Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Querida L., esta vez no voy a reforzar el frío que te trae el invierno del sur aburriéndote con la política local, en la que los colombianos seguimos tan empantanados como siempre.
Tanto se nos ha convertido esto en vicio, que ni siquiera nos ponemos de acuerdo en que estar en desacuerdo es nuestro estado natural. Ya se sabrá cómo terminan las cosas si es que terminan; y si se eternizan, también lo sabremos. Lo peor es que ahora el debate político se volvió jurídico y a la “sabiduría” de A nos toca contraponer la “sabiduría” opuesta de B. ¿Es tan difícil utilizar el sentido común a la hora de diseñar las instituciones de un país? Por lo visto. Una solución es encender el televisor, aparato en el que el antiimperialismo es imposible. Las series norteamericanas son el gran invento narrativo de este siglo y están cambiando la forma de contar historias en la que alguna vez se consideró la caja boba. Recuerdo que en una de tus cartas sugerías, sin fervor, que valía la pena ver The Good Wife, esa suerte de Perry Mason con faldas en el siglo XXI. Se nota que la versión que hace CBS de los líos judiciales de Cook County (Chicago) pasa todavía por lo que los gringos llaman network television y nosotros “televisión abierta”. Los capítulos duran 43 minutos y uno asume que les acomodan más o menos 17 minutos de publicidad en una hora al aire. Hay, además, unos sospechosos fundidos a negro dos o tres veces por capítulo, durante los cuales es posible imaginar a un ama de casa feliz hablando maravillas de su detergente preferido con la vecina. Julianna Margulies [Alicia Florrick] estaba bien entrada en los 40 cuando se filmó la primera temporada de la serie y pronto cumplirá 50. Me alegro, como tú, que la televisión contemporánea esté llenando el vacío que durante décadas dejó Hollywood al rehusarse casi por principio a dar papeles protagónicos a mujeres maduras. Sean Connery o Paul Newman fueron centro de mesa a todas las edades, sus coprotagonistas femeninas de juventud no. Me gusta también que Julianna Margulies sea un mujer imperfecta, con las curvas atenuadas y una rara e inquietante asimetría en la cara. La visten muy bien, eso sí, y es magnífica actriz. Hablo de The Good Wife no porque sea la mejor serie, que no lo es, sino porque la estoy viendo en este momento. Su producción, con ser adictiva, tiene defectos. Raro bufete de abogados el de Lockhart & Gardner que prácticamente no pierde casos y que siempre encuentra claves inusitadas en los lugares más insospechados. Uno siente el efecto del bestseller: consumirlo es agradable y hasta emocionante, pero queda un vacío en el recuerdo, una insatisfacción. Los personajes son más que todo títeres solitarios de la trama, no imágenes cabales de personas con las que alguien podría establecer una relación emocional compleja. Recuerdo que la última vez que nos vimos, durante uno de tus viajes fulgurantes al norte, hablábamos de lo extraña que resulta la televisión que se produce ahora en el subcontinente, con muy escasas excepciones. No parecemos capaces de contar historias complejas sin antes encerrarlas en estereotipos mafiosos, violentos o melodramáticos. Casi nada nos cuentan de personas con las que tú y yo podríamos salir mañana a tomarnos un café. ¿Rezagos de amarillismo, miedo al público consumidor, una idea muy pobre de la inteligencia e intereses de los espectadores? Me temo que es todo lo anterior a la vez. Un abrazo, andreshoyos@elmalpensante.com, @andrewholes