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París Saint-Germain es finalista del Mundial de Clubes. El cuadro francés asfixió el miércoles a Real Madrid, que se sofocó, además de por los casi 40 grados que hacían en Nueva Jersey, porque no tuvo ni un minuto de respiro ante un equipo arrollador, feroz e incesante. Una vez más, los parisinos sorprendieron. En el último mes, no han parado de deslumbrar al mundo: en la final de Champions le pegaron un baile inolvidable al Inter de Milán con un humillante 5-0, debutaron en el Mundial de Clubes con un 4-0 ante Atlético de Madrid, repitieron el marcador en octavos frente al Inter Miami de Lionel Messi y vencieron 2-0 al Bayern Múnich en uno de los mejores partidos del evento. Ese fue solo el prólogo de la exhibición que vendría contra el cuadro merengue. En la semifinal, los de París dominaron, controlaron a placer y ganaron con otro 4-0.
El equipo de Luis Enrique es el mejor PSG de la historia, y no solo por sus títulos. Hay algo más poderoso que los trofeos: la manera. Este equipo juega con una intensidad organizada, con una presión tan alta y sincronizada que convierte cada error del rival en una sentencia. El técnico español afinó una máquina que roza la perfección, con una mezcla de potencia, posesión y eficacia táctica que recuerda a los mejores equipos de la era moderna. El primer llamado de atención en la temporada lo dio desde que eliminó temprano de la Champions al Liverpool, que era el mejor equipo del curso hasta ese momento. Pero el remate de temporada ha sido brillante, sin tregua y acumulando goleadas. El único que les frenó el bus fue Botafogo, en la fase de grupos del nuevo torneo de la FIFA. Una resistencia que solo se puede entender como épica.
Lo que está construyendo PSG es más que una temporada exitosa: es un legado. El club se ilusiona con algo jamás visto en la historia del fútbol profesional: ganar siete títulos en un solo año. Ya tiene el triplete (Liga, Copa y Champions). Esos tres trofeos lo clasificaron automáticamente a la Superliga de Francia, la Supercopa de Europa y la Copa Intercontinental, que se jugará en diciembre. Pero, ahora, tiene ante sí la posibilidad más cercana: coronarse campeón del nuevo Mundial de Clubes. Este domingo podría dar un paso enorme hacia lo inédito.
La final será contra Chelsea, un equipo que no llegaba como favorito, pero encontró un camino más tranquilo: Benfica en octavos, Palmeiras en cuartos y Fluminense en semifinales. Los londinenses eliminaron al último representante suramericano, símbolo de una resistencia alternativa al poderío europeo, pero su recorrido ha sido menos exigente que el de PSG. En esta final se enfrentarán a un rival de otro calibre, el más temido, el que todos miran con asombro.
El asombro es justificado. PSG no solo gana, arrolla. Lo que se vio contra Real Madrid es el reflejo de un equipo que juega con el cuchillo entre los dientes desde el primer minuto. El cuadro blanco, dirigido por Xabi Alonso, llegaba envalentonado tras eliminar a Juventus y Dortmund. Sin embargo, el equipo francés no le dio margen. A los cinco minutos ya ganaba con un gol de Fabián Ruiz tras un error en salida de Raúl Asencio, presionado por Dembélé. Cuatro minutos después, otra vez el Mosquito robó un balón a Rudiger y definió con calma frente a Courtois. El tercero fue una contra perfecta culminada por Ruiz en el área. En menos de 25 minutos, Real Madrid estaba en ruinas.
El primer tiempo fue una clase magistral de cómo presionar, mover la pelota y definir con contundencia. PSG tuvo el 77 % de posesión, completó 402 pases en solo la primera mitad con una precisión del 95 % y remató 11 veces, seis al arco. Real Madrid apenas sumó cuatro disparos y un solo remate de peligro. El dominio territorial fue total, pero más aún lo fue el dominio emocional: el equipo parisino impuso miedo, respeto y ritmo. Real Madrid, acostumbrado a dictar los partidos en Europa, fue obligado a perseguir sombras.
En el segundo tiempo, PSG bajó el ritmo. No porque lo necesitara, sino porque el partido ya estaba liquidado. Controló el resultado con autoridad, mantuvo la posesión, evitó riesgos y dejó que el reloj hablara. Al 87 terminó metiendo el cuarto, a través de Gonçalo Ramos. Las estadísticas mejoraron ligeramente para el conjunto español, pero eso solo fue un espejismo: la sentencia ya estaba firmada. La final anticipada fue un trámite.
Y ahora sí viene la final. La posibilidad real de alcanzar un título inédito en un torneo recién estrenado. Si PSG levanta el trofeo del Mundial de Clubes, completará el cuarto título de la temporada y quedará a tres de hacer historia absoluta. Chelsea puede ofrecer resistencia, pelear e incluso golpear. ¿Por qué no pensar en un batacazo? Podría pasar, aunque este PSG pinta para ser un equipo de antología.
Luis Enrique, criticado al principio en Francia, hoy es el arquitecto de un equipo que enamora a quienes buscan belleza, intensidad y precisión. El cuadro de París no depende de una figura, no se sostiene en un solo crack. Es un equipo que aprendió a ganar con alegría, a someter con arte y a dominar imponiendo su esencia.
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