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Íngrit Valencia ese día estaba pasmada. Tenía los ojos clavados en el ring, el cuadrilátero de Santiago de Chile en el que perdió la posibilidad de clasificar a los Juegos Olímpicos de París. Absorta, entre sus pensamientos, la frustración y el movimiento de los pugilistas que todavía danzaban en la lona, la bulla del público en el coliseo le era indiferente. En su cabeza, estaba sola, repasando hasta el cansancio los fallos que la llevaron a la inesperada derrota.
Fue sentada en esas gradas, todavía con la mirada distraída, cuando me respondió que sí estaría en París, que volvería a los Olímpicos. “Es una promesa que me hice”, me reveló. No se le quebraron los ojos al pensar en lo que significaba su derrota. Por delante aún tenía oportunidad y, a pesar del vacío en el estómago que le generaba el miedo de quedarse por fuera de las justas, hablaba con seguridad de que lo lograría. Sabía que sería la primera boxeadora colombiana en clasificar tres veces consecutivas a unos Olímpicos: “No acostumbro a quedarme en el piso cuando me caigo, esa nunca fui yo. Siempre perseguí mis sueños y traté de cumplir lo que me propuse. Salir adelante dependía de mí y, con esa mentalidad, lo logré”.
Antes de cumplir la promesa, de conseguir el pasado lunes en Italia la clasificación olímpica en el Campeonato Mundial de Boxeo, Íngrit Valencia tuvo que ver el ascenso de todas las que seguían su legado, las pupilas que crecieron entrenando y escuchando sobre una caucana boxeadora que triunfaba en el mundo.
Angie Valdez, Valeria Arboleda e incluso una más contemporánea, Jenny Arias, todas aseguraron su cupo a París antes que Íngrit Valencia. Sin embargo, la medallista de bronce en los Olímpicos de Río no considera que el advenimiento de una nueva generación de pugilistas signifique el fin de su ciclo, un motivo para dar un paso al costado: “Todo lo contrario, tantas colombianas en los Olímpicos demuestran que el boxeo colombiano va en ascenso gigante. Sobre todo en las mujeres. Sé que soy un referente grande para muchas de ellas. Me alegra serlo y que eso sirva para que salgan tantas boxeadoras colombianas a triunfar en el mundo”.
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La legendaria pegadora colombiana, solitaria durante años, abrió puertas para que llegaran esas nuevas promesas. Fue la luchadora que derribó las principales barreras que había en el país. “Antes solo era yo, solo escuchaba mi nombre. Hace cuatro años solo yo ganaba las medallas de oro en todos los torneos internacionales. Fui la primera en ir a unos Olímpicos y, además, gané medalla. En los últimos años aparecieron más mujeres. ¿Imagínate el orgullo que me da mirar atrás y ver el camino que abrimos para tantas boxeadoras?”, explica la deportista, que, con el tiquete a París en el bolsillo, buscará su segunda medalla olímpica.
“Cuando me caí, me levanté”
De sus inicios Íngrit Valencia atesora un recuerdo: su primera derrota. Fue en un Suramericano, en 2010, su primer viaje internacional. Llegó tal vez demasiado confiada. ¡Había esperanza! Al torneo arribó con importantes carteles, se hablaba mucho del prospecto de una joven colombiana, una muchacha de 22 años, que podía dar pelea. Se generó demasiada expectativa y, en esa primera salida, las proyecciones se fueron al suelo: perdió.
La caída, tan abrupta, inesperada y temprana, casi la saca del deporte. Muchos le preguntaban si seguiría adelante, pero las dudas del resto ella jamás las tuvo. Callada, siguió entrenando. Sentía en el cuadrilátero una emoción especial. Acompasados, sus pies se movían distintos cuando sentían la lona. Y en esa danza la tensión del músculo, el brazo recto y el impacto seco, le daban brío y seguía adelante.
¿Quién le iba a decir lo que vendría después? ¡Ella misma! Tenía unas aspiraciones que cumplió a cabalidad. Dice que el boxeo fue una especie de destino que no pudo negar. Desde pequeña sintió pasión por los golpes. En el colegio le gustaba pelear y le enfurecía que le negaran la posibilidad de boxear solo porque era una niña. Nunca aceptó esa excusa, simplemente no le parecía sensata. Si era capaz de ganarles a los niños boxeando, ¿por qué ellos sí podían hacerlo y ella no?
Fue en el departamento de Tolima, ya con un hijo que cuidar y toda una casa que mantener, donde le dieron vía libre para entrenar su deporte. En Cauca la vida fue dura. Íngrit Valencia tuvo que emigrar de su hogar, pero encontró en otras tierras la oportunidad de esa premonición que se le reveló cuando ya daba sus primeros golpes: iba a ser boxeadora.
Y en gran parte el culpable fue el profe Jorge Aguirre, el que descubrió su talento y la empujó a subirse al ring. Fue esa la confirmación de la promesa que le deparaba el futuro, ser la primera boxeadora colombiana en subir la bandera a un podio olímpico.
El legado de Íngrit Valencia
Aunque necesitó ser testaruda para llegar hasta donde está, la terquedad no define a Íngrit Valencia. Aquel día de la derrota en Santiago, de la mirada perdida y el miedo al futuro, sus ojos clavados en el ring, el rostro mudo y pasivo, revelaban también pavor ante una verdad inevitable, la del adiós.
“Soy consciente de que estoy en el último tramo. Me retiraré pronto del boxeo, pero me puedo ir orgullosa de la historia de este deporte, de ser parte de ella”. Sonríe mientras lo dice. Sabe que dejó un legado, que fue pionera en un país que suele cuestionar el poder de sus mujeres.
Una herencia que va más allá de los títulos y las medallas. Antes de ella, Colombia nunca tuvo una subcampeona mundial. Hoy ya tiene tres. Todas siguen los pasos de la pionera, la inspiradora figura de una mujer para la historia del deporte colombiano. Lo dijo momentos después de clasificar a sus terceras olimpiadas: “Las mujeres somos madres, atletas y esposas. Las mujeres somos una inspiración”.
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