camino: la reafirmación de que EE.UU. es, en muchos sentidos, la nación abierta que siempre ha deseado ser. La aprobación de la Corte Suprema sobre el matrimonio homosexual le ha permitido, también, revivir su apoyo sin condiciones a la población LGBTI de su país y, de ese modo, explotar una imagen liberal en un mundo aún renuente a las uniones de este tipo.

Con poco tiempo a la mano, Obama se encamina hacia la validación urgente de su propia historia como presidente. Han pasado más de cincuenta años para que una paradoja sea realidad: Cuba podría engrandecer a un presidente estadounidense.

***

La historia del embargo Cuba fue un protectorado de Estados Unidos hasta 1959, cuando la Revolución Cubana, liderada por los hermanos Fidel y Raúl Castro, derrocó a Fulgencio Batista. En 1961, tras el agrietamiento de las relaciones, Estados Unidos impuso sanciones económicas sobre la isla, lo que prohíbe desde esa época los intercambios entre ambos países. Cuba nacionalizó las empresas estadounidenses que seguían allí, aumentó sus relaciones comerciales con la entonces Unión Soviética y comenzó un enfrentamiento sigiloso y perdurable con Estados Unidos, que estaba en una carrera certera por eliminar la influencia del comunismo en el mundo.  jtorres@elespectador.com 

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