¡Es increíble!

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Hace 70 años los colombianos vieron desaparecer a dos lúcidos dirigentes políticos: Gabriel Turbay, médico de profesión y político por vocación, falleció repentinamente el 17 de noviembre de 1947; y Jorge Eliecer Gaitán, abogado de profesión y político por vocación, asesinado el 9 de abril de 1948. Las dos figuras más representativas de la personalidad histórica de su generación desaparecieron cuando apenas tenían 45 años.

Turbay nació en Bucaramanga y Gaitán en Bogotá, ambos en el seno de modestas familias de clase media. Los dos estudiaron en la Universidad Nacional y ambos se formaron en el liberalismo. Los dos fueron candidatos a la Presidencia de la República y ambos lucharon por la vigencia plena del Estado de derecho. En 1946 se inauguró un gobierno conservador, al cual Laureano Gómez exigió “imprimir acento fuerte a sus decisiones”. Así se precipitaron atropellos y abusos de las autoridades.

El vergonzoso capítulo conocido como “la Violencia” se incubó en medio de aquellas arbitrariedades. Gaitán, el duro, y Turbay, el hábil —como los definió el profesor Antonio García—, dejaron un vacío político que el liberalismo intentó llenar con el nombre de Darío Echandía. Pero el 9 de noviembre de 1949, el Gobierno cerró el Congreso e inauguró una dictadura civil. A poco andar, Echandía se vio obligado a retirar su candidatura presidencial cuando, al confundirlo con él, fue asesinado un hermano suyo.

La historia registra los excesos de los gobiernos de entonces —elegidos sin contendor o impuestos por la fuerza— que desconocieron abiertamente el Estado de derecho y suplantaron la voluntad ciudadana por la vía de la violencia. Su legado de desesperanza, guerra e intimidación, 70 años después, no ha podido superarse del todo. Por el contrario, estas últimas décadas dejan un balance negativo en muchos frentes.

Carencias sociales, sinsabores políticos, desajustes éticos, deficiencias institucionales se tradujeron en corrupción, pobreza, inseguridad, desempleo, impunidad, polarización y, como si esto fuera poco, en una delincuencia omnipresente que estaría canalizando muchas inconformidades originadas en la exclusión y en los desequilibrios, que nos convirtieron en uno de los países más desiguales del planeta.

Si no se corrige semejante balance el país permanecerá en la anormalidad y su sociedad, anclada en el pasado. Es increíble: este posconflicto parece un preconflicto hacia nuevas violencias, gracias a una inmensa irresponsabilidad dirigente. Desde las cúpulas políticas se está suplantando la voluntad ciudadana, pero ahora, por la vía de la manipulación. Hace, por lo menos, 16 años se fomenta, irresponsablemente, la polarización, se desencuadernan las instituciones, se desdibuja el Estado de derecho.

El gran peligro político actual no es el fantasma castrochavista. Es que venga más de lo mismo, ya sea en cuerpo propio o ajeno. Aquí hay buenos candidatos que, más que un cambio, representan un necesario tránsito hacia la normalidad. Pero las mismas cúpulas regresivas de hace 70 años decidieron impedir un acuerdo entre ellos. En todos los lados hay gente que quiere más de lo mismo. La preocupación de Gaitán, Turbay y Echandía, al fin de cuentas, no era sino regresar a la normalidad. Pero, como hoy, se les atravesaron. ¿Vamos a perder 70 años de enseñanzas de la historia? Es increíble.

* Exsenador, profesor universitario.

@inefable1

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