
No la toquen. No. No le hablen. No. Está sentada sobre un sofá de cuero azul: la mirada rígida frente al espejo. Amparo Grisales tiene las manos tendidas sobre las piernas. Un anillo con una piedra brillante en el dedo anular de la mano izquierda y una argollita dorada en el meñique de la misma mano. Paula Martínez, su asistente, la peina. Esa noche es el final de Yo me llamo, el reality en el que ella fue jurado y que alcanzó 14,6 en la escala de rating en Colombia, superando de lejos a las producciones que intentaron hacerle competencia. Grisales no deja de mirarse: no se toca el pelo ni la cara, solo está ahí sentada con los ojos abiertos y cristalizados. Es lunes. En esa habitación, uno de los camerinos de Día a Día, no hay ruidos ni música: apenas las notificaciones del teléfono que suenan cada tanto, la respiración leve de Paula y la voz grave de Grisales que, sin mover las manos, dice:
—Tengo que ponerme una gargantilla con diamantes esta noche.
Cuando está lista, Amparo Grisales sale del camerino. Despide un olor ácido, fresco. Hace una mueca con sorna a las personas que están a los lados del pasillo y no deja de caminar. El set de Día a Día arde por las luces que cuelgan del techo. Son las nueve de la mañana: Grisales lleva cuatro horas despierta.
El productor del magazín organiza a los invitados en el sofá del programa, ella queda en el centro. Saluda a las presentadoras, mira a Paula y le hace una mirada que quiere decir: “¿Estoy bien?”. Ella le dice sin hacer ningún sonido: “Hermosa”. El programa comienza y una cámara está dedicada exclusivamente a hacerle tomas a Grisales. Ella lo sabe y por eso no le despega la vista. Cuando están al aire parece desconcentrada, se ríe y habla, pero no está cómoda. En la primera salida a comerciales exclama:
—Paula, tengo un pelo horrible que se sale y se sale. ¿Será que es mucho pedir que me ayudes a quedar perfecta?
***
Cuarenta y cuatro años de carrera: ha actuado en más de veinte novelas y series, ha aparecido en doce películas y diez obras de teatro. Grabó un disco y es modelo. ¿Quién es Amparo Grisales? Hace treinta años las portadas de las revistas en Colombia ya titulaban: Los secretos de Amparo Grisales, Amparo Grisales sin filtros, La verdad de la diva de divas. ¿Quién es esa mujer que ha suscitado la curiosidad de todo el país? (Amparo Grisales, la mujer con más portadas de Cromos)
***
Hija de Gustavo Grisales y Delia Patiño de Grisales, es la cuarta de cinco hermanos: Omaira, Fernando, Luz Marina y Patricia. A los cinco años entró a la Escuela de Bellas Artes, en Manizales, donde nació el 19 de septiembre de 1956.
—Yo tuve contacto con el arte desde muy pequeña. Mi mamá era hermosa, cantaba ópera y nos mantenía siempre —a mis hermanas y a mí— como unas muñecas. A ella le heredé el gusto por la ropa, por los zapatos. Nunca me negó nada, nunca me cohibió de nada. Por eso, creo, siempre he sido una persona muy libre.
—A Amparo tocaba regañarla porque nunca se levantaba para ir al colegio. Cuando era pequeña, lloraba por todo. Le decíamos ‘lágrima pronta’. Por lo que más lloraba era porque se le ensuciaba el vestido, los calzones o las medias. Contó doña Delia en una entrevista para Cromos en 1992. (¿Quién era la madre de Amparo Grisales?)
Amparo Grisales no tuvo un nacimiento normal. El día que doña Delia fue a la clínica para dar a luz, las cosas no salieron del todo bien: la bebé había nacido con la piel azul. Una pequeña criatura que parecía un pez pequeño y húmedo. Según el médico, se debía a que la mamá se había expuesto tanto al sol una semana antes del parto que había terminado insolándose y generando un daño en la piel de la bebé. Según contó doña Delia, pocas horas después del nacimiento de su hija, algunos de los catorce tíos de la niña corrieron con ella hacia la iglesia, casi a media noche, y despertaron al párroco para que la bautizara. Grisales sobrevivió.
La infancia fue una época pasiva. Sin embargo, allí se gestaron los primeros sueños: la actuación, el modelaje. Se cree, casi siempre, que el amor es el sentimiento primigenio de la creación. El motor para cumplir las metas planeadas. No se piensa que el odio y la venganza son igual de estimulantes. Un odio y una venganza primitiva, nada de monstruosidades, solo los sentimientos cautos, cuando uno no sabe bien lo que son.
—¿Cuándo supe que quería ser famosa? Yo no sé… solo tengo un recuerdo muy claro cuando estaba en la escuela de Bellas Artes. Un día, mientras estábamos en un descanso, veíamos televisión, todas estábamos embelesadas mirando la pantalla cuando salió un aviso del jabón Lux, el jabón de las estrellas. Me acuerdo que ese comercial lo protagonizaba una actriz famosa de esa época: hermosa, llena de clase. Cuando se terminó, ahí mismo dije que yo iba a protagonizar, en algún momento, el comercial de Lux. Todos se rieron. Me dijeron que jamás lo lograría, que yo era muy morenita para salir ahí. ¿Podés imaginarte la rabia que me dio? ¿Quiénes eran ellos para decirme a mí que no iba a alcanzar mis sueños?
El corazón se le llenó de pantano, pero no les dijo nada. Dejó que todo pasara y siguió estudiando. Diez años más tarde, en 1982, Amparo Grisales protagonizó el comercial de Lux. “Pocas actrices reúnen tantas características para el cine como Amparo Grisales: talentosa, figura y una maravillosa piel canela con la inconfundible suavidad de Lux. Jabón Lux, el jabón de las estrellas de cine”.
—Cuando salió la campaña, solo pensaba en la gente de la escuela. ¿Qué dirían al ver a la negrita ahí? Obvio que me puse feliz y pensé en enorgullecer a mi mamá, como siempre; pero sentía el fresquito. ¿Me entiendes?
***
Días antes de la final de Yo me llamo, citamos a Amparo Grisales para las fotos de portada de esta edición. Le sugerimos que llevara tenis planos y jeans. Ropa que ella usara cuando no tiene grabaciones o presentaciones en público. Aceptó. Dijo que tenía una colección de Converse.
El sábado estábamos en el estudio. Una de la tarde y se aparca una camioneta blanca afuera del edificio. Primero se baja Alfredo Bautista, encargado de vestuario; luego, Paula Martínez y, al final, Grisales. Llevaba puestas unas gafas de sol cafés, el cabello brillante como un metal precioso bajo el sol, una chaqueta delgada azul y zapatos altos. Ella entra primero. Se para frente a quienes estamos en el sofá y no dice nada, luego, después de un momento, el silencio se rompe con una risa corta que ella suelta. Nos presentamos y saluda sin protocolos insulsos. Pregunta quién es el fotógrafo y David se pone de pie de un respingo. Pregunta quiénes harán el video y dice en forma de advertencia para todos: “o me graban o me hacen fotos: las dos, al mismo tiempo, no”. Todos dicen sí con la cabeza.
Amparo Grisales tiene esa cosa ladina de descalificar, pero sin estridencias, susurrando. No habla mal de un fotógrafo, pero cuenta cosas para que uno se ponga del lado de ella y no del otro. Cuando entra al estudio se quita las gafas. Pregunta dónde estarán las luces, dice que le gusta que la iluminen mucho. Todos la siguen. Entre una risa lo suelta:
—Yo les dije que iba a venir de tenis, pero realmente a mí no me gustan. Yo solo los uso cuando voy de vacaciones y no puedo ponerme tacones porque los caminos son empedrados. No me siento bien con zapatos bajitos.
Nadie dice nada.
Todo estaba planeado para una sesión de fotos con ella en tenis, con ella descalza, con ella sin ser la que siempre es en las portadas. Con ella sin ella.
No importa.
Comienza a sacar la ropa que lleva: tacones rojos, un abrigo negro, un enterizo negro. Prendas largas que se usan en la televisión. Nos gusta el enterizo y a ella también. Se lo pone. Comienzan a peinarla.
—¿Yo arrepentirme de algo? Nunca. De nada. Todo lo que he hecho ha sido con la suficiente conciencia para no tener que llorar por las noches. Soy muy decidida. Cuando dejo algo, lo dejo para siempre.
—Pero a veces uno comete errores.
—Sí, pero yo nunca pierdo. Si he tenido que dejar algo, lo dejo y ya, sin muchos dramas.
—¿Y el dolor?
—Se pasa. Se tiene que pasar.
Las luces se encienden y Grisales no se transforma. Todas esas portadas que anuncian la verdadera Amparo Grisales mienten. La verdadera es esa: la misma que está frente a la cámara. Eso no quiere decir que no pose o no tenga movimientos preparados, pero salen de ella porque eso es: una cascada sensual, una mujer que parece una estampida, un sonido mítico, que quiebra algo cuando pasa. Las fotos, las entrevistas son detalles mínimos en los márgenes de su vida.
—¿Usas mucho Photoshop en las fotos? No me gusta para nada eso. Está bien si hay que hacer unos cambios de color y, pero estirarme el cuello no. No te pongas en eso, porque salgo preciosa, pero no salgo como soy yo realmente. La otra vez, en una portada que me hicieron, el fotógrafo me abrió mucho los ojos en posproducción: me veía divina, pero no, yo no soy así. Si mi ojito es apagado, lo dejan como está, porque es un rasgo físico propio.
Un disparo. Dos. Ella va a la cámara y aprueba, propone otra pose, otra forma.
***
Después de salir del set de Día a Día, Grisales corre hacia su camerino en Yo me llamo. Una habitación pequeña con un espejo blanco lleno de bombillas a los lados y un sofá negro. En las esquinas del cuarto hay unas baritas de incienso que vuelven el aire brumoso y con un olor que sabe amargo.
—Su primera portada en Cromos fue hace más de treinta años. ¿Qué conserva de esa mujer?
—Todo. Creo que he madurado en muchas cosas, pero la esencia sigue igual. Mi mamá me dejó un legado de felicidad y de amor, y he tratado de llevarlo a lo largo de mi vida. Mucha gente me critica, me dice que no soy humilde, pero la humildad está en el corazón. Nadie sabe mi vida, nadie es mi colchón.
—¿Qué tendrían que saber para que no la tachen de soberbia?
—No, no quiero que sepan nada. No me interesa lo que la gente hable. Por supuesto que muchas veces me dolía lo que decían, sobre todo cuando comencé a trabajar y a ganarme premios… esta carrera implica ser valiente también.
—Su amigo Ricardo Alarcón fue quien la nombró ‘Diva’. ¿Todo ha sido positivo entorno a esa etiqueta?
—No. Por supuesto que no. Pero prefiero no pensar en lo negativo que ha traído, me la pasaría pensando en el pasado.
***
En el 2006, el escritor colombiano Jorge Franco publicó Melodrama (Mondadori), una novela que se va desde Antioquia a París. El relato transcurre en Francia y, desde luego, en el recuerdo de la lejana Colombia. Se trata de la historia de una familia y de un entorno amical a lo largo de tres generaciones, que conforman Libia, la madre; Perla, la hija; Anabel, la sirviente recogida; Fanny, Flavia; y La Mudita, las amigas a uno y otro lado del charco. Y en el rol protagónico, el hijo de Perla, Vidal, que en esta pintoresca comparsa de mujeres se ve a sí mismo como la dama joven de la novela. Familia disfuncional por antonomasia y a la vez universo poblado de mujeres, donde no hay que olvidar a Ilinka y a Suzanne, y donde los hombres no existen, son un polvillo impalpable, fantasmas que aparecen por ahí solo para engendrar, o para morirse, o para dar placer, o para acabar con sus huesos en un manicomio. Y más tarde Milord, un falso noble francés adinerado, cuya fortuna está en disputa y que es el espectro mayor entre otros espectros de la noche parisina, embelesados con la belleza de Vidal.
Amparo Grisales leyó ese libro y vio a Perla. Perla: maleducada, rebelde y en principio la mujer menos adecuada para un aristócrata. Mientras veía al personaje moverse entre la trama como una bestia indómita, Grisales pensaba en ella: en la vez que tuvo que escaparse de un hombre en Europa porque quería ahogarla, o en todos los caminos que tuvo que andar para poder ser uno de los nombres más recordados de este país. Perla fue una revelación: el regreso de Grisales al cine.
—Compré los derechos de Melodrama, una de las historias más bellas de Jorge Franco, y desde hace dos años, el argentino Marcelo Figueras, que fue nominado al Óscar, está haciendo el guion. Es una trama espectacular, la mejor novela de él. Trabajamos de la mano de Bruno Barreto, el director, y del mismo Jorge. Es una coproducción con Brasil, Francia y España. Yo hago el papel de Perla, un personaje con el que alucino. En agosto empezamos el rodaje entre Colombia y Francia, y estoy sumamente emocionada.
***
El día se cae detrás de la ventana del camerino. Por fin la habitación está vacía. Grisales está dándole la espalda al espejo, habla por teléfono, le pide a alguien una gargantilla con diamantes, le dicen que sí, se despide. Cuando cuelga se queda mirando la pared desnuda. Ella está en un top negro esperando a que sean las cinco de la tarde para comenzar a vestirse para la final. Casi siempre es silenciosa, a pesar de lo que piensan de ella. No hay detalles, hay datos. Se casó cuando tenía 15 años con el pintor argentino Germán Tessarolo, de quien todavía conserva el apellido. El amor de su vida fue el actor mexicano Jorge Rivero. No tuvo hijos. Tiene un perro que se llama Tango.
—He estado con hombres con mucho más dinero que yo, pero ellos no soportan que las luces siempre estén sobre mí. No estoy dispuesta a dejar mi trabajo por otra persona.
—¿A veces le duele llegar a su casa y sentirse sola?
—No estoy sola.
Silencio.
—A veces me gustaría tener a alguien y prepararle una sopa… Ya sabes, tener una foto del matrimonio con mis amigos, una fiesta de una semana.
—¿Hijos?
—No, en mi contrato de vida no vinieron estipulados.
Se queda callada y los ojos se le llenan de agua.
—Yo renuncié a todo por mi carrera. El gran amor de mi vida fue el trabajo.
Fotógrafo: David Schwarz.
Producción: María Angélica Camacho
Asistente de producción: Daniel Álvarez y Juan David Zarama
Maquillaje: Paula Martínez
Vestuario: Alfredo Bautista