
Para mí, siendo agnóstica, la espiritualidad proviene más de la conciencia, de mi vínculo con el resto del mundo material, que de una perspectiva de trascendencia. Busco extender los lazos de comunicación con todas las personas y seres vivos, pues compartimos una experiencia material en este universo que proviene de una historia común, la evolución, y lo hago mediante un ejercicio sensible, constante, deliberado y cuidadoso de contacto y comunicación con mi entorno inmediato.
En otras palabras, trato de gozar la vida y la experiencia de todo lo que me rodea, los microorganismos de mi cuerpo, los bichos de mi casa, las plantas y animales de la calle o del monte, las demás personas. Esto orienta mi comportamiento cotidiano de respeto por todo y me mantiene en “estado de conversación permanente” con todos los seres vivos, un poco a la manera de San Francisco de Asís. Pese a ello, por ejemplo, no soy vegetariana: asumo la muerte de la que me alimento, una circunstancia de las condiciones de mi vida material de la que me hago responsable y que me genera un deber ético profundo.
No sé si sea espiritualidad, pero trato de mantener mi mente serena en cierto nivel de contemplación permanente, y de liberarme de prejuicios y angustia por lo que estoy siendo o haciendo: los misterios de la vida son inescrutables, mi mente no tiene capacidad de acceder a ellos y, si bien puedo entender las perspectivas religiosas de los demás, no las comparto y me parecen, por lo general, una fuente innecesaria de sufrimiento. Eso me acerca más al budismo zen o a otras escuelas místicas que a una práctica ritual y hacen que lo que más valore en mi vida sea el silencio. Pero al mismo tiempo estoy abierta a compartir las experiencias de cualquier sistema de creencias siempre y cuando vengan de una invitación amorosa e igualmente respetuosa.
Diría que mi lado más espiritual está cuando me siento conectada (que es el significado original de la palabra religión) con los demás seres vivos y, sobre todo, con las fuerzas de la naturaleza. En eso soy bastante pagana, al decir de algunos, panteísta y animista incluso, me apasionan las tormentas y las fuerzas de la naturaleza en acción, ver correr el agua, tocar las piedras frías dentro de una cueva… Lo que antes llamaban brujería, y viene de mi lado femenino, al que no le angustia no saber por qué confía en el universo: es lo más cercano que conozco a la fe.
Desarrollé mi espiritualidad cuando dejé de creer en el “alma” como algo abstracto e inasequible que se utilizaba para separar este mundo de otro, al que eventualmente accederemos. No tengo idea alguna de trascendencia, y si existe, hace parte de la evolución del universo, no es un acto basado en la negación del mundo sino en su plena aceptación. Diría que eso va madurando, en la medida que las conversaciones internas se van liberando de prejuicios, de verdades impuestas, de dogmas incuestionables: paradójicamente la espiritualidad viene con la capacidad de dudar de todo, que viene tanto de la ciencia como del arte, casi nunca de la religión. Por eso uno de los regalos más grandes que les dejo a mis hijas es haberlas liberado de ella.
Cada vez que puedo, en el trabajo o en los viajes, separo un rato, así sea muy breve, para “atender” al mundo, verle con detalle, escuchar, oler, afinar los sentidos por un momento y poner mi cuerpo en sintonía. Apenas para recordar que mi vida solo es la extensión de la de todo lo demás. Pero todo lo que uno haga debería tener el sentido del ritual y trato de aplicar esto al vestirme, peinarme, maquillarme, cocinar, comer, caminar; actos que en sí mismos representan el goce de existir.
Bióloga, directora del Instituto Alexander von Humboldt
1. “Trato de mantener mi mente serena, en cierto nivel de contemplación permanente”.
2. “En el trabajo o en los viajes, separo un rato, para “atender”
al mundo, verle con detalle, escuchar, oler, afinar los sentidos por un momento y poner mi cuerpo en sintonía”.
Foto: David Schwarz.