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¿Por qué disparan los gringos?

17 personas muertas a manos de un ex alumno en Florida, abre nuevamente el debate de ¿Qué hay detrás de tantos disparos en Estados Unidos?

Por Redacción Cromos
15 de febrero de 2018
¿Por qué disparan los gringos?

Por: Laura Galindo M.

Fue cosa del diablo. Cuando Devin Kelly disparó a mansalva contra los feligreses de la iglesia Baptista, de Sutherland Springs, en Texas. Cuando se vistió de negro, salió de su casa y tomó prestada la máscara que su hijo había usado en Halloween. Cuando, a mediodía, se detuvo unos minutos para llenar el tanque de gasolina y cargó su rifle. Cuando el primer domingo de noviembre mató a 26 personas y dejó heridas a otras 20.

Fue el mismísimo diablo. Que días antes lo sedujo para comprar ese Rueger AR 556 semiautomático y presumirlo en Facebook: “Es una ‘perra’ mala”. Que lo hizo golpear a su esposa, a su hijo y llenar de amenazas a su suegra. Que lo puso en la cárcel por 12 meses y lo obligó a salir deshonrado de las mismas Fuerzas Aéreas estadounidenses, a las que sirvió con devoción durante cinco años.

Una obra perfecta de satán que le dijo “Dispara, mátalos a todos”. A la abuela que se esconde, a la mujer embarazada, al bebé de brazos. “A todos, mátalos a todos”. A la hija del pastor, a esa familia de ocho, a la docena de niños que estudian la Biblia. “Aprieta el gatillo y dispara alrededor de la iglesia. Detente. Escucha como gritan. Entra tumbando la puerta y riega dentro las balas que te quedan”. Fue Satanás que se le metió en el pecho. Que lo hizo huir a 150 kilómetros por hora para luego pegarse un tiro. 

“Todo lo hizo el diablo que sabe que cada vez faltan menos días para que llegue Jesús y está aprovechando el tiempo que le queda”, dice Charlie Young de 71 años. Un texano amable, de bigote blanco, que accede a revivirlo todo para el diario El País. “Solo pudo ser él porque las armas no matan, matan las personas. Porque todos en Sutherland Springs hemos crecido entre ellas sin ningún problema. Todos tenemos varias en nuestra casa y no por eso somos asesinos. Fue obra del diablo, porque si alguien más hubiera tenido un arma en esa iglesia, esta matanza no habría ocurrido”. 

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Al 4 diciembre, el año lleva 339 días y se reportan 327 matanzas según el Gun Violence Archive. Mal contadas, casi que una al día. La cifra es escandalosa y lo es aún más si se explica con detalles: 14.000 muertos, 29.000 heridos, 681 víctimas menores de once años y 3.000 que aún no llegan a los 18.

Estados Unidos es el país con más tiroteos públicos masivos en el mundo y la razón más fuerte es también la más obvia: las armas se compran en la sección de deportes de los supermercados. Basta con ser mayor de edad y no tener antecedentes penales. De cada 10 habitantes, 9 tienen alguna guardada.

Para los estadounidenses, un arma es un derecho: la Segunda Enmienda de la Constitución de 1791 garantiza que “Siendo necesaria una milicia bien ordenada para la seguridad de un estado libre, no se violará el derecho del pueblo a poseerlas y portarlas”. Un arma es, también, un trofeo: en la colonia, Estados Unidos ganó su independencia con una guerra y son muchas las familias que guardan sobre la chimenea el rifle de algún antepasado. Y un arma es, sobre todo, un hábito de antaño: la vigilancia policial y el ejército permanente no fueron comunes hasta bien entrado el siglo XX, así que eran los ciudadanos quienes se encargaban de protegerse a sí mismos. 

Un arma es un gesto nacionalista, una consigna. La identidad de un pueblo. La televisión vendiendo héroes armados como El llanero solitario o The Riffleman. Es la caricatura de un hombre malhumorado que dispara al aire cada vez que revienta en ira como  ‘Sam, el Pistolero’. El retrato de un campesino sentado en el porche de su casa, viendo pasar las horas con una escopeta al lado, en cada película de Hollywood. Las armas son una costumbre. Una forma de reconocerse y recordarse. 

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En algo tiene razón Charlie Young, el texano que afirmó que la matanza de Sutherland Springs había sido obra del demonio: las armas no matan solas y el por qué de tantos tiroteos, con seguridad, es mucho menos obvio. Sin haber encontrado una respuesta definitiva, las teorías son varias. Desigualdad, soledad, matoneo, enfermedades mentales, venganza o todas juntas. 

Según David Cullen, autor del libro Columbine, que narra cómo dos adolescentes dispararon contra sus compañeros de clase en 1999, existen cuatro perfiles de tirador. El del terrorista, que mata en nombre de sus creencias y rige sus actos bajo una moralidad propia del bien y el mal. El del psicópata, manipulador, narcisista, obsesivo, sádico y sin remordimientos. El del enfermo mental que ha perdido el sentido de la realidad, que oye voces y ha sido médicamente diagnosticado como paranoico o esquizofrénico. Y el más común de todos, el depresivo que se llena de rabia y se siente excluido, que por meses fantasea con vengarse de quienes lo hirieron y que un día cualquiera, cansado de ser invisible, arremete contra el mundo y se regala el último tiro para expiar sus culpas. 

Ni la de Cullen es una clasificación definitiva ni tampoco una respuesta al por qué de las 327 masacres que van en lo corrido del año. Desde 1980 se ha dicho de todo, intentando explicar las matanzas de Estados Unidos. Que ocurrió la primera y el resto responde a un fenómeno de réplica. Que es culpa de los medios, que no saben cómo contarlo y terminan motivando a quienes ansían algo de notoriedad. Que fue música metal y las canciones de Marilyn Manson. Las pistolas de juguete, la violencia en el cine, el muñeco Chucky. Que es la frialdad de los gringos, las distancias tan largas, la adolescencia tan cruel. Se ha dicho de todo y quizá todo es cierto. Se ha dicho de todo, pero nada es seguro. 

Fotos: Getty.

Redacción Cromos

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