Tecnología, manipulación y democracia

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El artículo de Shoshana Zuboff sobre el capitalismo (“Atrapados en la era del capitalismo de vigilancia y la economía predictiva”) que se publicó en El Espectador el domingo 19 de enero de 2020 plantea inquietudes de gran importancia sobre el poder que han adquirido y siguen adquiriendo las grandes empresas que operan en internet para influir en el comportamiento de los consumidores y los votantes, poder que puede limitar severamente las libertades y menoscabar la democracia. Esto lo confirmé cuando leí otro artículo más extenso sobre el tema de la misma autora en The Guardian (“Surveillance capitalism is an assault on human autonomy”, 4 de octubre de 2019).

Tengo que reconocer que esa lectura me hizo sentir completamente desactualizado tanto en información como en conocimiento sobre todo lo que ocurre diariamente en los avances tecnológicos tan vertiginosos que estamos presenciando —la digitalización, por ejemplo—, y en especial sobre los efectos sociales que ya se están produciendo y que se prevé puedan darse en el futuro. Pero lo que creo alcanzar a captar sobre lo que la autora denuncia es que los desarrollos tecnológicos de instituciones tan poderosas como Facebook, Microsoft y Google están acumulando una inmensa información sobre millones de personas que les da un poder de vigilancia y de manipulación que, según la autora, puede llegar a acabar con la libertad tanto a nivel individual como colectivo.

Personalmente he venido sintiendo desde hace muchísimos años, con intensidad creciente, una gran inconformidad al ver que actividades socialmente aceptadas y hasta admiradas, como es el mercadeo, por ejemplo, hacen esto mismo. En mi sentir, lo que sus prácticas buscan deliberadamente es crear y manipular los deseos y las necesidades de las personas con la finalidad de aumentar su consumo. Esto, creo, conlleva la promoción de unos “valores” que han hecho y siguen haciendo un daño social muy profundo. Pero la naturaleza de ese daño se hace invisible en nuestra cultura porque las actividades que lo producen son ya tan aceptadas universalmente que se han convertido en una “necesidad social”. Para mí, es un daño que ha sido cada día más visible a la luz de lo que he ido aprendiendo a lo largo de muchos años de los grandes maestros espirituales de Oriente.

Mi impresión sobre el artículo es que la preocupación de su autora va en la misma dirección de lo que describo sobre el mercadeo, pero con mucho mayor alcance y capacidad de hacer daño. Si estoy en lo correcto, no puedo estar más de acuerdo con las profundas preocupaciones que plantea en su artículo. Deseo felicitarla por haber llamado la atención sobre estos avances y peligros inherentes a la tecnología.

Alejandro Sanz de Santamaría. Profesor de la Universidad de los Andes.

Envíe sus cartas a lector@elespectador.com.

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