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La inteligencia artificial dejó de ser una hipótesis sobre el trabajo.
Durante años, economistas, tecnólogos y organismos multilaterales trabajaron con modelos teóricos para calcular qué ocupaciones serían más vulnerables a la automatización.
Mucha matemática: proyecciones, escenarios, simulaciones. Bastante ansiedad.
Pero ¿qué estaba haciendo la gente en realidad?
El Banco Mundial tiene una respuesta. Esta vez apoyada en una de las primeras grandes señales concretas de uso real.
Anthropic, la empresa detrás de Claude, publicó datos anonimizados de conversaciones realizadas durante una semana de noviembre de 2025. La muestra permite observar qué tipo de tareas ejecutan las personas con inteligencia artificial y cómo se distribuye ese uso entre ocupaciones y países.
Los trabajos que los investigadores consideraban más “expuestos” a la IA son, precisamente, los que más están usando estas herramientas.
Los profesionales de las tecnologías de la información y la comunicación encabezan la adopción. Son quienes más integran IA en sus tareas y quienes obtienen retornos inmediatos en productividad.
La predicción teórica coincide con la práctica.
Eso desmonta una idea que todavía circula en parte del debate público, que los trabajadores más amenazados evitarían usarla por miedo al reemplazo. Está ocurriendo lo contrario. Quienes ven venir el cambio primero son también quienes intentan absorberlo más rápido.
En el mundo de las escrituras creativas, por ejemplo, también hay casos. Recientemente, Wired publicó el caso de una guionista que perdió su empleo y ahora se dedica a entrenar una IA para que cumpla sus roles. Trabajó en series de Paramount, Hulu y BBC. Cuando se declaró la huelga de Hollywood en 2023, quedó expuesta. El dinero apretó y la oportunidad apareció: entrenar una IA para que haga su trabajo anterior.
Detrás hay una lógica económica. Un desarrollador, un analista de datos o un ingeniero de software pueden reducir tiempos de trabajo de manera casi instantánea utilizando IA generativa. Automatizan código, sintetizan información, depuran errores, organizan documentación.
La herramienta entra en directo en el centro de la productividad.
Pero ¿es así para todas las carreras y oficios, y más aún, para todos los países?
Según el análisis del Banco Mundial, los países de ingresos altos usan IA aproximadamente cuatro veces más que los países de ingresos medios. Los de bajos ingresos apenas empiezan a entrar en la curva de adopción.
La brecha se parece menos a una discusión tecnológica y más a una discusión industrial.
¿El mercado está listo?
La IA no funciona únicamente como software. Funciona como acelerador económico. Quien la integra antes produce más rápido, aprende más rápido y escala más rápido. Esa es la premisa de los tecnólogos.
En economía hay un detalle: las ventajas de productividad rara vez esperan a los rezagados.
Es decir, para sorpresa de nadie, más brechas. “La concentración del uso de IA en los países de ingresos altos señala el riesgo de una nueva forma de exclusión tecnológica”, señala el organismo internacional.
El informe muestra además que el uso de IA en países de ingresos medios está mucho más concentrado. Los trabajadores TIC representan el 48 % del uso de Claude y los docentes otro 24 %. Es decir, casi tres cuartas partes de toda la utilización se concentran en dos grupos profesionales.
En los países ricos, en cambio, el uso aparece más distribuido entre distintas ocupaciones. La IA ya empezó a filtrarse hacia funciones administrativas, creativas, financieras, operativas y estratégicas.
La inteligencia artificial va más allá del simple acceso tecnológico.
En las economías avanzadas ya empieza a comportarse como infraestructura transversal. En América Latina todavía es una herramienta de nicho. Algo usado principalmente por quienes ya tenían cercanía previa con tecnología o formación digital.
En una entrevista anterior con El Espectador, Anthony Salcito, vicepresidente senior de Enterprise en Coursera, describía justamente esa transición. Explicaba que las empresas dejaron de obsesionarse únicamente con desplegar IA y comenzaron a enfocarse en otra pregunta: quién sabe usarla de forma útil dentro de la organización.
“Si tienes capacidad tecnológica, pero no las habilidades para usarla, estás desperdiciando la inversión. Y estás perdiendo la oportunidad de diferenciarte de la competencia”, decía. “La tecnología sin las personas que la saben operar no produce retorno”.
Contexto: En Colombia, cada cinco minutos alguien se inscribe en un curso de inteligencia artificial
La capacidad de integración
Las economías de ingresos medios enfrentan un problema doble. Necesitan incorporar IA para no perder competitividad, pero al mismo tiempo tienen menor infraestructura digital, menor capacidad de formación y mercados laborales más frágiles para absorber la transición.
Una combinación delicada. Durante décadas, muchos países en desarrollo construyeron parte de su crecimiento alrededor de ventajas comparativas asociadas a mano de obra más barata. Manufactura, servicios tercerizados, tareas administrativas globales, soporte operativo.
La IA amenaza precisamente segmentos donde el trabajo depende de procesos repetitivos frente a una pantalla.
Si la automatización reduce el valor relativo del trabajo intensivo en mano de obra, algunos países podrían perder una parte importante de la escalera que históricamente permitió salir de la pobreza, explicó el Banco Mundial.
Un cambio grande que ocurre rápido
En Colombia, el crecimiento en formación sobre IA generativa ya muestra señales claras de aceleración. Coursera reportó un aumento de 288 % en inscripciones relacionadas con IA en el último año. El dato parece enorme hasta que se compara con el promedio global: 324 %.
La distancia es superior a los 30 puntos porcentuales. Parece pequeña, pero no lo es.
En industrias dominadas por productividad tecnológica, pequeñas diferencias acumuladas terminan convirtiéndose en brechas amplias.
Lo mismo ocurrió con la adopción de internet, computación en la nube y automatización industrial. Solo los países que integran antes una tecnología capturan la inversión, capacidades técnicas y empleos de mayor valor agregado.
Según el Banco Mundial, “los puestos directivos mostraron una alta exposición a la IA, pero un uso relativamente bajo”. Y añade varias posibles razones: preocupación por privacidad, culturas empresariales conservadoras o falta de tiempo para experimentar.
Peor aún: muchos ejecutivos todavía entienden la IA como tema tecnológico y no como tema organizacional.
“Comprender por qué los gerentes —quienes frecuentemente controlan las decisiones de adopción de IA— no son todavía usuarios intensivos podría ser crucial para predecir los patrones de difusión de IA en las organizaciones”, explica el organismo.
Este fenómeno recuerda un fenómeno de hace 30 años, cuando llegó el internet corporativo y muchas compañías compraron la tecnología sin entender qué hacer con ella. Tener computadoras conectadas no garantizaba ventajas competitivas. Tampoco la IA. Lo que funciona es rediseñar procesos alrededor de esas capacidades.
“Es difícil anticipar qué puestos de trabajo y qué habilidades serán más comunes en los 5 o 10 años posteriores a un gran cambio tecnológico. Pero creo que no se trata tanto de que los puestos de trabajo desaparezcan, sino más bien de que las habilidades se vean desplazadas”, explicó Salcito, de Coursera, en la pasada entrevista.
Y Colombia está lejos de entenderla. En el país, cada cinco minutos alguien se inscribe a un curso de inteligencia artificial. En América Latina, el ritmo es de 1,5 inscripciones por minuto.
Pensamiento crítico vs. la IA
Mientras las inscripciones en IA generativa crecieron 288 % en Colombia, las relacionadas con pensamiento crítico aumentaron 318 %. No es casualidad. Cuanto más contenido produce una máquina, más valioso se vuelve decidir qué sirve, qué sobra y qué es incorrecto.
El criterio es uno de los factores que empiezan a ganarse el interés de las organizaciones al momento de contratar.
Un analista financiero que tarda cuatro horas construyendo un informe probablemente competirá mañana contra otro que tarda treinta minutos usando IA. La diferencia no estará en redactar más rápido. Estará en detectar errores, interpretar contexto y formular mejores preguntas.
Una pequeña ironía: la abundancia de información termina encareciendo el juicio humano. Pensar con claridad en medio de una avalancha de automatizaciones ininteligibles.
El peso de la educación
En los países de ingresos medios, los docentes aparecen entre los principales usuarios de IA. Parte de eso responde a necesidad práctica. Profesores utilizan estas herramientas para preparar clases, resumir materiales, diseñar evaluaciones o traducir contenidos.
Pero tiene su doble filo.
La educación es uno de los primeros sectores en absorber tecnología, sí, sobre todo cuando hay restricciones presupuestales.
La receta es básica: más estudiantes, menos tiempo, más presión administrativa. ¿Le suena?
La IA entra allí donde el sistema necesita multiplicar capacidad, y donde los alumnos están aún más expuestos.
Son oportunidades y riesgos al mismo tiempo.
Puede ampliar acceso al conocimiento y acelerar formación técnica. También puede profundizar desigualdades si solo ciertos grupos desarrollan competencias avanzadas mientras otros quedan limitados a usos básicos y dependientes.
El Banco Mundial sugiere “intervenciones deliberadas”; es decir, hay que sacarle el jugo con cuidado de quedarse sin la fruta.
- Inversiones en infraestructura digital.
- Desarrollo de competencias.
- Entornos normativos propicios.
“Si las ganancias de productividad impulsadas por la IA permanecen concentradas en las economías ricas, los países en desarrollo podrían perder su ventaja comparativa en industrias de uso intensivo de mano de obra frente a la automatización y la relocalización de la producción”, advierte.
Los datos en Latinoamérica empiezan a mostrar que la IA se mueve hacia donde existan tareas cognitivas repetibles. Y eso incluye mucho más que tecnología. Marketing, derecho, contabilidad, recursos humanos, soporte al cliente, análisis financiero, logística, ventas.
Un problema urgente
Más de mil millones de jóvenes en países en desarrollo entrarán a la edad laboral durante la próxima década.
El Banco Mundial plantea la pregunta de fondo: ¿qué pasa si las ganancias de productividad impulsadas por IA quedan concentradas principalmente en economías ricas mientras los países emergentes avanzan más lento?
Pérdida de competitividad.
Así de sencillo.
Ocurrirá de manera gradual y será difícil de corregir después.
Por eso insisten en convertirla en capacidad económica. Quedarse atrás no significará quedarse quieto, sino retroceder.
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