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Ya empezaron las tutelas. Se veían venir. Desde que el Ministerio de Salud promovió el decreto que exige carné de vacunación para entrar a espacios compartidos, sean de propiedad pública o privada, era claro que saltarían quienes creen que sus derechos están siendo vulnerados. Las palabras “autoritarismo” y “dictadura sanitaria” han sido utilizadas de manera irresponsable tanto por opinadores como por personas en las redes sociales. El pequeño pero ruidoso movimiento antivacunas colombiano ha seguido con su campaña de manipulación y desinformación. Pero todo esto es ruido para tapar el hecho innegable de que todavía faltan 5,7 millones de colombianos por una primera dosis de vacunas y que esa situación pone en riesgo al país entero. Es momento de vacunarse.
En Colombia tenemos, por fortuna, abundancia de dosis de vacunas disponibles para quien lo desee. Al cierre de esta edición se acababa de anunciar la llegada de 1’977.600 dosis de AstraZeneca. Hace una semana Colombia recibió 1,4 millones de dosis de Moderna y 92.430 de Pfizer. La Cancillería, además, anunció que Alemania donará 2,2 millones de dosis de Pfizer al país. No hay excusas: quienes necesiten vacunarse tienen a su disposición la manera de hacerlo. Que hayamos podido reducir de forma excepcional el número de contagios no significa que el riesgo haya desaparecido. Europa es una señal de alerta que no podemos ignorar.
La buena noticia es que, gracias a la disponibilidad de las vacunas, la semana pasada empezó la aplicación de la tercera dosis para los mayores de sesenta años. La recomendación médica es que cualquier persona en ese grupo poblacional debería obtener el refuerzo. Como explicó Leonardo Arregocés, director de Medicamentos y Tecnología en Salud, “estamos viendo en la evidencia que, en las personas de mayor edad, la protección es alta, pero menor que en las personas menores de sesenta años”, por lo que las “personas que más riesgo tienen, a pesar de estar vacunadas, siguen siendo las de mayor edad”. El cálculo es sencillo: con una tercera dosis en la población más vulnerable garantizamos que la mortalidad se mantenga muy baja. Es un pequeño esfuerzo a cambio de salvar vidas.
Lo que nos trae a la polémica reciente. El Gobierno decretó que se necesitará carné de vacunación para entrar a espacios compartidos. Como dijo el director de Promoción y Prevención del Ministerio de Salud, Gerson Bermont, “buscamos que todos los sitios con aglomeración sean más seguros para que si un colombiano, por ejemplo, va a un cine, pueda estar tranquilo con que todos lo que están al interior están vacunados y pueda quitarse el tapabocas”. La evidencia en otros países es que este tipo de incentivos funcionan para que más personas se vacunen y, ojalá, nos acerquemos a la meta de tener al 70 % de los colombianos vacunados.
Allí es donde entran las tutelas que argumentan que se trata de una imposición autoritaria. No lo vemos así. No vacunarse y compartir espacios con otras personas es permitir que el virus siga mutando, se siga esparciendo, siga matando personas y siga teniendo al sistema de salud al borde del colapso. Si alguien no desea vacunarse es su decisión, pero no puede poner en riesgo a los demás accediendo a esos espacios compartidos. En este caso, el bienestar general, amenazado de gravedad, pesa más que el deseo de alguien por ir al estadio.
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