Fernando Gaitán, relator de nuestra identidad

31 de enero de 2019 – 12:00 a. m.
En medio de un país que tenía la imaginación secuestrada (o, cuando menos, colonizada) por la violencia en todas sus manifestaciones, la propuesta de Gaitán fue mirar a otro lado, no menos importante. / Foto: Archivo Cromos
En medio de un país que tenía la imaginación secuestrada (o, cuando menos, colonizada) por la violencia en todas sus manifestaciones, la propuesta de Gaitán fue mirar a otro lado, no menos importante. / Foto: Archivo Cromos

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La influencia de Fernando Gaitán sobre la televisión colombiana, la construcción de la identidad nacional y la cultura general del país se seguirá sintiendo por mucho tiempo. Su muerte nos privó de todos los proyectos que todavía le quedaban en el tintero, pero es también la oportunidad para homenajear una voz creativa única.

Basta con mencionar las producciones en las que trabajó Gaitán para que cualquier colombiano reconozca su importancia. Café con aroma de mujer, Yo soy Betty, la fea y Hasta que la plata nos separe fueron telenovelas que cambiaron la manera en que los colombianos se entendían a sí mismos, su relación con el entretenimiento y con las preguntas más difíciles del país.

Desde sus mujeres protagonistas, que desafiaban los estereotipos y se convirtieron en símbolos de una feminidad fuerte, más cerca de la realidad y lejos del machismo imperante en la sociedad colombiana, hasta los temas más generales de sus historias, Gaitán quiso contar un país distinto; acercarse a los tópicos que no tenían mucha atención por el ruido del conflicto.

Como contó Andrés Osorio Guillott para El Espectador, Gaitán “viajaba por el país en busca de detalles, y sus habitaciones de hotel tenían el suelo tapizado de hojas. (…) Sus personajes, construidos con la lupa de quien observa una sociedad frenética y poco atenta a su alrededor, fueron su mejor invento y su mayor apuesta”.

En medio de un país que tenía la imaginación secuestrada (o, cuando menos, colonizada) por la violencia en todas sus manifestaciones, la propuesta de Gaitán fue mirar a otro lado, no menos importante. La cotidianidad y la literatura fueron su mezcla creativa para crear productos que no se habían visto en Colombia.

Sus telenovelas, entonces, no solo fueron un éxito comercial, sino que capturaron el sentir de una sociedad convulsionada, en busca de una identidad común.

Yo soy Betty, la fea, en particular, se convirtió en el punto de referencia para los colombianos. Los debates que se planteaban en el día a día de los trabajadores de Ecomoda eran un reflejo de un país con grandes preguntas por resolver. Durante los peores años de la violencia, de instituciones frágiles, la conversación nacional se hacía durante la emisión de la telenovela y en las charlas posteriores entre los televidentes.

Hace poco, Sony Pictures Television había anunciado un acuerdo de producción con Gaitán. No veremos los frutos de las historias que le quedaban por contar, pero el país está lleno de sus discípulos, tanto directos como aquellos que vieron sus producciones y eso los motivó a contar historias. Sus lecciones seguirán impulsando a Colombia.

En el 2007, en Cromos, Gaitán escribió: “Lo más grato para mí es haber podido dar una visión distinta de Colombia. No una visión amañada, una visión real, pero cargada de lo que casi nunca se ve: el humor, la música, la cordialidad, eso que nos hace ser colombianos. Lo que más me alegra de Betty, más que los premios o las versiones internacionales, es ayudar a que los colombianos puedan sentirse orgullosos de sí mismos”. Cumplió su misión. Paz en su tumba.

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