
Por: Laura Galindo M.
Se ha dicho que es machista, que denigra a las mujeres y que las convierte en meros objetos de la lascivia del hombre.
«La levantó en alto, la tendió en la cama y se echó sobre ella. Y agachado, abiertas las piernas, cogió los muslos de Sett El-Hosn, los atrajo hacia él y los separó. Enseguida apuntó contra la ciudadela su ariete, que estaba ya dispuesto. Empujó este ariete poderoso, hundiéndolo en la brecha y la brecha cedió».
No son letras de J. Balvin ni un rap de Maluma. Es Scheherezada, que le cuenta al rey Schahriar la primera noche de amor entre dos primos en Las mil y una noches. No es un secreto: la literatura está llena de sexo. De “amores que gorgotean, agua hablan y corren como las fuentes” en poemas de Gioconda Belli. De “visitas a horas imprevistas mientras se abren páginas en blanco por debajo del ombligo” en versos de Juan Manuel Roca. Y de potencias ciclónicas que levantaron a Rebeca por la cintura, la despojaron de su intimidad con tres zarpazos y la descuartizaron como a un pajarito, en Cien años de soledad. La pintura también está llena de sexo: El jardín de las delicias de El Bosco, The Reclining Woman de Egon Schiele, Fillete de Louise Bourgeois. Al igual que en la salsa, el rock, el pop y las baladas. “Líame a la pata de la cama, no te quedes con las ganas”, dijo en 1989 la cantante Ana Belén. El reguetón es solo uno más.
“Al reguetón no lo definen sus letras sexualizantes. Esa es solo una característica y ni siquiera aplica para todas las canciones. Hay muchas que hablan de amores muy blancos como Lo grande que es perdonar de Vico C o El Doctorado de Tony Dize”, dice Mauricio Rengifo, ‘El Dandee’, del dueto musical Cali y El Dandee. Tiene razón. Al reguetón lo define su base rítmica, escrita a propósito para la fiesta y el desorden. Con sonidos percutidos y obstinados, que apelan a la superficie y no al concepto. Al sonido como forma y a la repetición como discurso. Sin pretensiones moralizantes ni intentos aleccionadores. Sonidos que le hablan al cuerpo sin necesitar letras. Sonidos que invitan a bailar.
Un género mestizo
Sobre los orígenes del reguetón aún no se han puesto de acuerdo. Lo cierto, hasta ahora, es que es una colcha de retazos en la que cada esquina de Latinoamérica cosió su parte. A comienzos del siglo XX, cientos de jamaiquinos llegaron a Panamá para trabajar en el canal. Con ellos llegó el rastafarismo rezagado, el dominó y el reggae. Se necesitó poco tiempo para que los panameños lo tradujeran al español. Para 1980, artistas como El General ya lo había colado en las fiestas. Lo habían puesto a hablarle al cuerpo y lo habían convertido en dembow, entre reggae y reguetón.
El dembow se tomó los barrios latinos de Nueva York, llegó a oídos de los inmigrantes puertorriqueños, cruzó el mar, aterrizó en la isla y se mezcló con sus ritmos caribes. Más tarde se le sumó el hip hop y con el cambio de milenio nació el reguetón. A la colcha no han parado de coserle retazos: fusiones electrónicas en Miami, montunos en La Habana, baladas en Bogotá, versiones propias en Medellín y Cali. “Por eso, aunque desde que salió dicen que le queda un año, no han podido acabar con el reguetón. Logra reinventarse”, dice ‘El Dandee’.
Música del demonio
El mundo ha condenado a los cantantes de reguetón. El más reciente fue Maluma, quien escandalizó al planeta mientras cantaba «estoy enamorado de cuatro babies, siempre me dan lo que quiero, chingan cuando yo les digo, ninguna me pone pero».
De las mujeres, el sexo y otros demonios
Es música que celebra el gozo de los sentidos y que habla de los mismos temas de Shakespeare o Cervantes: el poder, la aventura, el amor, la traición, el deseo. Sin embargo, resulta incómodo, despierta oleadas de pánico moral y lleva a sus críticos a asumir posturas de género contradictorias, ya que encuentran ofensas escandalosas en frases como «tú tranquila que yo te daré una noche llena de placer», de Nicky Jam, y no conciben que las mujeres quieran, acepten y, quizá, busquen ese mismo placer sin sentirse objetivadas. “El género está lleno de prejuicios –dice la escritora y periodista Gloria Esquivel, quien ha estudiado el género desde hace unos años–. Sobre el cuerpo, la clase y sobre la mujer como un ser sexual. Pero todo lo que propone es consentido y entre adultos. Estamos en el siglo XXI y todavía no hemos solucionado la liberación sexual”.
Existe machismo en el reguetón. Existe porque existe machismo en el mundo. Pero no tiene mucho que ver con las alusiones sexuales. “Hay un sesgo maternalista que piensa en las mujeres como víctimas y no concibe que ellas, de golpe, también quieren”, dice Esquivel. En ese orden de ideas, el contenido erótico, lejos de hacer daño, libera. Su ritmo permite bailar sin tabúes y sus letras cuentan lo obvio: a las mujeres les gusta el sexo.
El machismo está, más bien, en el retrato que se hace de ellas en algunas canciones: «Limpia, lava, plancha y cocina, peor que un esclavo, siempre está encerrada, parece una perra amarrada», como canta el puertorriqueño Luis-G 21 Plus. Mujeres relegadas a la casa, a cuidar de sus esposos y olvidadas de sí mismas. Obligadas a vestirse de damas, vírgenes y señoritas. A entrar en estereotipos equivocados y reprimirse en ideas anticuadas.
El reguetón es un choque cultural que incomoda, que escandaliza, que libera, pero sobre todo, que gusta. Desafía las normas, habla de lo que no se habla y plantea como posible lo que la sociedad prohíbe. Es una controversia, como lo fueron el jazz, el David de Miguel Ángel y Las mil y una noches en su momento. Al fin de cuentas, entre “yo muriéndome por ser el que te calienta en las noches”, como dice J. Balvin, y “ataque tras ataque, le arrebató la virginidad, entrando y saliendo sin interrumpirse”, como dice Scheherezada, no hay tanta diferencia.
Fotos: Fox/ Getty