Lo mejor de la pandemia

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Las guerras siempre han provocado saltos tecnológicos, y la que vivimos para enfrentar al coronavirus no es la excepción.

Apenas han pasado los 90 días desde que se empezó a expandir en el mundo y, de los 115 grupos que se calcula intentan dar con la vacuna, ya varias farmacéuticas y universidades han empezado a probarla en seres humanos. Muchos otros están buscando tratamientos efectivos para reducir la letalidad del mal.

También se está innovando para lidiar con el virus, desde fabricar respiradores nacionalmente, como se intenta en Antioquia con alianzas entre academia e industria, hasta inventar artículos de protección, como el gancho higiénico inglés.

Es innegable que la cuarentena, el remedio que casi todos los países impusieron a sus ciudadanos para ganarle tiempo al virus, está arrasando las economías, profundizando en forma acelerada la brecha entre pobres y ricos, negando servicios a enfermos graves de otros males y dejando a más mujeres y niños víctimas de la violencia en el hogar. Para rematar, como en el cuento infantil del Traje nuevo del emperador, los ciudadanos hemos descubierto la calidad verdadera de los “emperadores” que tenemos. En el caso colombiano –menos patético que el de Trump, Bolsonaro, Maduro, Ortega o Bukele–, la pandemia ha desnudado la levedad del presidente, la desfachatez de la vicepresidente y el afán del ministro de Hacienda por proteger a los amigos.

Las adversidades causadas por las cuarentenas, no obstante, también han invitado a la recursividad. Esa sensación rara de fin del mundo y la mejoría dramática de las plataformas gratuitas de comunicación (Jitsi, Google.meet, Zoom, etc.), nos acercaron a los demás, pero también al teletrabajo. El año entrante, anuncian, ya habrá comunicación holográfica para que veamos a colegas y amigos moverse en tres dimensiones y visitarlos virtualmente.

Estamos lejos de conseguir que los avances sean para todos, pero en esto el Gobierno y su Mintic han dado pasos en la dirección correcta. Ofrecieron internet limitado gratuito por un mes hasta a cinco millones de personas que descarguen CoronApp. A mediados de abril, según dijo la exministra, cerca de un millón de personas ya habían bajado la aplicación.

Es una gran idea porque les da acceso a la red a personas que no pueden pagar un plan de celular, incentivando así que reporten síntomas si se sienten enfermos y puedan pedir ayuda. También facilita educar en casa, ofreciendo los programas de Colombia Aprende, con cientos de materiales para cursar. Pareciera que han pensado de veras en los estudiantes que solo pueden hacer tareas por celular, porque no tienen computador ni acceso a internet en casa.

No se cuánto tarda la ayuda a los enfermos de COVID-19, ni tampoco conozco la calidad y pertinencia del contenido educativo. Pero ya es un avance ofrecer algo de internet gratis. Les abre la posibilidad a niños, jóvenes y maestros de explorar el mundo y conocer herramientas. Así, desde el app se puede aprender a escribir código, enfrentar el matoneo en redes virtuales, o conocer juegos de matemáticas, los maestros pueden resolver problemas con tecnología.

A los 11 millones de niños y jóvenes que intentan estudiar en línea, la mayoría por celular, les urge un apoyo más generoso: que instalen wifi gratuito en las ciudades y pueblos de Colombia, sobre todo en sectores populares. Maestros y profesores también lo requieren. El gobierno anterior venía avanzando en ello. La coyuntura exige meter el acelerador.

Preocupa, sin embargo, que en la posesión de la nueva mintic la semana pasada, el presidente Duque no haya mencionado ni una vez la palabra gratis. ¡Ojalá no frenen lo que mejor están haciendo en el manejo de la pandemia!

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