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Tendemos a pensar que en Colombia no podemos mejorar nada debido a nuestra cultura del atajo, la trampa y la pereza. La mayoría, según algunos prejuicios muy arraigados, lo quiere todo regalado, se aprovecha de las políticas del Estado para vivir del cuento, solo quiere vivir bailando y bebiendo, no tiene espíritu empresarial, no obedece la ley. El desarrollo aquí es imposible, a menos que mejoremos nuestra cultura.
Supongamos que esos prejuicios son ciertos. Quizá, de todas maneras, hemos entendido el asunto al revés.
El economista surcoreano Ha-Joon Chang ha contado varias veces que los europeos del XIX consideraban a Japón como un sitio en el que el progreso era imposible. Sus habitantes eran demasiado perezosos, sentimentales e indolentes para que el país se desarrollara. Sorpresivamente, lo mismo pensaban los viajeros británicos en Alemania. Las carreteras de ese país estaban rotas y sus habitantes evadían la ley. Sin embargo, hoy los alemanes son famosos por su adhesión kantiana a la ley, mientras los japoneses son conocidos por su rigurosa ética del trabajo.
Los daneses tenían hace siglos una cultura que combinaba el comercio con el despojo. Vivían en sociedades violentas que hoy llamamos vikingas. Dinamarca fue en algún momento mucho peor que Cundinamarca. Los daneses no eran poco virtuosos en sí, solo se comportaban como las personas en muchos países pobres hoy. ¿Por qué? El sistema económico producía una cultura violenta. Sin embargo, el desarrollo, junto al Estado, cambió todo.
Como lo había visto Polanyi, el individuo de la economía contemporánea que ahorra, trabaja con diligencia e invierte sus recursos racionalmente, etc., no es un arquetipo eterno. Al contrario, es el producto de las transformaciones políticas y económicas de los últimos dos siglos. Ningún país empezó con ciudadanos universalmente obedientes de la ley y dados al comercio. Ese tipo de personas se volvió común gracias a un largo proyecto de ingeniería social. (Y el individuo que hoy consideramos civilizado, con sus pudores y repugnancias, también es relativamente reciente, como lo mostró Norbert Elias).
Por un lado, el mercado nos sometió a su racionalidad: usted no prospera si no lleva cuentas, si no lleva inventario, si no atrae clientes, si, en fin, no piensa como un burgués. Hoy hasta a los proletarios se les dice: “Disciplínese, ahorre, sea más racional”. Y, de hecho, nunca había habido tantas personas pensando a la manera burguesa como hoy en día. Por otro lado, la educación, las mejoras en la salud, las redes de bienestar construidas por el Estado, entre otros factores, hicieron ciudadanos más disciplinados y obedientes de la ley.
Hagamos una inversión dialéctica: no solo es innecesario que requiramos ciudadanos perfectamente virtuosos para tener éxito en el camino al desarrollo, sino que es preciso comenzar con ciudadanos que no lo son. Asumamos, como Maquiavelo, que comenzaremos con ciudadanos poco inclinados a la justicia, pero que son asombrosamente maleables. La preferencia de estos por la injusticia y la trampa no es eterna. Al contrario, puede modificarse tras unas décadas de éxito económico y educativo.
Pongámoslo en términos modernos: el desarrollo no precisa de ciudadanos virtuosos sino que los obtiene.
Con ciudadanos mejor educados, mejor alimentados y con mejores salarios, sería lógico esperar una mayor virtud de su parte.
Aunque luego, confundidos y vanidosos, creamos que alcanzamos el desarrollo por ser virtuosos.