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La entrevista de la revista Cambio con el presidente electo Gustavo Petro, titulada “Si nos aislamos, nos tumban”, revela un talante desconocido en él, un personaje señalado, hasta ahora, de ser soberbio, autoritario e incapaz de transar o delegar. Aparte del casi 50 % del país que prefirió avergonzar la nacionalidad colombiana votando por un patán ignorante para impedir que el dirigente de izquierda llegara a la Casa de Nariño, quienes optaron por el voto en blanco o la abstención tomaron estas dos opciones por el temor que inspiraba, precisamente, el carácter del nuevo mandatario. No obstante, desde cuando pronunció su discurso de triunfo electoral el 19 de junio, y con mayor claridad en el reportaje con Cambio, Petro ha estado enviando fuertes señales de que intenta armar un gran acuerdo dentro del propio establecimiento, entre los enemigos de la izquierda más radical y la ultraderecha que representa Álvaro Uribe, con el fin de que las reformas que prepara su naciente gobierno sean posibles. Su propósito es plausible. Y asombroso, aun para los extremistas que querían producir pánico con las supuestas expropiaciones masivas, la expulsión de los millonarios, el cierre de las empresas, el encarcelamiento de los opositores y el ingreso de la nación a la liga internacional del comunismo tenebroso.
El “nuevo” Petro, que ojalá sepulte para siempre las características negativas de su anterior versión, se ve pausado, reflexivo y seguro de que debe concertar para poder avanzar y sanar las hondas heridas que duelen a miles de habitantes de nuestro territorio. Este Petro tranquiliza y, ante todo, contrasta con el arrogante del tapete rojo, el que preside la administración saliente de la cual ya tendremos graves noticias sobre la corrupción que se la engulló. “El objetivo es construir un nuevo clima político … (y) luchar tanto con el sectarismo de las derechas como con el sectarismo de las izquierdas porque la polarización es eso: no es que no existan diferencias sino que esas diferencias no se tramitan a partir del sectarismo”, aseguró el presidente electo a los directivos de Cambio en su primer encuentro de fondo con los medios de comunicación. Si hubiéramos escuchado estas frases antes de la primera vuelta adivinando cuál candidato las pronunciaba, se las habríamos atribuido a Sergio Fajardo. O a Alejandro Gaviria. O a alguno de los miembros de la denostada Coalición Centro Esperanza que presuntamente perdió la posibilidad de llegar a la segunda vuelta porque “no tomaba posiciones”, porque era “tibia”, lo que demuestra que la posición más responsable con el país era… la de centro ¡Así es la política!
Que Gustavo Petro haya adoptado rápidamente ese discurso demuestra que intentará conducir de manera ecuánime la conflictiva Colombia. Bienvenida sea su actitud con una advertencia: ni los partidos, ni sus cínicos directores o presidentes, ni los congresistas acostumbrados a sus coimas, ni el clientelismo ladrón se han transformado solo porque ganó la pareja Petro-Márquez. Por el contrario, y como es tradicional cada cuatro años, todos se arrodillan ante el gobierno entrante, jadeando como perritos hambrientos frente a un trozo de carne para poder asegurar sus tajadas del presupuesto nacional. El liderazgo del presidente electo y su capacidad real de transformar el manejo de la cosa pública colombiana quedan a prueba. Veremos si es capaz de aguantar el pulso o si sucumbe ante el poder corruptor.