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Peter Handke es el solitario, el inconforme, el que hace cine, teatro, literatura, arte, legado y contracultura. Handke es el que escribe El cielo sobre Berlín, es el que se ve plasmado en La mujer zurda, el que describe El miedo del portero al penalty, el que escribe una Carta breve para un largo adiós. Handke es el artesano de la palabra que no encuentra puerto, de la palabra extraviada y de la palabra agotada.
“Espero de una obra literaria una novedad para mí, algo que, aunque solo escasamente, produzca un cambio en mí; algo que me vuelva consciente de una todavía no pensada, todavía no consciente posibilidad de la realidad”, afirmaba el austríaco para el portal El Cultural de España. Afirmaba, como Silvio Rodríguez en Resumen de noticias, que ha “preferido hablar de cosas imposibles, porque de lo posible se sabe demasiado”. Así fue configurando su narrativa, escudriñando en lo desconocido de la soledad, del temor, de la locura y de lo inesperado e insurrecto.
Peter Handke nació en la región de Carintia, en uno de los territorios ocupados por el nazismo. Su estancia fue efímera, mas no los recuerdos que guarda de la época. En el Ensayo sobre el lugar silencioso rememora la casa de campesinos en la que habitó su abuelo, en la que tal vez arroja un susurro sobre el niño, el niño que abre el telón en El cielo sobre Berlín, ese niño que era él, que de pronto sigue siendo él, pero que, por su inevitable evanescencia por el paso del tiempo, ya no se percibe igual y se observa ahora como una carencia, como una ausencia que altera su definición del yo y lo invita a seguir pensando sobre esos lugares silenciosos y cómplices de angustias, disgustos e inconformidades.
La película de Wim Wenders —amigo y compañero de historias que transforman el lenguaje escrito en lenguaje cinematográfico— El cielo sobre Berlín se configuró durante varias semanas, en las que el director iba atando cabos y en las que Handke no dejaba de escribir y enviar escritos que iban hilando el argumento y el sentido lírico de la cinta.
El escritor toma distancia, el escritor es solitario por voluntad. Su aislamiento es sinónimo de inconformidad y es su modo de protestar contra la realidad y las verdades que carecen de convicción y que se desvanecen por su levedad.
El escritor se acerca a la locura porque le parece que la locura es mucho más sensata, mucho más cómoda, mucho más atractiva que la infinita rutina que consume la existencia del ser humano sin que este se dé cuenta por qué esa misma rutina es similar a la comodidad y la facilidad de vivir.
La inquietud es esencial para no caminar sin ser consciente de su entorno. La duda hace de la tierra pisada un terreno fértil y el silencio convierte a su portador en un trapecista que intenta mantener el equilibrio y está en constante riesgo de caer en el vacío de la vida, en el vacío del tiempo, donde lo sencillo es dejarse llevar por la corriente, porque ir en contra de ella es quedarse rezagado, es fracasar, y el fracaso es el mayor de los temores de la contemporaneidad.
Las imágenes remotas del pasado en ruinas, de los años en los que no hubo verano ni primavera, son convertidas en palabras inconclusas, en la incapacidad de un personaje como Josef Bloch, un hombre que no encaja, que por no poder comunicarse manifiesta su imposibilidad de reconocerse y hacer parte de una sociedad agreste. Bloch es la reencarnación de la invitación de Goethe, uno de los referentes de Handke, a no hablar sino a plasmar, a permitir que su manifestación no sea dada por el posible sentido literal del lenguaje sino por la interpretación de sus actos y la negación de la normalidad. Bloch, personaje central de El miedo del portero al penalty, es uno de los personajes que los lectores de un autor recuerdan por sus particularidades, por ser emblemas de una visión del mundo, de una crítica social o moral que pone en entredicho los modos en que convivimos y el tiempo al que asistimos sin reflexionar si somos protagonistas del mismo o si no somos más que visitantes o testigos de un diario vivir insulso y nimio.
En Desgracia impeorable, el autor devela su dolor en el momento más crítico, en el que las preguntas sobre los sentidos de la vida nos hunden en laberintos que juegan con nuestro entendimiento y nos confunden la salida. En ese libro Handke cuenta el suicidio de su madre, la decisión de no ser para reafirmar también su voluntad y negarse del todo a seguir haciendo parte de un mundo invivible.
Ese valor trágico de una muerte causada por autonomía alimentó la escritura del austríaco, lo llevó a replantear el existencialismo proveniente del niño que fue, del territorio al que no volvió, de las guerras que nos desnudaron la barbarie y los límites, de las lecturas de un Franz Kafka que mostró la corrupción de la justicia y la degradación del ser humano como un sendero al que tarde o temprano llegaríamos.
Con Insultos al público, su primera obra de teatro, Peter Handke mostró su lado más inconforme y desafiante al construir a cuatro personajes que se vanagloriaban de su actuación como una forma de adularse e insultar al público que los veía; asimismo, con la negación de aceptar el Premio Heinrich Heine en 2006, el austríaco demostró que seguiría eligiendo una existencia invisible y alejada de los elogios, de los ideales de éxito y de los epicentros de una admiración que se derrumba con la hipocresía.