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Análisis de las elecciones en España : vamos despacio, pero ¿vamos lejos?

Una mirada al escenario político español luego del voto en los comicios locales y autonómicos.

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Una pancarta del 15M que se hizo lema decía: “Vamos despacio porque vamos lejos”. Los resultados de las elecciones autonómicas y municipales del 24 de mayo en España confirman que vamos despacio, aunque han abierto un nuevo y complejo escenario político que quizá, y solo quizá, permita llegar más lejos. 

En un escenario nuevo porque aparecen nuevos actores, como son las candidaturas municipales de unidad popular, formadas por la confluencia de partidos de izquierda y de movimientos sociales, con posibilidad de ejercer el gobierno de Madrid, Barcelona y de otras cinco capitales de provincia (Santiago de Compostela, La Coruña, Cádiz, Zaragoza y Oviedo); pero también nuevos partidos políticos, en particular Podemos y Ciudadanos, con mejores resultados y mayor poder institucional del que nunca tuvieron los partidos a los que han desbancado (Izquierda Unida y UPyD).

Es un escenario complejo, porque la fragmentación política y la pérdida de las mayorías absolutas en las 14 Comunidades Autónomas que han celebrado elecciones y en 50 de las 52 capitales de provincia, obliga a realizar pactos, muchas veces entre tres y hasta cuatro fuerzas políticas.

Conviene recordar que en España todos los niveles territoriales de gobierno responden a un sistema parlamentario, de suerte que los ciudadanos no eligen directamente al titular del órgano gubernativo, sino a los órganos deliberantes (el concejo municipal y la asamblea legislativa de la comunidad autónoma) que, a su vez, son los encargados de elegir al alcalde o al presidente de la comunidad autónoma. A esta segunda elección se le denomina investidura.

Los pactos pueden consistir en acordar la abstención en la investidura, para que resulte elegido el candidato o la candidata del partido que ha obtenido la mayoría relativa; en conseguir el voto afirmativo de otras fuerzas políticas al candidato propio en la investidura, pero sin entrar en el gobierno; o en formar una coalición de gobierno entre dos o más partidos.

Lo más frecuente en España ha sido el primer tipo de pactos. Sin embargo, en los municipios y comunidades autónomas en que el Partido Popular (PP) ha sido la lista más votada pero lo supera la suma de las fuerzas de izquierda, se necesitaría, al menos, pactos del segundo tipo. 

Respecto a las coaliciones de gobierno, existe muy poca experiencia en España y no siempre satisfactoria. Además, la cercanía de las elecciones generales de noviembre, provoca que los partidos se muestren reacios a entrar en gobiernos que no dominan ante las imprevisibles consecuencias electorales. La línea trazada desde los órganos de dirección de la mayor parte de los partidos va precisamente en la dirección de “facilitar” gobiernos, pero sólo formar parte de los que se encabecen. 

Y es que los resultados electorales del 24 de mayo han sido paradójicos. 

Resulta, por una parte, que el partido que obtiene a nivel nacional el mayor número de sufragios y que, por tanto, podríamos considerar como el “ganador” de las elecciones – el Partido Popular– es, en realidad, el “perdedor” de las elecciones. Se ha dejado más de dos millones y medio de votos (una cuarta parte de su electorado) y, por primera vez en treinta años, tiene un serio competidor en el caladero de votos del centro derecha, el partido Ciudadanos, que ha recibido la mayoría de los votos que han abandonado al PP.

Pero sobre todo el PP ha perdido buena parte del formidable poder territorial que había conseguido en las elecciones de 2011, cuando la práctica totalidad del mapa de España se había teñido de azul. Bastiones tradicionales del PP en los que llevaba gobernando por más de dos décadas, como las ciudades de Madrid, Valencia y Cádiz, han pasado a manos de la izquierda; más de 600 mayorías absolutas se han esfumado y allí donde puede llegar a formar gobierno, tendrá que hacer concesiones para recibir el apoyo de Ciudadanos.

Esta pérdida de poder institucional ha provocado la necesidad de renovar liderazgos y hasta un cuestionamiento público de Mariano Rajoy como el candidato más idóneo para las próximas elecciones generales. Y es que existen causas nacionales y no sólo locales del descenso electoral: 

La política de recortes, en un escenario en el que casi un 30% de la población española está en situación o en riesgo de pobreza y el 35% de los niños viven por debajo del umbral de la pobreza. 

Y la corrupción, que no es ya un problema que afecte a ciertos políticos del PP, sino que afecta al partido mismo: en el auto de apertura de juicio oral del llamado caso Bárcenas, el juez establece que el PP, al menos entre 1990 y 2008, se financió de forma opaca e ilegal con los donativos de empresas que eran concesionarias y contratistas de la administración pública.

No es previsible que de aquí a noviembre la vida de los españoles mejore de forma perceptible, pero sí es probable que continúe el goteo de acciones policiales y decisiones judiciales sobre la corrupción en el PP que, unido a las tensiones internas, mantenga la sangría de votos.  

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Por otra parte, es también paradójico que el PSOE, que ha obtenido los peores resultados de su historia y es con mucho el partido que más votos ha perdido en lo que va de crisis (2007-2015), haya obtenido mucho “poder de coalición”. 

Con el apoyo de la izquierda emergente, el PSOE puede hacerse con el gobierno de, al menos, cinco comunidades autónomas; al tiempo que su apoyo es necesario para que esa izquierda emergente gobierne las principales ciudades españolas, como son Madrid, Barcelona y Valencia.

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Aunque de los resultados electorales puede desprenderse con naturalidad la voluntad de que la hegemonía territorial del PP sea sustituida por acuerdos entre el PSOE y las izquierdas, la reacción del establecimiento español ante esta posibilidad ha sido contundente, con presiones particularmente intensas en la ciudad de Madrid, donde están en juego millonarias operaciones urbanísticas.  

Ya antes de las elecciones, el ex presidente Felipe González y otras figuras de la vieja clase política española, propusieron una gran coalición entre el PSOE y el PP. Tras las elecciones, desde el PP se ha propuesto un gran pacto anti-Podemos, para impedir que esta fuerza política y las candidaturas municipales en las que se haya integrado, puedan llegar a gobernar, produciéndose incluso concentraciones de protesta en favor de esta opción. 

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Existe el temor de que se esté preparando el terreno para otro tamayazo, que es como se conoce la maniobra por la que en 2003 dos diputados del PSOE frustraron la elección como presidente de su propio candidato, dejaron sin efecto el acuerdo de gobierno entre fuerzas de izquierda y forzaron nuevas elecciones en las que el PP consiguió la mayoría absoluta. El escenario actual es similar y cuenta con la misma protagonista: Esperanza Aguirre.

La gran sorpresa del escenario político español es Podemos, un partido con apenas un año de vida que ha logrado desbancar a Izquierda Unida como tercera fuerza política del país, aunque no ha conseguido convertirse en la fuerza hegemónica de la izquierda, como era su intención, y está aún por detrás del PSOE en el cómputo global de los votos. 

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Sin embargo, los resultados electorales son magníficos para Podemos y su auténtica razón de ser: las elecciones generales. Por una parte, porque entra en todos los parlamentos autonómicos que han realizado elecciones y en muchos de ellos como una fuerza determinante para facilitar gobiernos, lo que puede favorecer una imagen de responsabilidad que reduzca el temor que todavía provoca en un sector del electorado. Pero por otra, adquieren poder institucional sin necesidad de asumir responsabilidades de gobierno, lo que podría suponer un desgaste de la imagen de frescura y transformación con la que han seducido a los sectores urbanos y los nuevos electores. Consigue poder, pero no tanto como para que sea difícil de gestionar o sus líderes resulten antipáticos.

En términos generales, cabe concluir que el sistema político español se reconfigura, pero no se revoluciona. El bipartidismo queda debilitado, pero logra remontar muy ligeramente respecto a los resultados de las últimas elecciones europeas. La pregunta es si su descomposición ha tocado fondo. 

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Deben tenerse en cuenta dos elementos: por una parte, que el bipartidismo resiste mucho mejor en las zonas rurales que en las zonas urbanas. En la medida en que son las ciudades las que anticipan las tendencias, puede pensarse que en el futuro la caída del bipartidismo se profundice. Y, por otra parte, que los factores transversales de pérdida de votos, como son el empeoramiento de las condiciones de vida de los ciudadanos y la corrupción rampante, no se han solucionado.

El cambio político en España va más lento de lo que algunos aventuraron, pero las elecciones arrojan resultados que abonan la esperanza. Sin duda, el éxito de las candidaturas ciudadanas de unidad popular, con formas de organización y funcionamiento distintas de las partidistas y liderazgos provenientes de fuera de la política, son un fenómeno novísimo que reclama atención.

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*Profesor titular de derecho en la Universidad de Extremadura y actualmente profesor en el Externado de Colombia.

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