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El cambio en los modelos educativos en Colombia tiene profundos obstáculos internos y externos, como los esfuerzos que implica para las instituciones educativas figurar en los diversos, pero no siempre confiables, rankings académicos.
Si bien las metodologías internacionales de evaluación y comparación resultan estimulantes para la formulación de estrategias y acciones de mejora, la forma y el criterio como se desarrollan muchas de esas ponderaciones y comparaciones, en vez de ayudar a desarrollar un sistema educativo nacional o local, puede conllevar no solo a tomar decisiones equivocadas para las instituciones, sino resultar perjudiciales para dicho sistema en su entorno.
Es tan amplia la oferta de tipos de evaluación y escalafón internacionales que existe, por ejemplo, para las Instituciones de Educación Superior (IES), que su proliferación invita a desconfiar en si están diseñadas para medir lo que realmente les interesa a los estudiantes, o si están más orientadas a atraer nuevas matrículas para los mejor posicionados en ellas (“los premios de literatura no están hechos para encontrar buenos escritores, sino para captar más lectores”, decía el genial José Manuel Lara, director de la catalana Editorial Planeta).
Es claro que los rankings internacionales de IES no son nuevos, aunque en las últimas décadas venimos presenciado su gran proliferación, a la par del creciente interés que les prestan los medios de comunicación. En general, todos basan sus comparaciones en una combinación de factores objetivos o de fácil cuantificación agregada, (referidos especialmente a los recursos de los que dispone la institución), con otros subjetivos como el “prestigio” de la universidad evaluada (¿un egresado que es gobernador de su región, da más prestigio, frente a otro que ha sido CEO de una reconocida y próspera empresa local?). Deleznable cualquier intento de sesgo.
Similares riesgos pueden ocasionar las acreditaciones a los programas universitarios y de posgrado en nuestro país, si no se consideran los diferentes ámbitos de aplicación de competencias técnicas frente a las de habilidades blandas. A finales del año pasado, fui amablemente invitado a una sesión con pares académicos, dentro del proceso de acreditación del programa de maestría en Administración (MBA) de una de las más prestigiosas universidades colombianas. Me pareció un exabrupto que una de las pocas recomendaciones de su informe final fuese la necesidad de incrementar al máximo los porcentajes de la calificación individual, frente a las de las evaluaciones grupales.
En el actual mundo empresarial, los avances de la transformación digital y la flexibilización laboral obligan a la implantación de ambientes colaborativos como ejes fundamentales del management. Resulta entonces anacrónico orientar a un posgrado de profundización en administración —reconocido por su énfasis estratégico y gerencial— a evaluar el desempeño académico de sus alumnos a partir de exámenes y trabajos individuales, cuando justamente una de las competencias más requeridas para el directivo del siglo XXI es el trabajo en equipo.
Comparar y seguir es importante, pero no se debe copiar sin cuestionar su conveniencia.
*MBA DBA, consultor internacional y máster en Gestión de Empresas de la Universidad Ramón Llull de Barcelona.