
Antes de las Noches de humo (1988), estuvieron Las guerras de la paz. Las Noches se consiguen con cierta facilidad, mientras que de Las guerras quedan algunos ejemplares de segunda, rondando en mercadolibre y en librerías usadas. El día que lo busqué, Internet arrojó dos resultados. Fui por el más barato, a pesar de estar subrayado con marcador rosado. Primera edición, impresa en octubre de 1985. Los libros usados tienen más vidas que un superhéroe. El que compré de Olga se parece mucho a la época en que fue escrito, por su diseño, su tipo de papel, su letra pequeña que obliga a leer sin música. Y por lo que hace en el presente de quien quiera entender nuestra guerra. Puestas en dos espejos, en el de los ochentas y en el de hoy, son dos Colombias distintas. Sin embargo, el origen de su conflicto nunca va a cambiar; quizás se alimenta, se achata sin perder el grosor; muta en honor a la verdad. Dicha sensación de descubrimiento se experimenta en las más de cuarenta voces plasmadas en Las guerras de la paz. La mayoría son voces de combatientes que narran los hechos que marcaron el siglo colombiano anterior, con una singularidad: los protagonistas muestran su lado humano, sus dramas íntimos, sus motivaciones menos obvias.
“Colombia, violencia política-siglo XX. Más exactamente pasado el nueve de abril de 1948. Es mi tema. Violencia con todas las implicaciones, en especial, en busca de la paz. Con los hombres y mujeres comprometidos en la guerra y en la paz: unos luchando por conservar el poder, otros por conquistarlo. Todos colombianos, han matado colombianos”, escribió Olga en el prólogo de Las guerras de la paz. La mujer que hace 30 años le escribe así al país, ahora le escribe a Cromos. Gustos, recuerdos, miedos, imágenes a blanco y negro, algo de todo hay en sus respuestas. Una para iniciar: Lo más difícil de ser Olga Behar. «Que mucha gente entienda que no hay que ser todo el tiempo serio. Que tengo derecho a poner pendejadas en Facebook».
En qué es muy judía
En lo sobre protectora. Soy toda una ‘yiddishe mame’ con mis hijos. Afortunadamente, ellos lo saben apreciar.
Y muy caleña
En la alegría de vivir.
Una imagen de su niñez
Ver a mi abuela coser pantallas de lámparas en su casita de campo en Palmira.
Un guion que le hubiera gustado escribir
El de Noches de Humo, para cine. Todavía no lo descarto.
Una mujer en su vida
Dos. En mi vida personal, de nuevo mi abuela, una berraca que logró levantar a su familia después de escapar del holocausto nazi. En lo profesional, Oriana Fallaci, mi motor en los primeros años de carrera.
Y un hombre
De nuevo dos. Mi marido y mi hijo.
En una imagen, ¿cómo describiría a Colombia después de la paz?
Después de la firma (mucho después llegará la paz), a los guerrilleros echando discursos en el congreso, en lugar de balas en el monte.
Luego de más de 50 años de conflicto, qué de rescatable queda de la guerra.
La experiencia para no repetir, la Constitución del 91 y lo que venga en 2017.
Un escritor de ficción
Salman Rushdie.
¿Salsa u otro género musical? ¿Por qué?
Salsa, de la clásica. Porque me llega al alma y toca todas las fibras de mi cuerpo.
Un libro que todos deberían leer
‘El olvido que seremos’, para no olvidar a mártires como Héctor Abad Gómez.
Y uno que esté leyendo
‘La forma de las ruinas’, de Juan Gabriel Vásquez.
Un columnista para seguir todas las semanas
Daniel Coronell.
Una crónica de un colega
‘La eterna parranda’, de Alberto Salcedo Ramos.
Lo más difícil de ser Olga Behar
Que mucha gente entienda que no hay que ser todo el tiempo serio. Que tengo derecho a poner pendejadas en Facebook.
Una frase que le hayan dicho, que retumbe en su cabeza
Que soy la mercenaria de los mercenarios. Me la escribió el senador Uribe en Twitter cuando Yair Klein aseguró en una audiencia de Justicia y Paz que él era uno de los hacendados que había pagado por sus entrenamientos.
Si pudiera revivir a alguien, ¿a quién reviviría?
A mi papá, sin ninguna duda.
Un lugar en México.
Coyoacán en domingo.
Una noticia que la haya llenado de tristeza
Muchas muertes por el conflicto, el Palacio de Justicia, Armero.
¿A qué le teme?
A que mis hijos paguen los platos rotos de mi ejercicio profesional.
¿Para qué regresaría a su juventud?
Para nada. Estoy feliz de vivir este momento de mi vida.
¿Cómo la conquistan?
Con inteligencia y buen sentido del humor.
Su primer encuentro con el periodismo
En Todelar deportes.
Y su último encuentro
No ha pasado todavía.
Una sensación que le haya dejado Yair Klein
Que queda mucho por contar y que él fue un instrumento de gente tenebrosa en este país.
Una crónica suya
A bordo de mí misma, mi último libro.
Un superpoder
El de la intuición para tener premoniciones.
Su punto débil
Mi rinitis alérgica.
Un vicio
Hacer rompecabezas de miles de piezas cuando tengo que estar investigando o escribiendo.
La peor crítica que le han hecho
Margot Ricci dijo en su columna de El Espacio (Juan sin Miedo) que había salido despeinada cuando entrevisté a Yasser Arafat. Nada más tuvo importancia para ella.
¿Qué colecciona?
Nada, he empezado a ser desprendida de los objetos.
¿Quién le ha robado una sonrisa?
Soy de risa tan fácil que cualquiera que sea amable o simpático lo logra.
¿Y unas lágrimas?
No tener a mis padres y la guerra.
Un maestro
Gabo.
¿Qué historia le falta escribir?
Muchas piezas para armar un rompecabezas de memoria histórica en Colombia.
¿Con quién se subiría a un cuadrilátero, con unos guantes de boxeo puestos?
No me subiría jamás. Detesto la violencia, aunque sea reglamentada.
¿Cuál es el viaje que más recuerda?
El último de mi madre, con mi hija y sobrinos, en tren por varios países de Europa.
¿Qué es lo que más le gusta de Colombia?
Su geografía vital y diversa, llena de gente tan diferente a la vez.
¿Qué hace en su tiempo libre?
Tengo poco tiempo libre. Pero lo saco de donde no hay para ir al cine.
¿Qué es lo más loco que ha hecho ejerciendo el periodismo?
Acostarme a dormir en la sala de la casa donde se hospedaba Yasser Arafat, porque al hombre le dio por darme la entrevista al día siguiente. Afortunadamente, le pareció loco el asunto y decidió hablar de una vez, a la una de la mañana.
Una historia que la conmueva
La de Jineth Bedoya.
¿Qué le duele de Colombia?
La intolerancia y el odio.
¿A qué sabe la verdad?
A satisfacción por el deber que se cumple.
Si tuviera que elegir una de las muchas entrevistas que ha realizado, ¿cuál elegiría?
La entrevista a Matilde Urrutia, viuda de Pablo Neruda.
¿En dónde le gustaría que la agarrare el apocalipsis?
En el cementerio. Espero no tener que vivirlo.
Una frase que escribiría en la pared de un baño público
No escribir en esta pared.
¿Hasta cuándo Olga Behar?
Hasta que Dios me de cuerda.
Foto: El Espectador.