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En la cadena de consumo actual, pocos objetos son tan omnipresentes y, a la vez, tan ignorados como el blíster de un medicamento. Ese pequeño panal de plástico y aluminio que protegía la cápsula que nos alivió el dolor de cabeza o una infección, fue diseñado para ser impenetrable. Su misión es garantizar la asepsia y la estabilidad química de un fármaco frente a la humedad, el oxígeno y el tiempo. Pero esa misma fortaleza técnica es su condena ambiental.
Una vez vacío, el blíster se convierte en un “residuo imposible”, (cuya composición física, química o mezcla de materiales impide que sea reaprovechado), un paria del reciclaje que la mayoría de las veces termina bajo toneladas de tierra en rellenos de seguridad o convertido en humo en hornos de incineración.
Bogotá, una ciudad que genera miles de toneladas de residuos plásticos al día, ha encontrado en los laboratorios de la Universidad ECCI una respuesta a este dilema. Allí, en un espacio que no supera los 16 metros cuadrados, nació MAMTRA (Laboratorio de Nuevos Materiales). No es solo un cuarto lleno de tubos y reactores; es el escenario de una batalla contra el concepto de “un solo uso” en uno de los sectores más rígidos del planeta: la industria farmacéutica.
La dificultad del PVC y el Aluminio
Para entender la magnitud del logro de MAMTRA, primero hay que entender el problema químico. Un blíster no es solo plástico. Es un laminado donde el PVC (Policloruro de vinilo) y el papel de aluminio están fundidos de tal manera que separarlos mecánicamente es, hasta hace poco, una mala idea económica, pues en el reciclaje convencional, intentar procesar PVC con aluminio, el resultado es un material contaminado que no sirve para nada.
“Los materiales farmacéuticos fueron diseñados para proteger, no para tener una segunda vida”, explica la profesora Helia Bibiana León Molina, ingeniera de polímeros y directora de esta investigación. Su voz no suena a la de una académica y una estratega que sabe que la ciencia, si no es aplicable, es solo literatura. Bajo su liderazgo, y gracias a la convocatoria EcoCambio 2023 de la Agencia Atenea, que destinó COP 350 millones, la universidad pasó de la teoría a la acción.
Lo que hoy es una planta piloto con un reactor de 200 litros, comenzó experimentando con un tubo de ensayo. La profesora León recuerda con precisión cómo el proyecto escaló: primero fueron pruebas microscópicas, luego un prototipo de vidrio que cabía en un escritorio, y finalmente esta estructura de cuatro metros de altura que hoy puede procesar entre 2 y 3 kilogramos de material por hora. Parece poco frente a las 100.000 toneladas de plástico farmacéutico que el mundo produce al año, pero en el universo de la innovación, el paso del “tubo al reactor” es el más difícil de dar.
Simbiosis industrial: Cuando un desperdicio cura a otro
La propuesta de MAMTRA busca, ante todo, la eficiencia sin contaminar. Para separar el aluminio del PVC, el laboratorio no utiliza químicos que podrían aumentarían la huella de carbono. En su lugar, practican la simbiosis industrial: utilizan licores y ácidos agotados que otras industrias, como la galvánica (la de los recubrimientos metálicos), ya desecharon.
“Usamos residuos industriales para tratar residuos farmacéuticos”, señala la docente. El proceso desintegra el aluminio, dejando el PVC limpio y listo para ser transformado. Pero el aluminio no desaparece; se convierte en sales metálicas que tienen un uso fundamental en la infraestructura urbana: pueden funcionar como coagulantes para el tratamiento de aguas. “Se busca un un ciclo perfecto de “residuo cero”, señala la docente. Lo que antes era basura tóxica, ahora puede ayudar a limpiar los ríos de la ciudad o a fabricar empaques para nuevas tecnologías verdes, como las cerámicas atrapadoras de CO2 de la empresa aliada Mintec Ceramic.
A pesar de estos avances, la realidad industrial en Colombia es más lenta y cínica. Al preguntarle a la profesora León sobre la disposición de las farmacéuticas para adoptar este modelo, la respuesta es contundente: “Lo más barato es lo que hacemos ahorita: dañar el medio ambiente”, sentencia la investigadora.

En términos contables, para una multinacional farmacéutica sigue siendo más rentable pagar por el transporte de sus mermas industriales a un relleno de seguridad que financiar o contratar un proceso de transformación química. Entre el 3% y el 10% de la producción farmacéutica se pierde en “mermas postindustriales”: empaques mal impresos, recortes de sellado o lotes que por un cambio en la regulación deben ser destruidos. Estos materiales están nuevos, sin rastro de medicamento, pero la regulación y la falta de incentivos económicos dictan que deben ser enterrados o en algunos casos, incinerados.
Tenemos el reactor, tenemos los estudiantes (18 jóvenes de la ECCI que operan la planta), pero nos falta la voluntad de un sector privado que aún ve el reciclaje como un costo y no como una inversión. A la larga, lo más caro es lo que estamos haciendo, pero hay que insistir en preguntas básicas. ¿Cuánto vale el aire que respiramos? Eso no se puede medir en rentabilidad», añade León.
El “limbo” del ciudadano y la logística del vacío
Otro punto de fricción es el entusiasmo ciudadano. Desde que el laboratorio abrió sus puertas, bogotanos del común han llegado a la universidad con bolsas llenas de blísteres usados. La profesora los recibe con una mezcla de gratitud y preocupación.
El laboratorio hoy está diseñado para residuos postindustriales (limpios). El residuo de nuestras casas, el posconsumo, trae consigo un reto de bioseguridad: trazas de químicos, bacterias o contaminación cruzada. “No nos podemos embarcar en una campaña de recolección masiva porque no tenemos la infraestructura de acopio ni la logística para recoger los blísteres de toda Bogotá”, advierte.
Esto evidencia un vacío en la política pública. Bogotá tiene la capacidad científica para procesar el residuo, pero carece de la red logística para que el ciudadano pueda disponer de su blíster de forma responsable. Sin centros de acopio y sin una planta a escala industrial de toneladas, el esfuerzo de MAMTRA corre el riesgo de quedarse como un acierto académico aislado.
“Discurso abstracto”
En Colombia existe la Ley 2232 de 2022, que busca eliminar los plásticos de un solo uso en un horizonte de ocho años. Sin embargo, para la profesora León, la ley por sí sola es “discurso abstracto” si no existen espacios como el que dirige, donde se pruebe la viabilidad técnica.
MAMTRA es el puente. Es donde 18 estudiantes de tecnología, ingeniería y maestría están aprendiendo que la basura es, en realidad, una materia prima mal ubicada. Allí, estudiantes de tecnología y de ingeniería polímeros están produciendo soluciones y rompiendo un paradigma importante: que la postura ecologista se centra más en protestar que en proponer.
¿Qué sigue?
El dinero de la convocatoria de Atenea (COP 350 millones) sirvió para encender la mecha: comprar equipos, construir el reactor de 200 litros y adecuar el espacio. Pero, ¿qué pasará cuando el presupuesto se agote? La universidad ha puesto de su parte con el tiempo de sus docentes y la infraestructura, pero el laboratorio necesita que la industria farmacéutica y el Estado se conviertan en clientes o socios.
El subproducto del proceso, el coagulante de aluminio, es la clave. Si las plantas de tratamiento de agua de Bogotá se interesaran en adquirir este insumo nacido del reciclaje, el laboratorio podría ser financieramente autosostenible.
La planta de MAMTRA, con sus reactores de acero y sus tanques de lavado es, sobre todo, una posibilidad. Ha demostrado que se puede separar el PVC del aluminio sin generar vertimientos tóxicos y formando talento humano. La pelota está ahora en el campo de las farmacéuticas y del gobierno distrital.
Mientras tanto, en los 16 metros cuadrados del laboratorio, la profesora Helia y sus estudiantes seguirán desmantelando la herencia de plástico, un gramo a la vez, demostrando que la verdadera curación no está solo dentro de la pastilla, sino en lo que hacemos con el empaque que la contenía.
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