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Las aplicaciones móviles son para los jóvenes de Arabia Saudita más que desarrollos tecnológicos. Para las nuevas generaciones son herramientas diarias de supervivencia, de expresión y de conexión con el mundo que se construye día a día fuera de la esfera de un islam severo y normas sociales inamovibles. Los debates sobre temas candentes no se llevan a cabo en reuniones y espacios públicos, se entablan en redes sociales como Twitter.
Los hombres que no pueden conocer a mujeres en los centros comerciales, por ejemplo, lo hacen a través de WhatsApp y Snapchat. Así como ellas venden productos, alimentos y joyas, a través de Instagram. Debido a que la población femenina tiene prohibido conducir, ellas también utilizan con frecuencia el servicio de Uber y Careem.
Ese nuevo uso de la tecnología, según expertos, inició desde los años 90 con la difusión de la televisión satelital y el BlackBerry Messenger. Hoy, incluso, los jóvenes descargan aplicaciones en sus teléfonos inteligentes que emiten alertas a la hora en que los locales comerciales cierran sus puertas para realizar las oraciones musulmanas. Cinco veces al día, el celular emite un mensaje para que la persona pueda llegar, por ejemplo, al Dunkin’ Donuts más cercano antes de que suspenda el servicio.
“La propagación de la tecnología móvil lidera nada menos que una revolución social en la vida de los jóvenes”, concluye un reportaje publicado por The New York Times y traducido por el periódico argentino La Nación. No ha sido fácil, en Arabia Saudita están restringido los cines, YouTube y streaming por Internet. Haber visto las cinco temporadas de Breaking Bad, por ejemplo, se convirtió en una de las más grandes hazañas y revelaciones de uno de los jóvenes islámicos entrevistados. Sin embargo, a diferencia de China e Irán, no se han bloqueado páginas como Facebook y Twitter.
Y precisamente esta última plataforma es en la que se ha hecho famosa Amy Roko, una estudiante saudita de 22 años, que se graba en videos cortos imitando a Shakira, practicando karate y montando monopatín con el vestido tradicional negro (burka) y el velo que cubre su cara por completo. En su cuenta de Instagram ya tiene medio millón de seguidores e incluso algunos de ellos han amenazado con denunciarla ante la Policía. «Ellos preguntan: ‘¿Por qué haces esto? Vas a arruinar nuestra reputación’. Creo que las personas disfrutan el odio», dijo Roko.
«Necesitamos películas y cines. Creo que si sólo pudiéramos lograr eso… es lo único que necesitamos», agregó Roko. Haya al-Fahad, de 27 años, es otro joven cooptado por las nuevas tecnologías. Dejó su primer trabajo y ahora trabaja desde su casa haciendo pulseras y vendiéndolas en las redes sociales. Tiene tres cuentas de Facebook, tres de Instagram y dos de Twitter, donde inicia debates con personas con puntos de vista políticos y religiosos diferentes a los suyos.
Por su parte, Raqad Alabdali, una mujer de 22 años, conoció a su actual pareja a través de Twitter. Éste, sin conocerse, respondía a sus mensajes melancólicos con un mensaje privado. Tiempo después ella le envió una foto sin velo y maquillada y él dijo que quería casarse con ella. Las madres de ambos acordaron la unión.