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Los movimientos políticos que han puesto en jaque a la democracia en el mundo se han vuelto comunes en los últimos años. Eso se explica en parte por el hartazgo de un pueblo que ha decidido dejar de votar por candidatos de izquierda y de derecha, y ha apostado por personajes denominados como “antipolíticos”, que en la mayoría de los casos usan un discurso fuerte, claro, directo y a veces agresivo en contra de la continuidad de las variadas realidades, que hacen críticas al sistema y sobre todo que rompen con los estereotipos y las formas en que se ha hecho comúnmente la política.
Entre estos personajes está Donald Trump en Estados Unidos, quien por ser superrico brindaba a los votantes una garantía, por decirlo de alguna forma, de “independencia” de la vieja política aplicada en el país.
En Latinoamérica tenemos el cercano ejemplo de Nayib Bukele en El Salvador, quien ha usado las redes sociales a su favor, recibe miles de “me gusta” en plataformas como TikTok y se ha vendido como un presidente cool, pero al tiempo ha vulnerado derechos de presos, ha encarnado una dura disputa con las maras y hace poco más de dos años se atrevió a presionar al Congreso con su asistencia en compañía de soldados y policías para la aprobación de un millonario préstamo que pertenecía al plan gubernamental de seguridad.
Uno de los puntos que une a ambos candidatos es la manía de pasar por encima de las leyes estatales de forma descarada; no solo esto, también la justificación de acciones que van en contravía de la democracia y, en algunas ocasiones, de los derechos humanos.
Otro punto importante es el constante ataque a la prensa crítica, que abarca el discurso ya desgastado de tachar a opositores o individuos que cuestionan las acciones de sus planes de gobierno como “enemigos de la nación”, y ni hablar de los señalamientos e incluso persecuciones contra ellos.
¿Pero por qué ascienden este tipo de figuras apolíticas? Son muchas las explicaciones que se pueden generar a partir del tema; sin embargo, una de ellas es el uso de emociones fuertes en los mensajes políticos que con éxito logran calar en la conciencia popular. Otro aspecto a resaltar es que ambos han sabido usar ese deseo de cambio de las personas, la búsqueda de un “cambio real”, que a veces puede ser un salto al vacío y poner en peligro los propios sistemas nacionales. Y por último, la desviación, la construcción y consolidación de un enemigo o una meta que haga que la nación vaya mejor, que logra reunir personas sin importar el tinte político.
¿Será que en medio de la actual incertidumbre política es hora de saltar al vacío?
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