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Con el prisma del dolor

Weildler Guerra
24 de julio de 2015 – 11:43 p. m.

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Cuando cumplí 50 años, mi esposa y mis tres hijos varones me regalaron un hermoso bastón de palabrero cuya empuñadura de plata tenía la figura de un pájaro mitológico.

Las escogidas palabras que acompañaron la entrega me crearon la ilusión de una vejez prolongada y feliz, y la certeza de tener, a la hora de mi partida, tres plumas dispuestas para escribir un íntimo epitafio. El derecho, la antropología y la literatura fueron las disciplinas que ellos escogieron para sus vidas. “Ello son lo que tú has querido ser”, me dijo mi amiga Marie Estripeaut. “Eres tú, dividido en tres partes”.  La indescifrable trama del universo me lleva hoy, en dirección contraria al esperado orden de la vida, a escribir la elegía del menor de mis hijos. Lo llamamos Camilo por el insigne escritor Camilo José Cela, que un año antes de su nacimiento había obtenido el máximo galardón de la literatura. Desde entonces su vida estuvo permeada por las letras. Mis amigos aún mantienen el asombro del niño amoroso que recitaba con una tierna cadencia y exactitud los poemas de Borges desde los seis años: “El mar”, “Ajedrez”, “Arte poética”…  “Soy Camilo José, gracias a mis padres, existo gracias a ellos, pero solo yo sabré quién soy, qué he escrito y… ¿quién me recuerda?” escribió en su blog al que solo después de su pérdida puse la atención de un padre siempre ocupado. Hoy no disponemos de más consuelo que sus poemas:  “No permitas que se abran nuestros ojos, no debemos distraernos con las estrellas”. Nuestro sufrimiento de padres solo se ve reflejado con justicia en los versos del poeta inglés W. H. Auden:  “Él era mi norte, mi sur, mi este y oeste,  mi semana de trabajo y mi descanso dominical, mi mediodía, mi canción, mi charla, creí que el amor duraría para siempre: era una equivocación. Ahora las estrellas no son bienvenidas, apágalas todas, recoge la luna y desmantela el sol; desagua el océano y barre el bosque, porque ahora ya nada tiene solución”. Ahora vemos el mundo a través del prisma del dolor, ese tahúr curtido e insomne que nos permite ganar algunas partidas durante el día para luego despojarte del último centavo de paz en las noches. El dolor es un tigre agazapado en tu respiración, un río oscuro y torrentoso en el que viajamos sin mapas y sin brújulas por un tiempo que solo Dios podrá fijar.    Camilo, ese ser delicado, mitad ángel mitad humano, fue un hermoso sueño compartido con otros, pero, como el mismo escribe, “¿qué tanto vale el sueño que te dibuja una sonrisa en las noches y una lágrima en la mañana?”.  Hijo, hoy eres parte de aquellos hermosos invisibles que nos protegen, como escribe el poeta Miguel Ángel López. Rodeados del afecto de nuestros amigos, de las lágrimas familiares, del sentimiento luctuoso de los wayuu y de la solidaridad de nuestra tierra guajira, solo nos queda, como en el poema de Borges, “hacer de nuestra tristeza una música, un alto río que siga resonando en el tiempo”.
 wilderguerragmail.com

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